Hola. Hoy finalmente soñé con usted. Soñé que me acariciaba la mano y perfume dulce. Y usted me preguntaba ¿me está oliendo? Y yo sacaba mi nariz de su codo y le decía que no. Pero usted continuaba acariciándome la mano en un acto casi obsceno y yo derretía de a poco. Esa situación comenzaba, terminaba y volvía a empezar. Derretía y desderretía. Una y otra vez. Hasta que algo sucedía con una tarta de verduras y ahí usted ya salía de la escena onírica. Aunque en algún punto creo estaba usted implícito en la tarta.
Pero bueno basta, cambio de tema.
Es que a mi me gusta charlarle Fernández, me gusta la comunicación con usted y todo lo que eso implica. Entonces saco temas y tengo la sensación de que usted ya se dio cuenta y que ya se cansó de lo que tengo para decirle no le hablo más listo.
No. No puedo. Quiero hablarle y su perfume dulzón que me invade Fernández y siento que no voy a poder continuar sin él y ¡NO! ¡por la trinidad que la botellita sola no me sirve, quedeselá! Quedeselá… imaginesé que una mujer adulta como yo oliendo una botellita por la calle, o en la soledad de mi hogar. Guardelá de una vez. ¿Qué pensaría la gente? Que consumo alguna substancia, o que me volví loca, por usted… o por cualquier otra cosa ¿eh? Podría ser. Mire que si me vuelvo loca no va a ser exclusivamente por usted, podría ser también por… ¡De todas formas acá nadie se va a volver loca! No entremos en pánico y salgamos todos corriendo diciendo cualquier cosa. Mejor tomarse las cosas con calma, ¿no piensa usted así? Además, cualquier cosa no es volverse loco no… cualquier cosa es un sapo.
El papel está en el secretaire. No Fernández, no se avergüence. Todos usamos papel higiénico. Incluso la hija del cónsul, que para todo usa pétalos de flores. ¿Se acuerda que nos lo contó aquella vez su cuñada? Cuando fuimos a cenar a su casa y usted se había puesto esos zapatos de charol que atraían toda mi atención. Es que, no vaya a creer que le estoy dorando la píldora ¿eh? pero usted tiene percha Fernández. ¡Ah si!
¡Ahh, usted con perchas y yo estoy tan sola sin mi placard! No que las perchas sean buena compañía, pero me hacen acordar a usted. Las saqué todas. Hasta el placard saqué, se lo di a la Rita.
Acá en casa leo libros y me acuerdo siempre de usted con el personaje del muchacho. Aunque casi nunca logro concentrarme en el libro en sí mismo. Más que nada empiezo y una vez que aparece el muchacho agarro le pongo su cara y ahí nomás me invento toda la historia como si usted fuera el héroe y me viniera a rescatar. Después no me extraña, Rosamontes, que ande soñando conmigo, creo que siento mi privacidad de fantasía un poco invadida, digo, ¿me explico? Si usted me pone de muchacho principal en tantas novelitas y cuentos después cuando me quiero usar yo mismo ya estoy todo gastado ¿me comprende? No del todo querido, no quisiera ocasionarle problemas de todos modos… Óigame óigame esto, sin ir mas lejos, el domingo este pasado empecé a imaginarme que corría una carrera de autos en uno de esos bólidos que hay ahora que corren a la velocidad del rayo ¿vio? ¿sabe de cuales le hablo? Si creo que si, esos que son plateados y como así. Exacto, el meollo de todo esto está en que cuando puse tercera en el bólido de acero ya me noté cansado, como gastadito, medio atransparentado, y no supe qué me estaba sucediendo. Oh, comprendo. Y ahora me lo explico Rosamontes, me gastó todo el yo de fantasía en romanzas breves y narraciones amorosas. Fernández, lo siento tanto. Tampoco se me apene así Rosamontes. No, si, ¿sabe lo que pasa Fernández? yo le puedo prometer que voy a intentar dejar de incluirlo en estos asuntos, pero ahora ya hasta sueño con usted. ¡le dije! Usted estaba implícito en la tarta de verduras ¿entiende? Es muy fuerte eso si hiciéramos una análisis froidiano exhaustivo del símbolo tarta, por ejemplo. Pero no nos compliquemos, el intríngulis acá es que aparentemente cada vez me agarra más este amor por usted. Es que mire sino: yo lo atransparento en sus propias fantasías y usted es tan amable ahora conmigo, en vez de venir y exigirme con firmeza que deje de incluirlo en las mías. Nunca habría de usar la firmeza con usted Rosamontes, sabe que la aprecio y que…
¿Me qué?
¿Mequé?
Si, me a… ¿que?
La a-precio.
Ah…
¿Pensó que había dicho otra cosa?
No, escuché mal.
Fernández cántese una que usted canta tan bonito y yo escucho tan bien. Estuve practicando la escucha musical con unos discos de “el ojos celestes”. Puse unos al wincofón y bailé por el lugar a lunares con mi pollera a rayas, los dedos tecleando y la música toda lisita preciosa. Bailo como un violonchelo para que usted cante como un bailarín. Vamos animesé.
Aaah si… así…
Cán-te mi ruiseño or,
pártame el corazó ón,
ya-llé ga la prima vera
y con tígo el do lór.
Taco puntita taco
Y pongo el ta lón
Hombro manito frén te
Balilando a tu son.
Taco puntita taco
Y giro el,`^
¿Fernández? ¿Fernández? ¿Por qué se detuvo? ¿Por qué se detuvo Fernández si la estábamos pasando de jolgorio? Oh, se siente mal… pobrecito.
le trái go
ahora mís mo
un vasito deá gua
oun té
Disculpe se me pegó la coplita pero ¿Qué prefiere? Yo ya le alcanzo de una corridita a la cocina usted sientesé y no se preocupé. ¡Ouh!
Ya volví ya volví. Acá, tómese el tecito. ¿Qué le duele? Dígame. ¿El flex? Ummm, creo que… tengo un… medicamento para eso… especial para… dolores agudos de… flex si… Sino al hospital y le ponemos la pichocata y acá no pasó nada y el flex como nuevo y todos felices. O casi. Buen, le voy a buscar un terroncito mas de azúcar, no se me mueva ¿estamos de acuerdo?
¿Que voy a hacer, que voy a hacer? Lo tengo allí, Fernández, enfermito en mi sillón mullidito, justo en el mullidito, que le queda casi tam bien como el charol, Frank Sinatra o ese rastrillo que qué se yo. Y yo acá, sin saber qué zoquetes es el flex, y no lo puedo dejar ir así enfermo, lo perdería para siempre y después de andar transparentándolo ¿ni siquiera curarlo? no, es demasiado, y a la vez está tan bonito que no puedo pensar no puedo pensar. ¡Estóp! Ya basta Rosamontes, usted es una mujer coherente y puede manejar esta situación tan delicada y a la vez amarlo perdidamente ¿o no? si, y le voy a llevar esta pastillita celeste y que sea lo que dios quiera.
Tome buenhombre, Flexodrómm…il, Flexodromil trescientos. ¿Mil trescientos no será mucho buenamujer? Nono, trescientos, el mil es parte del nombre… que bochorno, ¡nada! Tomeselá.
Nonononuuuu, no se vaya, que se tome la pastillita Fernandez que le va a hacer bien.
No, no me agradezca, es lo mínimo que puedo hacer por úd, que es tan amable y tan así.
¿Será pues mortal una falla en el flex?
Si le salvo la vida quizás se enamore de mi.
Y sino siempre tendremos Estocolmo…
síndrome de los síndromes.