sábado, 2 de julio de 2016

Carl Sagan

Cada vez escribo con una birome diferente.
 Agarro la que esté cerca, y la pierdo nuevamente.
Para Einstein la gravedad es una ilusión, un efecto de la geometría.
A veces la pierdo en la mitad de una frase,
y me queda el sujeto negro, y el predicado azul.
El ojo empezó siendo una mutación al azar,
un foco repentino fotosensible en el cuerpo de un organismo,
que lo perfeccionó,
en buscar la luz también.
La selección natural hizo su trabajo,
y la perfección divina el resto.
Hay una teoría que dice que las biromes están hechas para perderse,
para fluir en realidad, son una comunidad nómade,
que busca un nuevo amo cada vez.
No existe tal cosa como “mi birome”,
además no puedo tomar esa responsabilidad.
Hace más de dos millones de años ya estábamos en África,
hace cincuenta mil años estábamos en América.
El plástico no es algo que me parezca mal.
No prefiero las biromes de metal,
porque las pierdo igual.

Sin ir más lejos,
el centro de la tierra,
que ahora mismo está hirviendo abajo de mis pies,
está hecho de hierro.
Nadie nunca va a estar ahí,
nadie nunca va a estar en casi ningún lado,
es todo demasiado grande, por eso yo no me preocupo.
Y dejo que las biromes fluyan, por ejemplo,
y me resigno a que mis poemas sean irregulares en el papel,
todos distintos,
las partes,
todo se está moviendo todo el tiempo,
es por lo menos extraño que yo perciba tanta quietud.
Todo está estallando todo el tiempo,
la última vez que me estalló una birome,
y esta historia es real,
me la metí sin darme cuenta en la boca,
y quedé toda manchada de azul,
después me di cuenta y bueno.
La certeza de que hay vida más allá es frustración y ansiedad,
nunca los vamos a poder ver, no me mientan,
y yo acá con toda la boca azul, y algo vivo en otra galaxia
se mancha con algo y tiene toda la boca roja.
O no. O verde.
Y yo estoy acá, intentando generar una sensación
Irregular
En la forma de esta historia que me pasó a mí, a mí misma,
de verdad,
de ser la persona que pierde las biromes todo el día,
Porque se entiende ¿no?
Se me pierden las biromes y encuentro otras, y escribo
y el caos no es nada más ni nada menos
que rendirse a lo aleatorio.
Me rindo,
no prefiero tener razón.
La gente recién descubrió lo que sabemos, falta un montón.
Si hacés zoom out no terminás nunca,
si hacés zoom in tampoco,
me importa un poco lo de las biromes igual.
La verdad,

a veces encuentro algunas con las que es muy fácil escribir,
y hacen que mi letra sea menos fea y se entienda un poco más,
asique intento aferrarme a ellas, trato de vigilarlas,
guardarlas en su lugar, pensar en ellas,

pero un día las pierdo. Y me doy cuenta de que estaba en una secta que me acaba de liberar,
un culto inútil a La Birome,
veo que todavía es necesario aclarar que la teoría de la evolución está comprobada científicamente,
que no hubo un Dios que nos creó y nos cuida,
que somos el mismo intento de vivir de la vida,
que un cactus o una procariota.

Ahí dejo de escribir por un tiempo,
(Es 2016, hay gente que cree eso.)
pero un día tengo una birome de nuevo, escribo y la pierdo.
En el colegio me pasaba mucho,
en el colegio no me enseñaron nada de nada,
me vengo a enterar por qué soy polvo,
y que soy polvo sobre polvo entre más polvo,
flotando en el aire. Diez años después, veinte años después.
Que soy una gota en una tormenta, en una tormenta en cámara lenta.
Tan lenta que parece una foto,
una foto tan grande que tardo infinito tiempo en verla toda entera.
Atrás de las fotos hay que poner siempre el lugar y la fecha,
y algún comentario también,
es un mensaje al futuro, en birome negra,
el futuro es ahí cuando estemos viendo otra parte de la foto, una que viene después,
más adelante en el camino,
los cuadernos de Cobain en esa peli,
son un coso trascendental.
(hubo una primera persona que escribió en primera persona, y por otro lado hay el escrito más antiguo que encontramos nosotros)
Mis cuadernos son un coso trascendental,
todos desparejos, distintas gamas de azul,
distintos tonos de negro,
el ritmo no es un invento.
En tu paso por la foto, ahora estás viendo esto.
Si en algo hay que creer, yo creo en el ritmo, y en lo contrario
Me hace falta ver si se me pierde una birome, para poder buscar otra,
pero solo cuando tengo la urgencia de usarla,
necesito YA una birome que me deje escribir esto que pienso,
porque me lo voy a olvidar,
porque sospecho que el sueño y la vigilia es lo mismo, porque me olvido de ambos por igual,
se me escurre y necesito, como arena, una birome para atraparlo,
para saber así que soy soy,
por eso no es bueno perder la birome,
porque cuando la necesito no está,
se me va y no vuelve más, porque nada se pierde pero todo se transforma,
y eso es un bajón.
Cambia tu birome, cambia de color,
nunca serás Shakespeare, ni un televisor.
Perdí la birome otra vez,
creo que entiendo todo,
esos perritos con ropa los amo,
están por todo internet,
yo vestí al mío, y no les jode, no está mal,
y es tan gracioso.
Lo que sí ya entendimos es que un buen día,
un asteroide nos va a pegar,
pero es que yo no voy a estar acá para verlo,
es que voy a estar muerta,
Asique no es verdad, tranquilas,

