lunes, 26 de diciembre de 2011

Una lístnea está formada por infinitos puntos

La lista que armé dice que el amor y que la muerte son un segundo. Pero que un segundo es un chiste, una adivinanza, una pregunta con múltiples opciones. Que a su vez son todas un chiste y una adivinanza, y una pregunta con infinitas respuestas.

Hay un héroe, que rompe las palabras con una pluma prehistórica, un arma perfecta que no tiene origen, y las traspasa como bailando sobre ruinas de arena, suaves y sabias. Llega al trono y Reina, y no nos acordamos como era que no esté.

Hay bares de madera vieja, con un hombre olvidado tocando en la armónica una melodía para que ella baile. Ella, la última mujer en el planeta, menea etéreo su vestido cargado de tierra, marca con los dedos el ritmo en las nubes de humo que salen de sus labios.

No hay mañana, en mi lista, porque somos las únicas dos personas del universo. Y para tan pocos, no lo necesitamos. El sol siempre se pone por detrás del molino y sale por la playa.

En la lista está la salvación, en algún lado. Están los errores cometidos y las montañas no traspasadas, y está el fuego que rescata las almas al final. Un coro femenino, gordo y angelical; esclavo. Un amo con un corazón partido, siempre a punto de chocar y descarrilarse. Siempre entregando todo por sus hijos y sus hermanos.

En la lista se repite con dos voces diferentes que el amor y la muerte son uno. Porque son el espacio más lejano en el cielo que vemos arriba nuestro. Son una misma fábula contada al derecho y al revés, pero son una misma fábula. Son un mismo segundo en dos pestañeos distintos, pero son un mismo segundo.

Una vez aparece un pájaro que vuela alto sobre desiertos con precipicios de piedra. Lo ve todo, pero podría volar al revés y entendería lo mismo.

Nosotros en cambio, no aparecemos volando. Estamos en la playa, o incluso un poco más abajo. En el fondo del mar. Hay una tormenta, que se repite cada algunos siglos, pero no hay segundos ni minutos. Es siempre la misma tormenta.

Hay hacia el final unos ojos, no podría precisar el orden. Los ojos parecen estar dibujados con un marcador negro sobre la hoja blanca. El trazo se siente estallar al mirarlo, y los ojos atrapan a cualquier lector que intente leerlos (todo lector, por defecto, intentará leerlos). Es una motosierra que sale de abajo del libro y te corta la cabeza en dos. Dos cabezas, sos un monstruo pero al menos nunca más vas a estar solo.

En un rincón de la lista hay un señor que sintió todo. Está cantando con una guitarra así y un gorro de estrella de cine. Es clásico, fuma un cigarro que lo besa perdidamente. Sigue pensando, pero ya pensó todo lo que se puede sentir y viceversa.

Hay un avión que aterriza sobre un escenario luminoso de cien colores. Luces robot revolean sus cabezas y encandilan a los pilotos que se ríen y sienten el olor del pavimento mojado. Los reflejos en los charcos dan las señales para que todos los tripulantes aplaudan la hazaña y bajen a encandilarse con el sol, las luces y el aluminio brillante de los robots.

En la lista hay libros que cuentan sobre éstos aterrizajes. Hablan de los colores, de los gritos y las risas, dicen que “bajen a encandilarse con el sol”. Dicen que eso es el amor, y que lo contrario es la muerte. Pero que son lo mismo. Están para cuando alguien alguna vez quiera aprender algo, ya están escritos. En la lista.

No hay un pozo de ranas venenosas que un día volarán como palomas. Pero por no haber, al final hay. Y todos se preguntan si el resultado de esa ecuación no es dudoso, si lo que dudan existe y por qué entonces están solos.

¿Toda la demás gente no es acaso distintas partes de nosotros, proyectadas en inventos con dientes de madera o de marfil, tanto en el sueño como en la vigilia? Ésta pregunta no está escrita, pero por no estar, al final está. Es maravilloso.

Adentro de la lista hay una lista, que dice Verano, Ceneas, Otoño, Parasol, Lumesea, Invierno, Nordeo y Primavera. Son las ocho estaciones, el tiempo se parece más a ese momento de no entender si la pesadilla era real y darse cuenta que no. El tiempo no existe, es alivio lo que llena los lugares y es alivio lo que vemos. Nada más que alivio sentimos con ésta nueva división. Cada temperatura tiene su nombre, treintisiete ya no es más un número (En la lista aparece tachado. En la lista están todos los números, pero están tachados), ahora es una estación.

Hay un último punto en la lista que dice “éste no es el último punto de la lista”. Lo cual significa “éste no es el final”.

domingo, 3 de julio de 2011

Audio Guía

La fractura ancestral nos delata como profetas paganos, la exposición de lo visible redunda como hiedra y veneno. Más quisiera que la destrucción no hubiera sido destronada una vez para después trágicamente tomar el poder con sus ejércitos redoblados; no hay violencia sin marcas en la piel.

La imagen expuesta es una gran escoba levantando de la tierra cuerpos dorados arqueados de intranquilidad, nerviosismo, inquietud, ansia, desvelo, desazón, afán, anhelo, incomodidad. Lo que refiere es desasosiego, La Imagen.