Eso no va a pasar.

lunes, 17 de noviembre de 2014

El sutil andamio de unos ojos

Andamio indiferente
   Que cierre como tapa
      Un pequeño agujero
         Ojalá pudiera salir
            Si quieren ver loquesea
               Apunten hacia adentro
                  Nada me produce nada
                     Aparece una instancia
                         No se como se hace
                            Una sola idea

                               Siempre bien

domingo, 8 de junio de 2014

La última partida

Cada pisada era un charco, las botas de goma se hundían en el agua como hojas secas. La casa era un río, un embalse. Bajo la luz cálida de la mañana, con el reflejo del cielo en la ciénaga del parquet, toda la planta baja parecía tener pisos de oro, cortinas de oro, muebles de oro y gente de oro. Todos tomaban un te dorado en tazones dorados con sus labios dorados, sobre el terciopelo azul del sofá, con ribetes dorados, y ese aroma portuario de la inundación. El lugar parecía un naufragio, los restos después de un huracán estival, un retrato fallado de algo que ya hace tiempo que no está. 
Me acerqué al living-room chapoteando, a la chimenea, para secar mi ropa con las brasas débiles del fogón (y los restos de libros quemados de la noche anterior). A pesar de mi presencia, bastante rotunda y líquida, la familia fingió no verme. Nadie dijo nada, ni ellos ni yo. Agregaron otra ronda de terrones a sus tés y, sin dejar de ignorarme, siguieron con su estúpido juego. El juego de la caja consistía en lo siguiente, yo lo conocía muy bien: hay dos equipos, los buenos y los malos, cada uno tiene que intentar destruir al otro con distintos medios de ataque y defensa para tener el Poder. Cuando uno de los buenos gana, asciende a Dios, cuando uno de los malos gana, asciende a Demonio. Cuanto más dios seas más demonios de tu linaje eliminás, y viceversa. En la caja se ponen las fichas blancas, en la mesa las demás. Desde mi lugar junto al fuego, desde la perspectiva del hogar, con el agua matinal en los tobillos y el humo subiendo por la bóveda del techo, las fichas sobre la mesa ratona parecían flotar. Vi magia, me confundí, quise tocarlas y la familia entera me detuvo, me lincharon, me torcieron los brazos mientras me explicaban las reglas del juego otra vez, me rasguñaron la cara recordándome que las fichas no se mueven con las manos, me consolaron en sus hombros cuando lloré de dolor, hablamos de monogamia, fuimos felices juntos, pero ya no. Hace 10 años que no.
Ayer se rumoreaba en el pueblo que la familia hoy daría su conferencia final y sin embargo llego acá, y están en el medio de una partida, nadie secó los pisos, nadie encendió el fuego, nadie volvió a enterrar al canario, nadie ocultó las cenizas de las obras rebeldes de Uderzo y Goscinny; nadie estaba a punto de dar una conferencia.  Los vestigios de los ritos de anteanoche estaban intactos. Yo hice estos ritos por años, desde la noche de mi nacimiento, cuando en el juego de la caja venció el mal y el caminante del cielo bajó para condenarnos a no poder ascender nunca más, al piso superior de la casa. Mi nombre fue Lucas pero lo cambié por Pablo, la noche del hechizo mi familia me informó con un himno que al llegar el ritual número 27 ganaría el bien y el primer piso de la casa podría ser habitado una vez más. Desde entonces viven todos atrapados en la planta baja, yo me fui, 10 años atrás. Era imposible vivir asi, todos durmiendo en los sillones, en la alfombra árabe, todos en la cocina, todo el tiempo, tomando el té.
Al igual que los últimos 10 años, esta vez tampoco asistí al ritual, pero el juego todavía no terminó. Mi tío me tiene inmovilizado con la cara hundida en la alfombra mojada por haber intentado tocar las fichas. Ya jugó mi madre, ya jugó mi padre y ya jugó mi hermana, ahora es su turno “Tío es su turno”, le dice mi hermana. “Arturo es tu turno”, le dice mamá. “Sacame una foto pisando al pibe”, pide mi tío.  “Se rumorea en el pueblo que hoy darán su conferencia final.”, grité desde la diminuta rótula de mi tío Arturo.
Mi hermana y mi padre me sacaron 2 polaroids y mamá respondió “El juego todavía no terminó”.  “Ahora hay que esperar, en la oscuridad, a que la imagen emerja sola del papel” pensó papá.

Mi habitación estaba en el primer piso, para poder irme (irme del pueblo, irme, para siempre) tenía que llevarme lo que era mío. No podía esperar al final de la partida, no podía entretenerme con la naturaleza muerta como lo hacía en mi infancia, no podía desenterrar al conejo para enterrar el canario, cada cosa tiene su lugar. Pero la familia ya no estaba respetando nada. Y esta no era solo mi familia, esta era la familia del pueblo entero, la nación de todos, la única casa de dos pisos del lugar, el portador del apellido, los que organizan las cenas, los que dicen si triunfa el bien o el mal.

Los tiempos de gloria pasaron, el pueblo (los primos) dice que la familia enloqueció, que a la casa se le caen los frisos y nadie los quiere cuidar. Pero yo tengo la llave de mi habitación y la fuerza del primogénito. Sin que me vean emerjo como un Moisés impoluto de entre un charco de agua estancada para subir el primer escalón, ninguno de ellos se da cuenta, de tan concentrados que están, y tan desquiciados, y tan decaídos, y tan delicados. La bóveda del techo retumba y se abre, ganaron los malos, por la escalera asciendo a demonio, tengo 27 años, y no regreso al pueblo nunca más. Así me fui.

El siguiente año será el turno de mi mujer, mi prima y esposa, que entrará a la casa inundada con sus finos zoquetes negros navegando entre los pantanos, y el suelo se abrirá y ganará el bien. Pero yo ya no voy a estar para verlo.

viernes, 17 de enero de 2014

María Eugenia


“No, no se levante, por favor. Enseguida vuelvo.” dijo la señorita María Eugenia al pararse para ir al baño. Caminó por el pasillo y entró en la segunda puerta, se paró frente al espejo y se observó. Estiró las cejas y se inclinó levemente hacia adelante para mirar sus pestañas de cerca. Había alguien escondido en la bañera detrás de las cortinas, pero eso es otra historia. María Eugenia se arregló un poco el pelo recogido, pasando su palma de adelante hacia atrás varias veces, apenas haciendo contacto. Se mojó las mejillas con agua fría, se secó con la toalla, se miró una vez más chequeando ambos perfiles, caminó hacia la puerta, inspiró, expiró, y abriéndola volvió a la mesa donde la cena la seguía esperando.

Dos platos empezados, el suyo con pollo y ensalada, el otro ya solo con ensalada. Dos copas de vino, la suya por la mitad, la otra intacta. Dos servilletas, la suya algo arrugada, la otra rota en pedacitos, algunos en el piso.

El mantel era colorido, de motivos frutales. Secretamente María Eugenia creía que los manteles no servían, que lo único que hacían era ensuciarse para después tener que lavarlos. Era mucho más simple limpiar la mesa con un trapo que lavar un mantel. Pero de todas formas ponía el mantel de frutas cuando tenía visitas.
“Mientras fui al toilette me quedé pensando en lo que hablábamos…”

María Eugenia tomó el tenedor muy rápido con la derecha y el cuchillo con la izquierda y cortó un pedacito de pollo. Esto a él le parecía imposible. Ella pinchó también la ensalada, sacó el bocado con sus dientes y masticó. Sin soltar los cubiertos, los movía por el aire al hablar, masticando de costado.

“…yo creo que si el amor es Tang, y el egoísmo es pimienta. Y yo soy agua, en una jarra. Una jarra de agua mineral. No, mineral no, animal sería. Una jarra de agua animal… Si el amor es Tang y el egoísmo es pimienta entonces yo sería como un jugo de naranja picante.  Sucio, fértil, brillante, con brillantina, tierra, polvo del piso. No hay palabra para ese sentimiento  intermedio ¿no?, una mezcla opaca, un jugo marronáceo. Pero tengo mucho Tang, le juro, tengo mucho mucho Tang.”