El orden y el caos completan los bordes interiores, casi como un marco roto. Un vaso con el cristal astillado, habla de un nuevo paradigma que se alimenta de inventos caídos en desgracia más de dos veces, profundamente calmo y fractal, como el fondo del delta. ¿Qué hacer, indaga, con aquello que se volvió obsoleto por no haber muerto a tiempo y que sigue entonces viviendo en una espiral mutilada por ambos extremos?

Y de golpe me encontré llevando tu cara en un cartel, no basta con recordar sus gestos para competir una vez más en el torneo de los triunfadores. No es cierto que si sueño que pilas de caballos duermen rellenando las caries de mis muelas, cuando despierto tengo mi dentadura completa otra vez, y mi abolengo reparado. De hecho, es del todo mentira.

A la izquierda del monte se percibe un trabajo con la textura del material. Refiere claramente al concepto de justicia, a la mano del hombre en nombre de la conciencia azotando sus visiones por miedo a que se vuelvan en su contra. El concepto sería la falta de justicia, para ser más específicos.

En mis muelas se abre un dique y el agua fluye haciendo desaparecer (o galopar) a los caballos durmientes. Esa parte del sueño es un claro caso de miembro fantasma, me duele algo que no tengo, tu cara en un cartel, el material raspado, todos galopando estrictamente la sección áurea de la imagen. La infalible y manipuladora lógica del oro, el número del lobo, el cálculo que no admite al arrepentimiento.

Los colores rojizos, por otro lado, son simplemente una afirmación de la culpa, la sensación de haber podido evitar el rugir del primer hombre, representado aquí por una silueta verde militar. Tener la razón y perderla.

Retomando la zona de la justicia, o la carencia de la misma, se carga de expresividad la trama al fundir el dañino rocoso, rasposo e irritante signo con una línea recta que se interrumpe en algún lugar que no llegamos a ver, que no nos cuentan. En lo que a mi respecta, esa línea siempre estuvo ahí, esa línea es porque está, siempre estuvo y estará, es el animal que me lleva en su lomo con desdén, esa línea no termina nunca. Entonces ¿es necesario que la ausencia de lo más añorado sea lo que completa los miembros ya mencionados y mutilados del espiral que se arma con ésta recta siempreviva? ¿tienen algo que ver el castigo y engendrar en sus vientres barbáricos algo igual a mi?

Ahora es el momento de cerrar los ojos e intentar la reconstrucción de La Imagen. Cobra el factor tiempo un importante peso en la acción del recuerdo, interviene la mano del tiempo y da pinceladas mentirosas. Quien vea esa mano entrar, córtela sin dudarlo, quien no la vea, vergüenza y pena. El hecho de reconstruir La Imagen como una planta creciendo de forma inversa (es decir, desde las hojas hasta el cielo) es la señal fatal de que el vil miembro no fue podado a tiempo. El pincel seguirá pintando para siempre, la obra nunca se cerrará y así mi transcurrir de luto tramitado, de duelo matinal, de velo opaco como máscara de llagas, no encontrará su terminal.

Ahora la niebla se transforma en lluvia y la lluvia en aire limpio.

Ahora seguimos por el pasillo, lento y entendiendo, como una masa en silencio, que pide una sola cosa: ver el cuadro que sigue, ver la mano que miente, respirar siempre a tiempo y no volver un paso atrás.

jueves, 17 de marzo de 2011

El invierno no existe

Si pudiera escribirte una carta, tío, se me iría la vida. Tengo un impulso ciego de echarme en el piso con todo el papel que consiga y lápices y sacapuntas y empezar a escribirte Querido tío si pudiera contarte de alguna manera todo lo que me pasó... sin caer en explicaciones absurdas o comentarios triviales. Es una pena, pero no hay nada banal en lo que tengo que decirte, es contradictorio: todo es importante pero no tiene fin. Uno creía que la verdad era una sola frase simple, que había estado parada de espaldas tanto tiempo, y ahora se revela mostrando su cara masculina. Pero no, no puedo callar éste deseo de enterarte, porque sé que una vez en el piso, ya nunca me voy a poder levantar. Los lápices se irían consumiendo, las hojas se acabarían, yo envejecería sin siquiera vivir, sin darme cuenta. Es que no podría ni empezar, porque mi invocación es infinita así para el final como para el comienzo (no hay posible). Ya sabemos, tío, todo anula todo. Es como si te quisiera escribir una carta pero no tuviera manos. Me río ¿eh? no te creas, me sigo riendo pero sólo para ésto: para decirte que me río. Antes de la crecida de la marea, por decirle de algún modo a la letanía de momentos que nos tocaron en suerte (mi madre diría en desgracia, pero yo no) me reía en las cenas. Esperaba a la noche para reirme en las cenas, el resto del día mi cara era una sábana sucia. No quise decir eso (prometí no volver a hablar de sábanas).

Querido tío, si pudiera contarte de alguna manera todo lo que me pasó desde el día maldito que pusiste tus valijas en ese barco sin decirme chau. No te culpo, mi madre dice que cuando pase el tiempo voy a entender todo como una buena decisión. El tiempo ya pasó, o eso me parece. Soy vieja tío, o más que nada no tengo edad. No te culpo, pero si yo fuera una obra de arte (y lo soy) hecha para ser contemplada por una sola persona (que sos vos) ahora sería simplemente un objeto obsoleto, innombrable, opaco (y lo soy).

Es extraño, pero no me acuerdo qué edad tengo. La última señal que retengo es cuando tuve 24, después se me confunde todo un poco. Si eso coincide con tu partida, no lo se, pero por lo poco que entiendo de las cosas, debe ser que sí.

Cuando abandoné la casa de San Blas intentaron rastrearme creo, pero como única huella dejé mi pelo, y me llevé una cabeza calva. Con el tiempo dejaron de buscarme. Imagino te llegarán todavía cartas desesperadas de mi madre hablándote de los buenos tiempos cuando yo estaba, y pidiéndonte aún que no vuelvas.

¿No es claro, tío querido, que la única forma de que yo vuelva es de tu brazo? Qué tonta es. Ya pasaron tantos años, o no...

Ayer murió la única persona que sabía mi nombre, por eso decidí escribirte. Pero finalmente no lo hice, porque no sabría qué decir. Un día te encontré, y huí.

Fuí a tus trajes blancos la mancha de sangre, a tus tardes navegando la niña ahogada, a tu elocuencia la torpeza, a tu música la mía. Acepto perder la religión, pero mis manos son tan chicas. Rezarte tío para mi fue tocarte, adorabas mis manos pensé, nada fue excesivo.

Había escuchado absolutamente todos los minutos que pasaste en tu vida ensayando el oboe. Desde que era un bebé te escuchaba, tengo recuerdos de estar adentro de mi madre escuchándote tocar y pensando que si el mundo era eso, entonces si. Mi madre siempre dijo, que nací antes para ir a tus brazos. No la culpo, si ella no hubiera insistido con esa clase de bromas, todo en mi hubiera sido igual. Pude ser joven, pero el perfume de tu cuello cuando salías de viaje me hacía llorar de. No hay una palabra para eso, llorar de. Casi que es dolor, casi que es amor, casi adoración, casi no puedo respirar. Entre la multitud de un lugar extraño me conformé con verte.

Tus camisas.

Acá me detengo, el país que me rodea ahora es tropical, nunca es de noche. Acabo de decidir que la mano que me queda ya no me sirve. Ya no te voy a escribir ni una carta más, pierdo el tiempo sufriendo, entonces soy feliz. Creo que te grité como si me raptaran, pero mi voz no llegaba, soy el eslabón perdido de la mujer que es tu esposa, el borrador descartado. La sangre es injusta, sale de mi mano y la quería ver, corriendo como hilo (eso es lo que llaman lazo sanguíneo). Primero no estaba y ahora está (eso es lo que llaman tiempo). Las edades y la sangre, un río rojo perdido en el saqueo. Ridículo, tío. Era yo. No me ves. Siempre era yo.

jueves, 3 de marzo de 2011

Kjære Henrik Ibsen: apaga el incendio en mi cabeza

Saben los hados qué nudos usaron para tejer ésta red. Razón alguna puede planificar tan diabólico plan, las manos ásperas de divinidades de cuerpos fibrosos y ojos miopes están tejiendo sin parar, ésta red que lo atrapa todo, que es más reliquia que red, o pieza de fina artillería sobrenatural.

En fin que Ari y yo entramos a la casa para ensayar, como habíamos quedado, a las 4 de la tarde. Llegamos al mismo tiempo y entramos charlando, extrañamente Ezequiel no había llegado todavía. No estábamos solas, estaba el gato, pero en un principio no lo notamos porque estaba agonizando muy quieto y silencioso en el piso. La primera imagen todavía está grabada en mi nuca por dentro: sentado en el piso con todas sus patas y la cabeza colgando sobre un charco viscoso verde y amarillo. La mirada fija, moscas.

A mi no me gustan los gatos y menos me gusta la muerte, así que con la ayuda de Ari (a quien le gustan los gatos y peca de más valentía que yo) cargamos al gato en el portagatos, que cargamos en el auto y salimos a la ciudad. Llevábamos un gato agonizante en el asiento de atrás entonces fuimos a una veterinaria, alentadas por una mezcla de fe con resignación. Creíamos que el doctor nos iba a dar una solución, pero sabíamos que el gato estaba muerto ya. Nos encontramos riéndonos de pequeñeces con esa risa de los funerales, con el viento de la ventanilla en nuestro pelo, el sol. Primer obstáculo: la veterinaria cerrada y el número que figuraba para urgencias daba equivocado. Señal inicial de que nuestros cálculos tendían al error. Fuimos a una segunda veterinaria que nos deriva a una tercera. Recorriendo Palermo con nuestro moribundo. Era una clínica, ningún pet-shop. El doctor nos dice que el gato está severamente deshidratado y en estado de shock. Ari y yo hidratadas sí, pero en shock también. Nos dice que lo tenemos que dejar internado y nos sale un montonazo de pesos. Después de dejar mis datos, nos retiramos en silencio.

Volvimos a la casa, con la palabra sacrificio entre las sienes y los cuerpos flojos. Ezequiel estaba esperándonos hacía dos horas, con su paciencia infinita, ahí, leyendo. Sin fuerzas para ensayar nos fuimos a tomar un café con leche con medialunas para el alma.

Ahora es mañana, entra en juego la dueña del gato, que se debate entre el sacrificio y la espera. Entre la muerte y la agonía, todos detestando al pobre Roberto por no poder decirnos que hacer (los gatos no hablan). La decisión ya no está en nuestras manos, está en las de ella, el médico nos dice que las chances son casi nulas, pero ese margen siembra una duda horrible, ese casi que te hace rechazar la idea de que la decisión es tuya.