Apenas terminó de decirlo se avergonzó  y cortó rápido otro pedacito de pollo para masticar bajando la mirada. De repente se avergonzó de toda la situación, de haberlo invitado a su casa y ahora estar ahí solos, de quedar demasiado expuesta a un desconocido. Pero al fin y al cabo todos son desconocidos de alguna manera, pensó. Sintió el impulso de justificarse.

“Mire, yo se que puede parecerle extraño mi comportamiento, o reprobable. No, espere, déjeme terminar, lo que quiero decir es que, es cierto que si usted está acá sentado conmigo en la mesa es porque aceptó mi propuesta y le parece, o al menos en ese momento le pareció un buen plan. Y que ahora no sé qué le parece, pero está acá, que veo que le gustó mucho el pollo y que, (y no tanto la ensalada) y que la estamos pasando bien, teniendo una charla amena, descubriendo que tenemos gustos en común. A mí también me gusta mucho el pollo por ejemplo, pero también me gusta la ensalada, entonces tardo más tiempo en comer todo, pero no es que comamos tan distinto, aunque cuando uno lo ve a primera vista parezca que sí. Usamos distinto los cubiertos, bueno, usted no los usa pero me voy por las ramas ¿lo estoy aburriendo? Nada, eso, que no piense mal de mí, nos vimos ahí en la calle, yo no sé si usted me siguió pero yo lo vi un par de veces y siempre me cayó bien, tiene pinta de bueno. Nada callejero parece, y eso siempre me enseñaron que está muy bien. Mi madre siempre me decía, vos no tenés que ser una callejera, vos sos buena, sos de tu casa. Y es cierto. Yo soy buena y soy de mi casa, por eso después de un ratito ya lo invité a venir. Pero no crea que hago esto siempre que salgo a la calle. Sería una exageración decir que lo hago siempre, porque no lo hago siempre que salgo a la calle, de ninguna manera. Siempre es una palabra muy fuerte. Yo no sé si ustedes piensan tanto en el infinito como piensa una mujer. Yo le digo que como mujer tengo una extrema conciencia de lo infinito, puede sonar delirante pero capaz sea porque estadísticamente yo tengo menos propensión al asesinato, o porque tengo la posibilidad de comportarme como una mamushka ¿vió esas muñecas rusas que van una adentro de la otra cada vez más chiquititas? Nosotras podemos generar una persona viva adentro nuestro y quien sabe que esa persona viva genere otra, y así ¿vaya a saber cuál es la muñeca más chiquita? Chiquita porque está lejos en el tiempo, las de la mamushka son chiquitas porque son chiquitas. Yo tenía una mamushka cuando era chica, y mi favorita era obviamente la de más adentro, la última, la de más lejos. Era como una señora bebé, chiquita chiquita. Pero si hubiera habido una más chiquita que esa, me hubiera gustado más ¿ve? Eso le digo, yo prefiero el infinito, y eso ocupa mucho tiempo de mi tiempo. Tiempo. ¿cuántas veces dije la palabra tiempo en la última frase? Como siete u ocho.“

El Pupi la escuchaba atento pero eso no significaba que entendiera todo lo que decía, era cierto que la señorita María Eugenia pasaba mucho tiempo pensando en todo eso y ella sintió esa noche que podía compartirlo con él. Dudaba, no quería asustarlo, pero ese día había sentido desde que se levantó una sensación de ahogo, y mucha jaqueca. Al atardecer no aguantó más y se tomó una aspirina, y salió a dar un paseo por la plaza para que la primera fotosíntesis de los árboles la hiciera respirar aire puro. Ahí fue donde se encontró con el Pupi, a quien ya había visto otras veces caminando por el parque o retozando en algún banco, como ella haciendo estaba en el momento que lo vió.

“Me gustaría saber su opinión sobre esto, Eugenio. Tanto el tema de la procreación como el del infinito, me intriga mucho la visión que usted puede llegar a tener de esto. Realmente… puede ser esclarecedor…“
El Pupi cerró la boca con los ojos fijos en el cortinado, un lejano estruendo había llegado de la calle unos segundos antes. Una explosión, algo metálico con olor a sangre y transpiración. Ruidos de cosas calientes, ruidos de calor. Sonidos del metal pintado de rojo, sonidos rojos metalizados. El Pupi sabía la distancia, sabía cómo llegar hasta ahí.

“Si me disculpa me voy a encender un cigarrillo. No puedo evitar encender uno cada vez que termino de cenar, es como si fuera un instinto.” Dijo mientras sacaba una cajita de fósforos de seguridad “Tres Estrellas” de su bolsillo y un atado de Marlboro del abrigo. Encendió el cigarrillo y cuando sacudió el fósforo para extinguir el fuego, se le escapó el palito de la mano para apagarse sobre el mantel. El azar intervino para evitar un incendio.

“Usted y los instintos en cambio son buenos amigos, yo lo único que hago es arruinarme los pulmones y el perfume.” María Eugenia puso su codo sobre la mesa y su mejilla sobre su mano formando una torre con su cabeza, su antebrazo y su codo. “Pero déjeme que le diga, Eugenio, el tabaco no es adictivo, lo adictivo es el rito, el ademán, el inigualable placer de repetir una acción ¿no le parece? ¿le molesta el humo?”
Poco sabía El Pupi de ademanes, pero sí sabía que el humo es un olor que lo invade todo. El hecho de que María Eugenia ventilara el aire a su alrededor con movimientos tipo abanico de su mano derecha mientras echaba conos de humo por su boca, no servía de absolutamente nada. Desde la lejana esquina del accidente llegaron voces que susurraban y la sirena de una ambulancia. Eso último es lo único que María Eugenia era capaz escuchar. Cualquier persona que vive en una ciudad escucha la sirena de una ambulancia al menos una vez al día, por eso ella no habló de eso.

“¿Qué está pensando Eugenio? ¿Le puedo decir Euge? O a lo mejor le digo Señor Eugenio… Qué gracioso sería… Señor Eugenio, Señor Eugenio” probaba diferentes tonos María Eugenia. “Señor Eugenio… no sé su apellido. ¿Sabe que cuando lo vi pensé, “capaz es de esos que andan con una chapita colgando que dice el nombre, los datos…”? Entonces me acerqué disimuladamente, miré,  y efectivamente tenía la chapita. Me extrañó, porque no se le notaba en la pinta, se lo veía buenazo. Pasé caminando cerca y leí que la chapita decía “Eugenio” y se imagina, dije Es El Destino. ¡Claro! dije, ¿había dicho?, no “Dije” está bien. ‘Claro, dije’, se llama igual que yo. Y yo esos días venía pensando en lo de encontrarme a mí misma, en esas cosas de entender la ficción de todo, de uno mismo como un personaje en una historia dada en un fragmento de tiempo que puede o no haber sucedido. Y estuve leyendo un libro de cómo esas cosas pasan, había un accidente de avión en la historia, y hoy me desperté soñando con eso.  Era gracioso, entra un tigre a la casa, se llama Paco, entramos en pánico, el tigre termina siendo bueno, doméstico, nos lleva de excursión por la selva. Todo ahí es selvático-medio-pelo, el grupo está decepcionado, pensamos “al final no nos dejaron nadar en el otro lugar porque íbamos a venir acá y esto es una mierda”. Volvíamos a la casa que ahora era un hotel, yo me quedaba en la misma habitación que mi hermana, y le decía que por alguna razón sentía que el hotel donde estábamos era igual al living de mi casa de Venancio Flores, que tenía todas las mismas cosas, los mismos adornos, los mismos muebles, todo. Entonces cuando había que hacer la valija para volver, yo pensaba: si yo me guardo algunas cosas en la valija para volver, y cuando llegue allá las cosas que no guardé van a estar igual… ¿por qué entonces no guardo nada si total va a estar todo allá porque es igual que acá? De hecho, me preguntaba ¿tiene sentido “volver” si en realidad es el mismo espacio?”

El Pupi entendía el concepto de volver de otra manera, así como el de realidad o el de hotel. Él no manejaba dinero, era feliz con el olor que salía de la cocina de la vecina del 4to piso que cocinaba bifes de cerdo, toda aceitada con perfume a rosas, con mucho spray en el pelo escuchando los Rolling Stones. La canilla de la cocina goteaba, al Pupi le dio sed asique puso sus patas delanteras sobre la mesa y olió la copa de vino.  Olía ácido y podrido, pero tibio y espeso, probó un lengüetazo. No era bueno para él, se bajó de un salto de la silla y recorrió el pasillo hasta el baño.

“No apriete el botón hasta el fondo Eugenio que después no sale. Es como un golpecito que hay que darle nada más, sino no vuelve.” Dijo María Eugenia subiendo el tono de su voz, ignorando el verdadero objetivo del Pupi.

Eugenio alias El Pupi, tomó agua del retrete hasta quedar satisfecho, ni siquiera se molestó en encender la luz, aunque de intentarlo, lo hubiera logrado. Se detuvo dos segundos para oler en el aire a la persona escondida en la ducha y corrió un poco la cortina. Se miraron a los ojos, el Pupi se incorporó y siguió su camino. De vuelta por el pasillo, no dudó en dirigirse al sillón. En la mesa María Eugenia levantaba los platos.