A todo ésto yo tengo entradas para ir al teatro a las 8 de la noche, y si se decide matar a Roberto antes de las 10, nos evitamos pagar un día más de internación. El factor monetario mezclándose con la incertidumbre de lo fatal es una combinación indeseable, improbable, desconocida y por eso aterradora. A las 7 de la tarde me subo al colectivo que me lleva al centro. Pero una llamada puede cambiar mi rumbo porque al fin y al cabo, yo figuraba en los papeles como la dueña del gato, lo cual me hace imprescindible para ejecutar el asesinato de la piedad (palabra simbólica si las hay, recordando como cargábamos con ese hijo muriendo en nuestros brazos, en una gatera, en un Fiat, en Buenos Aires). Si el teléfono suena, tengo que ir a firmar la eutanasia de Roberto Gurevich, así figuraba el gato, con un nombre ominosamente parecido al de mi padre.

El teléfono sonó, para decirme que se había decidido esperar un día más, aunque el médico insinuara que no tenía sentido.

Seguí mi viaje al Teatro San Martín. Tenía ticket para ver dos obras seguidas, los había sacado para ir sola, siguiendo mi costumbre de no esperar cita para ir al teatro. Llegué al San Martín, apreciaba más que nunca estar ahí, dado que mi plan alternativo era matar a mi padre y formar parte de un trío femenino que cargaría un gato muerto en la oscuridad de la noche buscando un buen lugar donde enterrarlo, sin tener siquiera una pala.

Entré a la sala y vi una suerte de re versión de Casa de Muñecas, de Henrik Ibsen. La obra no me enloquece aunque entiendo su valor. Al terminar salí de la sala, para volver a entrar y ver la segunda obra. Ésta, basada en Hedda Gabler, del mismo autor y del mismo adaptador y director. Hedda Gabler es una obra que me apasiona, los personajes son tan oscuros que me dan ganas de prenderlos como una lamparita o de perderme en ellos para siempre. Otra vez la puesta no me cautiva, parte de la adaptación consiste en el matrimonio de Hedda Gabler y Jørgen Tesman viviendo de prestados en un teatro, en una escenografía, en un juego de autorreferencialidad con lo teatral y con los que habíamos visto que esa misma escenografía la acababan de usar para la obra anterior.

La obra ya iba acercándose al final, yo estaba bastante expectante de ésto secretamente, porque me aburría un poco. Llegó la escena donde Hedda le dice a Tesman que quemó el manuscrito (¡Quemé a tu hijo Thea!), que lo quemó en el lavabo del baño del camarín, y entra por la puerta de la escenografía una señora a la que no habíamos visto en toda la obra. Un segundo de extrañeza y un poco de adrenalina. ¿La obra tenía un as bajo la manga? La mujer entró con una actitud muy diferente a la de los demás cuerpos en escena, como si arrastrara los pies pero sin arrastrarlos. Se paró, miró a público y nos dijo “no se asusten, vamos a tener que evacuar la sala porque hay un pequeño foco de incendio en el teatro”. Nosotros todos callados, nos quedamos mirándola, con una mezcla de fe y resignación, esperando que su monólogo siga pero sabiendo que eso no era todo. Después de unos segundos una vieja, haciendo buen uso de la famosa "impunidad de la tercera edad", pregunta “¿es la obra o es en serio?”. Todos los actores hacen un gesto al unísono dejando en claro que eso no estaba en los libretos, el personaje de la señora nueva dice “no, es en serio, están buscando dónde está el incendio pero estamos vaciando el teatro, asi que vayan saliendo tranquilos de la sala, accedan a la salida por las escaleras”. Nos empezamos a levantar de las sillas, tranquilos, más por el mareo de ésta cesárea a la realidad que por educación ciudadana. Los actores hacen lo propio. Yo, sin nadie con quien comentar lo extraño de lo que está pasando, subo en silencio las escaleras. Pienso en la actriz diciendo “Sí, quemé el manuscrito, en el baño del camarín” y en la posibilidad de ese hecho invisible generando un incendio real en el teatro.

Estábamos en el tercer subsuelo así que el ascenso al mundo exterior amainó un poco la violencia de los cambios, de lo que está fuera de todo posible cálculo.

Salí a Corrientes donde había tres camiones rojos cortando la avenida. Muchos de los que hasta recién eran público se quedaban parados en la puerta, conversando. Mi sentido común me hizo alejarme un poco más, crucé la calle y me quedé mirando el teatro desde la vereda de enfrente. No se veía fuego, ni humo, ni nada. Yo pensaba todos éstos bomberos buscando un incendio que acaso nunca van a encontrar, porque está únicamente en lo aludido de la narración. Mi cuerpo se quedaba ahí parado, no sé bien por qué. Sentía que ya tenía que irme, que no había nada para ver ahí, pero mi rol de espectador no podía ser borrado de un escobazo. Pasaban los minutos y yo me quedaba parada mirando el edificio, mirando los bomberos y su despliegue escénico.

Un rato largo pasó y con el rabillo del ojo veo venir una forma floreada corriendo hacia mi, escucho mi nombre. Me doy vuelta y era Estefanía, una amiga a la que no veía hacía muchos años, que venía hacia mi contenta. Reaccioné y nos abrazamos. Ella iba muy apurada, me pregunta que qué hago ahí parada y me cuesta explicarle, le hablo de un incendio, de Hedda Gabler, del tercer subsuelo. Me dice que está llegando tarde a una obra en el teatro de la Cooperación, ubicado justo en frente del San Martín. Le digo que vaya y nos despedimos. Me vuelvo a quedar parada un minuto y veo a la Hedda Gabler salir fumando un cigarrillo e irse para el lado de Callao. Decido que esa es mi señal, que el espectáculo terminó, y empiezo a caminar. Avanzo diez metros y suena mi celular. Es Estefi que dice que tiene un dos por uno y que ahora me explica porque está caminando atrás mío. Cortamos y me repite que tiene un dos por uno y me invita a ver la obra. Aunque la idea de entrar a ver una tercera obra en la noche me pareció un poco abrumadora, acepté porque me alegraba de verla y porque se ve que sentarme a seguir expectando me hacía sentir más cómoda que esa incertidumbre que llevaba por la calle.

Entramos a ver la obra, el argumento era éste: una actriz que se reencontraba con su ex marido en el camarín de su teatro que incidentalmente acababa de incendiar, y estaba ardiendo mientras el encuentro transcurría. Impactada, pensé que la labor del cuerpo de bomberos allá afuera se estaría recrudeciendo. Una cuadrilla de hombres muñidos de enormes mangueras buscando el foco de un incendio que estaba ubicado en el único lugar en el cual no están entrenados para acceder, en la cabeza de un grupo de personas que sucedió, fueron espectadores de una misma obra (y que fueron evacuadas y separadas en un claro plan de amenguar y apagar el incendio desde la raíz). Y yo, siendo el único elemento fugado de ese grupo que antes estaba viendo la obra justo enfrente, ahora oculta a sus espaldas, mantenía ese fuego nómade encendido.

Toda ésta sensación de ser la causante prófuga y huidiza de una catástrofe urbana, no me impidió notar que la actriz representada por una actriz, hablaba de una tercera actriz a la que odiaba y que había hecho el papel de Nora, la protagonista de Casa de Muñecas, de Ibsen. Para esa altura del día mis ojos ya no se abrían ante cada suceso, se mantenían achinados y tranquilos en su posición natural, mientras mis terminaciones nerviosas temblaban de emoción. Casa de Muñecas era la primera obra que había visto esa noche.

Al salir, nos fuimos a tomar una cerveza a una pizzería para ponernos al día aunque sea un poco, de todos esos años sin vernos. Nos pareció por lo menos llamativo el hecho de que teníamos historias que incluían a las mismas personas, pero sin nunca cruzarnos nosotras. También, y para no perder la línea argumental, le hice notar cómo había pensado en ella los últimos días, por haberme encontrado hacía muy poco (en otra situación entretenida, por lo menos) con quien había sido coprotagonista de un cortometraje que ella protagonizó y yo dirijí unos cinco años atrás. Lo cierto es que no, no dejamos de sorprendernos. A cada coincidencia llenábamos de gritos, risas y aplausos la pizzería. Éramos como dos puntas de un ovillo de lana anudado.

Al día siguiente fui a la veterinaria y firmé un acuerdo de eutanasia a nombre de Roberto Gurevich. El final ya estaba escrito. Pero no, “escrito”, mi firma no tiene valor alguno. La dueña del animal, a último momento decidió llevarse al gato a su casa, conectado como estaba de sueros y medicinas, y dejarlo morir de muerte natural, o vivir un rato más. Ya quien sabe.

jueves, 10 de febrero de 2011

La espera simioforme de los desesperados

Un montón de personas paradas en una terraza.

- Está bien estar así apretados, así nos vamos acostumbrando a estar cerca. Cuando nos suban no vamos a ser los únicos, van a estar rescatando comitivas de todo el planeta. La salvación va a llegar, pero yo no dije que iba a ser cómodo. Igual, hermana, si corre un poquito el codo vamos a estar todos mucho mejor.

(murmullos que crecen, hay como una discusión general y baja)

Flaco, dejale el asiento a la señora. Al final cada uno acá hace lo que quiere. El bendito comportamiento de masa, la aspiración al anonimato y que ocho cuartos. Como la vez esa que yendo para Floresta, un coche de ésta línea pero de otro ramal, que no va y se sube un perro. Así estaba (muestra haciendo montoncito con los dedos), peor que hoy, y el tipo se sube igual. Empieza a pasar por entre las piernas de la gente y se sienta en el asiento del fondo. Así, como se sientan ellos.

- Pero ¿cómo? ¿estaba vacío el asiento?

Si (el murmullo general dice “no tiene sentido” y “entonces no estaba tan lleno”). Y al tiro se sube otra señora como ésta, vieja, y todos empiezan que el perro debería darle el asiento, que no puede ser que un animal salvaje tenga más privilegios que nosotros... (pausa) El canino mira, con los ojitos, calladito se levanta como un duque, y en la siguiente parada, que era ya entrando a Flores, se baja. (pausa) Miralo, ahí tenés, le cedió el asiento, sí, pero prefirió alejarse de todos los humanos que lo habían prejuzgado. Lo quise. Nunca más lo volví a ver. Anda a saber si se tomaría el tren ahí de Flores... o qué...

- ¡Déjenle el asiento al Raví que está muy triste!

- ¡Ah No! Horas hace que estoy esperando mi turno ¿Cómo cree que estoy yo? ¿cree que no estoy apurada yo también?