“No come más ¿no Euge? Levanto las cosas y lo acompaño. ¿Quiere un postre? Tengo flan con dulce de leche pero no sé si es lo más conveniente. Una manzana también… o uno de esos palitos creo que me queda. Ahora me fijo.”

El Pupi descansó su mentón sobre el posabrazos del sillón de tres cuerpos, estiró las piernas y cerró los ojos. Con los ojos cerrados podía sentir mejor la vibración de la tierra, la vibración que hace todo el tiempo al girar. En su hocico vibraban las montañas, en sus ojos grises también. El gusto a pis del agua que acababa de tomar le parecía bien. María Eugenia se paró apoyándose en el marco de una puerta abierta mirando a Eugenio y tarareando una la melodía de una publicidad de autos. Lo miró, el Pupi se dio cuenta y abrió los ojos para mirarle a los ojos que le miraban los ojos mirarle los ojos. María Eugenia le habló sin despegarse del marco de la puerta.
“¿A ver el número de esa chapita? Vamos a llamar mejor, alguien lo debe estar extrañando, estoy segura. Aunque por otro lado, a todos nos extraña alguien en algún lado siempre.” Se levantó la nariz con el dedo índice por un segundo para pensar. “No sé ¿usted qué quiere hacer?  Porque si usted me dice que se quiere quedar, no me tome a mal no le estoy proponiendo nada, solo le digo que si se quiere quedar yo no tendría problema."

Eugenio descansó las orejas. Seguía escuchando la misma cantidad de cosas, pero de otra forma. Recordaba a un hombre, pero no recordaba nunca haber recordado algo de esa manera, era un recuerdo que le hizo mover el rabo y a la misma vez doler todas las vértebras, como un pinchazo.  

María Eugenia se puso el abrigo que colgaba de la silla, se puso la capucha y levantó con esfuerzo la gruesa manga derecha para mirar el reloj en su muñeca. “Son las 11.42” dijo caminando hacia el sillón, se sentó en el espacio que el Pupi dejaba libre y miró para adelante acariciando el terciopelo con relieve del otro posabrazos. El Pupi seguía girando con la tierra y le llegaba el calor que venía de la campera de María Eugenia. Los dos sentían el mismo frío. Después de unos minutos María Eugenia comentó “Debe hacer como 6 grados” y se inclinó hacia el cuello del Pupi estirando las cejas.

“¿10 9 8 7 6 5 4 3 2 1 0? ¿qué clase de teléfono es ese? Bueno, lo marco y vemos .” “Hola sí, estoy acá con el señor Eugenio que… sí, sí, está bien. En la plaza, bueno si si, Rivadavia 1234, piso 5. Sí, bueno, lo esperamos acá, un beso, chau.”

“¿un beso? Le mandé un beso. Bueno, uno hace las cosas por costumbre mucho. El otro día sin ir más lejos me fui a sacar la foto. Yo todos los años en la misma fecha me saco una foto. Y las voy guardando todas en una caja. Lo hago desde los siete, no sé si tiene sentido mostrárselas, pero yo cada tanto las veo, agarro algunas y me trato de acordar una anécdota de cada año, pero como titulares. 1989. Me caigo en una zanja de agua podrida. 1993. Se cae el televisor para atrás, se prende fuego la escalera, la casa es caos y confusión.  Se culpa a mi hermano. 2005. Viajo al norte, pierdo la valija, me devuelven la de otro, tiene algunas cosas mías que había perdido en el pasado. 1990. Una noche oscura alguien se roba del patio la jaula con Felipe, el canario. 2002. Me encuentro a 5 personas que conozco, en el mismo viaje en colectivo de Parque Chacabuco a Flores. 1998. Cae el muro de Berlín. Espere.”

María Eugenia se levantó del sillón. El Pupi cambió de posición y el sueño le empezó  a aligerar los ruidos de la calle.

Después de levantarse, María Eugenia puso un disco de los Beatles, asique el Pupi escuchaba al mismo tiempo a los Beatles y a los Rolling Stones. Lo curioso era que mientras en el piso de arriba sonaba Sad sad sad, abajo la canción era Long long long. María Eugenia volvió al sillón con la caja de fotos y se recostó de costado apoyándola en el piso. El Pupi se estiró y quedó acostado a su lado, todo su lomo sobre la campera tibia de María Eugenia. Enfocó lo más que pudo con sus ojos en las fotos que ella iba levantando frente a su cara mientras le hablaba y le acariciaba la panza. Casi al mismo tiempo que en el 6to. piso cambió la canción a Gimme Shelter, el turno en el 5to. fue de Helter Skelter. -2008. Viajo al sur, pierdo la valija, me devuelven la de otro, cuando la reviso me doy cuenta que era mía, pero la había perdido en el 2005.- El Pupi disfrutaba de mirar todas esas fotos de María Eugenia parada de la misma manera, en el mismo lugar -2012. Descubro que a Felipe en realidad se lo comió un gato y que pasé toda la vida engañada-, hasta que María Eugenia dejó de mostrárselas y se quedó dormida. El Pupi recostó su cabeza sobre sus piernas y la imitó.