- La paciencia ante todo hermana, los aliens no van a aceptar esas actitudes entre los suyos, ellos manejan otros tiempos. Tiempos cósmicos. (pausa) Si no se tranquiliza la van a dejar acá, sola, abandonada, viendo como el planeta estalla en mil pedazos por nuestros pecados, y usted con él, pecadora. Pensé que ésto ya estaba conversado y comprendido, en ésta terraza no hay lugar para la pérdida de la compostura. Es el punto de contacto, tenemos que quedar bien.

- ¿No estoy bien? ¿Qué? ¿ésta remera te parece demasiado? (le muestra su remera de los Stones) Me la puse porque me dijeron que a ellos les gusta que los normales los admiremos.

- ¿Qué pasó que convocaron tanto ésta fecha?

- Eso. Dijeron que iban a tocar con los Stones.

- ¿Qué? No puede ser. ¿Qué capacidad tiene éste lugar? No pueden tocar los Rolling Stones en un lugar así. Además ¿cómo consiguieron tocar con los Stones? Yo los quiero a los pibes pero no son taan grosos. Además me parece que un Stone se murió, así que técnicamente no son los Stones, pueden ser “parte de”. Lo que no entiendo además es cómo te cobran la entrada y después ni ves el escenario, al menos si estuviéramos en el mismo recinto, pero intenté bajar al campo y un patovica me paró, me dijo, vos te quedás en el lobby gordini. Y de acá encima se escucha todo sin los bajos, los temas de ellos vaya y pase, pero escuchar a los Stones así, todo agudo... es una picardía.

En algún momento de su vida, es posible que usted se haya preguntado: “¿Por qué hay tanto sufrimiento en el mundo?”. La humanidad lleva milenios padeciendo los terribles azotes de la guerra, la pobreza, los desastres, la delincuencia, las injusticias, las enfermedades y la muerte. Y en los pasados cien años, el sufrimiento ha sido mayor que nunca ¿Acabará alguna vez todo ésto? La alentadora respuesta es que si, en 10 minutos, cuando explote por fin el planeta. *

- Si en 10 minutos no avanza un turno por lo menos, me voy al carancho y va a ser para quilombo. ¿No se supone que estamos todos enfermos? ¿como es que nos tienen como vacas esperando acá? Contagiándonos todos los víruses que tenemos, yo entré con uno y ahora andá a saber cuántos tengo, qué me contagió éste esperpento de acá, o esa señorita que huele raro... Todos los martes caigo acá y todos los martes la misma historia, tal vez el doctor Chiquitti ni siquiera existe, y estamos todos acá como una secta vacuna abducida por un supuesto “médico” que nos va a curar el dolor que nos aqueja. Acaso todo lo que necesitemos es una dosis baja de aspirina, señores. Y nada más, ¿Qué tanto?

-(mirando para arriba) Mirá, un angelito.

-(mira) ¿En el techo?

-No, en el cielo. Miralo, viene volando a buscarnos.

-Me parece que es un tipo cayendo.

-¿Qué? No, si va para el costado. La gravedad va para abajo y los angelitos para arriba.

-No no, eso está yendo en picada. Medio lento igual.

-Porque los angelitos llevan la paz del Señor.

-Pará Elba es un mono.

-Qué lindo. Está como sentadito.

- Es un mono flotando.

- ¡Es la señal! Nunca pensé qué ésto iba a pasar, pero es la señal. ¿Oyeron la explosión? Faltan meros minutos. Bueno bueno bueno, atención, ahora que el mundo se está por terminar quiero brindar por la nueva vida que va a comenzar para todos nosotros, los elegidos, en una galaxia no muy lejana, en un planeta que El Maestro creó para nosotros, lleno de plantas y animalitos que estarán entrenados para servirnos, comida saludable que crecerá de los árboles y será traída a nosotros por robots voladores que también nos llevarán de paseo cada vez que queramos. Imagínense lo que va a ser, tan ilimitado y libre, desesperadamente necesitados de la mano de un extraño, en una tierra desesperada.

- ¿Eso no es una canción de los Doors?

- No. Lo importante es que ahora le vamos a decir mundo a un lugar distinto, le vamos a decir “casa” a un nuevo hogar. Agradézcanle al Maestro por tanta gracia.

- Yo me quedo.

- Perfecto. ¿Qué? ¡No! ¿Qué? ¡No se queda nadie!

Todos van a salir a trotar conmigo, porque todos hicieron un desastre ayer en el casamiento de Marta. A vos, con esa carita de angelito, te vi comer milanesas a la napolitana como si no hubiera mañana. Le daba la tipa a la papa frita, parecía un cavernícola. ¿Y éste? Como un oso, metiendo la cara en el plato directo, “mirá, sin manos” decía. Bien ¿eh? Muy bonito. La idea era que nos podamos controlar mutuamente y todos ahí gordeando, chancheando, metiéndose toda la comida por la cara, dulce, salado, todo. Y después vienen y dicen que quieren estar mejor, que sí, que prefieren ser delgados, que se van a esforzar. Yo puedo incentivarlos, hacerlos ver que ustedes son importantes y que sus metas son valiosas. Pero ¿saben qué, rollizos? con venir al grupo no alcanza, y venir caminando no es ejercicio. Así que todos a mover esos culos en joggins y salimos a trotar ahora. ¡No se queda nadie!