Lo siguiente que supieron fue que el timbre sonó. 

lunes, 9 de septiembre de 2013

Brillar, la muerte o el golpe letal

Tratar de convencerse de:
Que la muerte es parte de la vida, que el tiempo que nos toca es un milagro del que tenemos que estar eternamente agradecidos. Que la eternidad es un concepto que no podemos entender, pero que vale la pena intentarlo. Que cuando nos morimos algo perdura, pero que eventualmente vamos a ser olvidados y ya no vamos a existir. Pero que ese hilo que movimos mientras éramos, va a tener consecuencias por siempre jamás, para bien y para mal. Personas van a nacer gracias a nosotros, hay que pensar.

Personas van a morir gracias a nosotros, hay que pensar.

Tratar de convencerse de :
Que nos perdemos casi toda la historia que no tiene principio ni tiene fin, y eso es digno de querer morir. Uno puede decir, si me van a dar tan poco quiero que esto se termine, cuanto más tiempo pase, más me voy a enamorar, y después dejarlo va a ser más duro. Ahora está bien, ya estuvo bien, amo a la vida con ese amor de los adolescentes. Prefiero quedarme con este recuerdo y apagar. Irme a dormir y despertarme en la siguiente vida sin ningún recuerdo de ésta. Sabemos tan poco como funciona lo de morir que no podemos comprobar científicamente que la reencarnación no existe. Tenemos que convencernos de que la re encarnación no existe. De que es ahora o nunca. Y como nunca es lo mismo que siempre, no lo entendemos tampoco, entonces hay que convencerse de que hay que elegir ahora.

Y después saber qué hacer con eso.

Tratar de convencerse de:
Que morir no es entrar en la eternidad porque en vida ya estábamos adentro. Que somos ese ciempiés de la cuarta dimensión cuyo cuerpo empieza en la nada, sigue bebé, después joven, después viejo y termina en la nada otra vez. Que el momento de morir va a llegar, y no vamos a entender nada, y vamos a pensar todavía no, pero va a estar mal. Que si encontramos nombrar la muerte con la palabra correcta, no vamos a tener mas preguntas, no nos va a aterrar su llegada, nos vamos a deslizar a través de eso que ya no se llama muerte porque tiene otra forma, o que tiene otra forma porque ya no se llama muerte. Tiene que dejar de existir la palabra muerte, o tal vez tenemos que adjudicársela únicamente a objetos inertes. Para todo lo que tiene vida debería llamarse de otra forma. Sugiero por ejemplo brillar o golpe letal. Me quiero brillar; cuando llega el momento de brillar. O, 50 personas sufrieron golpe letal al volcar un micro en la ladera del Cerro de la Gloria, el chofer salió ileso pero se brilló de un tiro en la sien.

Cambiar la palabra es la solución.

Tratar de convencerse de:
Que no hay que pensar mucho en eso, pero que igual es gracioso. Ayer salí a comprar leche y alguien se murió. Hoy fui a Barracas y alguien se murió. La semana pasada baldeé por fin el patio y alguien se murió. Fui a buscar unos videos de hace 20 años y alguien se murió. Qué suertuda. Está pasando todo el tiempo, somos como las células del planeta, células que a su vez tienen células que también se van muriendo todo el tiempo. Células (el elemento de menor tamaño que puede considerarse vivo) que nacen de otras células, una célula crece y se divide, formando dos células, en una célula idéntica a la célula origianl.
Las células a veces se pudren y matan a las personas. Les llamamos enfermedades y también les tenemos mucho miedo. Nuestro ejército hizo grandes avances, pero todavía no sabemos cómo derrotar a las peores. Si enfermás, tratar de convencerte de que no vas a morir. O... decir ya estuvo bien, ahora tengo amor adolescente.

Para poder pensar “ya estuvo bien”, habría que amar a la vida con amor adolescente siempre.

Tratar de convencerse de:
Que se puede amar la vida con amor adolescente siempre. Que mi abuela se está por morir y a ella le encanta Borges. Borges te hace pensar en la muerte con alegorías, pero te hace pensar en la muerte. No sé si hay que leerlo o no. Tratar de convencerse de que hay que leer a Borges. Se murió un bicho en mi vaso de vino y no pienso en la muerte porque es un bicho. Pienso en cómo sacarlo sin que manche mi vino. Pero de repente sí, pienso si yo alguna vez voy a manchar el vino. Pienso en cómo va a ser el momento que me toque brillar, qué voy a estar pensando cuando llegue el golpe letal.

Tratar de convencerse de que voy a pensar “ya estuvo bien”. 

Tratar de convencerse de todo eso y no lograrlo,
y no lograrlo,
y no lograrlo,
y no lograrlo,
y no lograrlo,

y no lograrlo.

domingo, 12 de agosto de 2012

Do i have a minute?


Do i believe in the existence of a god?
No, i don´t.
Do i believe in life after death?
No, i don´t.
Do i believe in love?
No, in deed, i don´t.
Do i think there´s a line that divides good from evil?
No, i think the idea of such a line is absurd, and hence, stupid and impossible.
Do you feel uncomfortable here on earth?
Sometimes i do.
Do you use different chemics to soften the uncomfortable feeling?
Sometimes i do.
Do you think crying is for little girls or pancy ladies?
Yes, i do.
Do you cry, never the less?
Yes, i do.
Do you believe that suffering is a human invention?
Yes, i do.
Do you suffer, never the less?
Yes, i do.
Does the idea of eternity makes you brain tired?
Sometimes it does.
Does the idea of love makes your brain tired?
Sometime it does.
Does the idea of death makes you
  1. Think nothing is worthy
  2. Believe everything you do is extremely important given the little time you have on game
  3. Tired in the brain
  4. Creep you out to death producing a sort of Catch 22 but less logical
  5. Feel relieved

viernes, 20 de julio de 2012

Extraño


Voçé, carinho e amor

En un país cercano se pueden guardar muchas cosas. Es mi hermano el que está tendido en la arena, es Mariano que hunde los pies en los restos suaves de cada ola hundiéndolos muy de a poco. 
Tomaba ron helado, el aire de la noche estaba inundado con las cuerdas vibrando de una guitarra, todo era cálido. Las mujeres bailaban en la tienda, las palmeras meneaban sus grandes hojas.
Él no pensaba en su mujer ni en su trabajo, más bien no se sentía pensar. Sintió perdonar todo y dejarse ir, creyó que no necesitaba nada más.
Una ola le dijo que si, cedió a su invitación y aceptó bailar esa pieza. Tocaron las plantas de sus pies, la ola y mi hermano. La espuma le efervecía entre los dedos, su camisa se humedeció con la sal de su cama, su pelo cortísimo se sintió niño otra vez, fuerte y brillante. Sus ojos en los brillos de la aurora nocturna, parecían ser el uno para el otro. Él y ella ya eran mejor uno que dos, o eran todo, rompiendo las barreras hechas de membranas finas de caracol.
¿Viste qué hermosa es la noche? se dijo en voz alta, ¿viste mi amor? se dijo.
¿Ya oíste como cantan esas guitarras? tan suavemente... le dijo al mar. Respiraba todo estremeciéndose la piel. El calor.
La música la inventé yo, le respondió el mar. Él se sonrió ¿Y a mi quién me inventó? le respondió. A vos te inventó la música, Mariano. Por eso sos tan bueno. Mi hermano soltó una risa simple como nunca, lleno de humildad ¿Y a vos quién te inventó, mar?
-          A mi me inventaste vos.
-          No me mientas, hermosura.
-          A mi me inventó el calor.
-          Eso no es posible, océano de luz.
-          Me inventó la aurora.
-          Te inventó el dinero.
-          No hables así, a mi me inventaste vos, mi amigo feliz.
-          Es cierto que soy feliz a tu lado.
-          Con tus pies en mi pelo.
-          Con mis pies en tu pelo hermoso.
-          Eso que acariciás son rocas.
-          Lo que acaricio es tu pelo, tu pelo son reflejos del cielo, que no termina nunca.
-          Lo que digas está bien, Mariano. Lo que digas es cierto.
-          Y la música es el calor, no la inventó nadie.
-          Ya no hablemos más de mí.
Mi hermano rió limpio otra vez. Era feliz y yo lo veía de lejos, mientras bailaba en la tienda. Mis pies tocaban la arena y los tambores, los hombres tocaban la música.
Eran las once de la noche en los relojes de los ausentes, era el calor del cielo negro en nuestras faldas y el baile lo que las hacía flotar. Yo reía con el morocho que me sacudía al ritmo de vos, las guitarras vibraban calientes, los hombres bailaban sonrientes. Mi hermano vino, me tomó de una mano y bailamos. Amo el mar, me dijo. Yo también, le contesté.