- 1. No si, yo también me quedo. Me da culpa porque dejé a mi perro y a mi madre en casa. Si la tierra explotare, quisiere ver a mi madre desaparecer en una bola de fuego. Porque al fin y al cabo, ahora, ante la inminencia de la nada yo digo... si detesto tanto ésta vida apestosa como para unirme a ésta secta de retardados que siguen a un sujeto que usa gel en el pelo mientras les dice que hacer, acaso prefiera terminar con éste hazmerreír pero dándome una última satisfacción, una única ¿tal vez? Ver la cara de mi madre cuando se transforma, chamuscada, en una chispa del Apocalipsis. Ella es la culpable de que yo ahora esté acá parada hablando como una estúpida, así que gustaría de verla reventar. Si, claro, me quedo.

- 2. Tiene un punto la chica.

- 3. Si El Maestro te escuchare...

- 4. Pero vos te estarías muriendo al mismo tiempo que ella, en el mismo instante, tal vez no llegás a verla. Incluso quizás estén ubicadas de tal manera que el fin del mundo te llegue primero a vos que a.... ¿como es?...

- 1. (preocupada) Norma.

- 4. ....que a la señora Norma.

- 1. Es cierto, no lo había pensado.

- 4. Te manejás con niveles bajísimos de probabilidad... y en lo que concierte al parricidio, homicidio, suicidio, todo tipo de muerte propia o ajena... es bueno tener más seguridades.

- 1. Tenés razón, bueno okei, subo.

- 4. Gracias. ¿alguien más que prefiera cambiar una larga vida de placeres alienígenas por ver a un ser querido morir horriblemente?

- (todos: “mmmnono” “no” “no”)

- 5. ¡Falta un minuto!

Mirá, otro monito.

Es todo muy extraño Elba. ¿Serán de la NASA.?

Tal vez son angelitos de mono.

¿Pero qué decís, Elba? ¡Por favor! Si fueran ángeles de mono tendrían alas.

Diosito le da alas sólo a los humanos, porque se parecen más a él.

Yo afirmaría que son de la NASA si no estuvieran tan cerca. La NASA pone monos pero en órbita, no ahí.

Mirá, otro más. Tirale algo a ver qué hace.

No, no. Esperemos a ver si aparecen otros.

- Cinco minutos más, señores. Por favor, no se pongan impacientes. Ya les dije que los aliens manejan tiempos cósmicos ¿Qué les va a importar a ellos nuestros estúpidos relojes atómicos? Ellos tienen partículas mucho más chicas con la que medir el tiempo, sus relojes son un 98% más pequeños que los nuestros, y también vuelan. Así que por favor, con todo el tiempo que gastamos en nimiedades ¿no vamos a esperar 5 minutitos más la salvación? Recordemos ahora todos juntos las enseñanzas del Maestro Galáctico, el triángulo CRC: ¿cómo és? conocimiento, responsabilidad y control. Ahora en un minutito, nos pasan a buscar, explota todo y ahí empieza lo mejor. ¿A dónde van?

sábado, 5 de febrero de 2011

Çağ Değiştiren Fatih

Lo importante es la sensación de encontrar algo que creía perdido.

Perdí ésta Moleskine el año pasado, donde había anotado un montón de cosas. Lo lamentaba y me acordaba más que nada de dos cosas: de los apuntes de las clases de teatro y de una especie de foto textual que le había sacado a la gran Mesquita Azul que se veía desde la terraza del hostel de Estambul.

Andá a saber qué otras cosas había ahí anotadas, siendo que mis cuadernos son uno de los principales recursos de mi memoria (a falla constante del recurso madre: el sistema neuronal perceptivo o lo que sea). En fin que cada vez que me acordaba de esa Moleskine cuadriculada perdida pensaba en teatro y en Estambul. Y pensaba, ¡oh! ¡nunca sabré qué era lo que había escrito en la soledad de aquella noche en Turquía!

Oh si. Resulta que no. No encontré la estúpida Moleskine cuadriculada, encontré otra, que no había perdido. Y encontré que mis anotaciones sobre pájaros, mesquitas y dios estaban en esa otra. Una consecuencia más del flagelo de la mala memoria, perder cosas que no están perdidas.

Encontré este texto y creo que la felicidad un poquito.

Eso si, el texto no estaba muy bueno al final. Como todo lo que damos por muerto, lo había idealizado.

Aprendizaje de todo ésto: que suerte que no se puede volver de la muerte.

Abajo, una foto que encontré de la mesquita que estaba viendo con el cartel que le habían puesto esa semana por alguna festividad (yo la veía desde la izquierda a poco más de una cuadra, en una terraza del piso 4). Nunca supe qué significa lo que dice, me olvidé de preguntar.


Cúpula terrena con cientos de discursos luminosos, que planean en círculos sobre tu frente lunar.

Siempre sabe a dónde ir, porque siempre vuelve. El mapa de su vida funciona como una canción. Las armonías y las matemáticas doman las bestias con látigo mineral.

Es la roca.

Un pájaro se arremolina llorando y reza por los demás, desconsolado.

No sabe de quién es el cielo si no es de él. No sabe de quién es nuestra tierra.

El objeto es el deseo, y el deseo al final era todo.

La vida en la muerte, el tiempo en el ritmo, entonces la roca es mi dios.

Igual no entiendo por qué el pájaro sufre volviendo siempre al mismo lugar si puede en cambio volar. No veo las sogas porque es de noche.

Mi piedra es eterna y puede matar a las luces, a las tijeras y también (y sobre todo) al papel.

Escribo lo que aprendo y lo destruyo.

jueves, 27 de enero de 2011

El Meteorito

Hoy, cuando salió la luna, por el borde del río, como si fuera el sol, por primera vez sentí que me iba a morir. Al principio parecía un cono luminoso, como si fuera la vela de un velero, demasiado ancha, iluminada por un resplandor amarillento de procedencia dudosa. Después se empezó a agrandar, al ras del agua, empezando a confundir lo que era el horizonte con lo que no lo era. Crecía o se acercaba hacia nosotros, (alguna de las dos, la perspectiva no resuelve estos asuntos cuando el sistema perceptivo está en pánico), siempre luminoso e irregular. Como una epifanía, peligroso. Recordé una idea que había tenido alguna vez: si un meteorito cayera en la tierra para destruirla ¿qué veríamos los minutos anteriores? La respuesta era: mas o menos ésto, así, como ésto, una bola luminosa y misteriosa acercándose por el cielo. Me lo imaginaba de día en realidad. Y ¿qué haríamos? ¿nos daríamos cuenta lo que nos está por pasar? ¿qué pensaríamos? La respuesta no me la acuerdo, pero estoy segura de que no era ésto que pensaba ahora.

Pensé que entonces mejor. Que no iba a haber un después, que se me terminaba el juego pero que no me iba a perder nada, porque no iba a quedar nada. Que se terminaba para todos. No iba a haber después. No voy a mentir, ahí pensé no me quiero morir. Lo pensé, y lo dije en voz alta. Dije “no me quiero morir todavía”.

La luna siguió saliendo, subiendo, entrando, satelitando por el globo estelar. Se separó del agua y se delató como ella, como la única. Se me vino una imagen de Marilyn Monroe comprando carteras frente a la multitud. Era la luna, no hubo dudas.

Ahí dejé de pensar en la muerte y los jinetes del Apocalypsis y me acordé de la pelotita de telgopor con un alfiler pinchado, de cabecita redonda y amarilla, que me hicieron hacer en cuarto grado para representar la tierra y la luna. Lo habíamos puesto en un sistema solar hecho con linternas, globos, cartulina y una percha. Todo giraba junto gracias a la gravedad, que en nuestra maqueta estaba representada por un muñeco he-man vestido de negro, él tiraba de todos los hilos. Y yo lo miraba y me preguntaba ¿y si no es esto? y si cavamos lo suficientemente profundo ¿no encontraremos que para abajo no todo es telgopor? Jupiter era ridículamente grande, era una piñata (a ésta altura recuerdo que el compañerito malo sugirió que Jupiter fuera Jorge, el nene gordito. Nos reimos. La maestra también, yo me di cuenta.). Ahora que sé más, puedo afirmar que Júpiter estaba fuera de escala. En aquel momento, ante la duda, pensé que, entonces, nos convenía conquistarlo. Invadir Júpiter sería ideal, porque tendríamos más espacio para vivir, más lugar entre una casa y la otra y no tendría al vecino viviendo tan cerca. En ese entonces mi vecino era un señor que se llamaba Néstor, yo no tenía una buena relación con él porque a mi me gustaba jugar a la pelota y a él le gustaba no devolvérmela cuando la hacía caer en su patio. Néstor tenía pelos en todos lados, en las orejas, en la nariz (sobre la nariz); a los niños el exceso de pelo nos suele asustar por alguna razón. Era malo y no usaba pantalones, me pareció una idea perfecta invadir Júpiter para deshacerme de forma definitiva de éste problema con Néstor. Lo propuse a la maestra y a mis compañeritos, se rieron de mi (ésta vez la maestra no trató de disimular). El incidente terminó conmigo pinchando Júpiter, Marte y Venus con un compás y rompiendo a patadas todo el móvil. Me llevaron a la dirección y ahí me hice la muerta. No me creyeron pero eventualmente se cansaron de intentar que me mueva y el asunto fue olvidado.

Ahora la luna ya viajaba sola, apagando las estrellas de alrededor por atrevidas. Se me vino a la cabeza esa frase del árbol que cae en el bosque. Si no estamos todos éstos ojos que miran ¿qué sería de éstas pelotas luminosas que se mueven como por desidia? Como por estar, totalmente amnésicas y cándidas. Si todos cerramos los ojos al mismo tiempo ¿algo cambia? ¿o es el fin de la humanidad? No voy a mentir, también pensé en cerrarle los ojos a todos los animales, para que tenga más sentido. Si la luz viaja a una velocidad de 299.792.458 metros por segundo para llegar a nuestros ojos y dejarnos ver ahora lo que pasaba en la Galaxia AR56 hace 800000 años, ¿entonces qué? (sin mencionar que si el sol se apaga nosotros nos enteramos 8 minutos después en su “cono de luz futura”) ¿si nuestros ojos no existen la luz no tiene a dónde llegar y por lo tanto no tiene velocidad? ¿y por lo tanto no existe? Callejón sin salida, una neurona se estrella contra la pared interna de mi cerebro intentando llegar más lejos de lo que puede. Como un avión que intentara seguir volando en el mar, o un auto fugaz que se destruye contra el Muro de Berlín.

Confundida, intenté sentarme en un banco pero me siento en su sombra, en el piso, donde estoy ahora (ah, la banda sigue tocando). Pienso, ojalá no me gustara tanto la música, digo, ojalá entendiera como pasó eso al menos.