martes, 29 de mayo de 2007

Por el poder de Grayskull

- Oh, que bueno está este escóch Mariano.
- Perfecto para relajarnos en esta tarde soleada, ¿no lo cree Señor Bigotes?
- Llámeme Teo, Mariano, si estamos en confianza.
- Tiene razón Teo, y usted puede decirme María.
- María, un nombre adorable. María Marta, ¿puedo llamarlo María Marta?
- ¿Le sirvo otra medida, Teodolín?
- Todas las que quiera, María Marta.

Estimado Señor Bigotes:
Yo se que todos los bebés son iguales, pero estoy casi segura que este que me devolvió no es el mismo que yo le había dado el jueves, mi nene, el Wendi. Acá le adjunto el niño que me entregó usted para que observe, está justo bajo esta nota en una canasta, y también le adjunto una foto del Wendi. Notará que el crío de la canasta tiene un dientecito adelante y otro abajo a la derecha, un lunar raro en la manito y medias de nylon, mientras que el Wendi carece de todo esto y, peor aun, es completamente alérgico al material sintético.
No quisiera entrar en conflictos mayores con usted, solamente le sugiero que ubique a mi chiquito y me lo entregue. Así como también sería una acto de buen cristiano devolver al bebé dientón y regordete a su respectivo hábitat.
Que quede en claro que hasta ahora no había tenido ningún inconveniente con sus tareas como niñero, pero que de todas formas voy a prescindir de sus servicios a partir de la entrega del Wendi bebé.

Estimada Señora Calmasines:
Le ruego me disculpe el inconveniente pero lo que realmente sucedió fue que en un momento de ebriedad se me dio vuelta el moisés y volqué a su Wendi al piso. En un principio pensé en arreglarlo y devolvérselo, tenía la carita hinchada y algunos magullones. Pero unas horas más tarde me entregaron ese otro niño, cuyo nombre casualmente era Chén Ching y que también se parecía sorprendentemente a su Wendi en el aspecto (Chén Ching, Wendi, ¿no nota la similar resonancia?) y pensé que sería una buena idea darle el chinito a nuevo y no a su Wendi todo depiltrafado. El asunto, señora Calmasines, es que sí era una buena idea porque el pequeño Wendi falleció al instante en el momento en que su cunita volcó dando 3 vueltas.
Si no se queda con ese, no tengo otro ya para darle.
Atte. Señor Teodoro Bigotes.

Creyendo que estaba muerto entregué el cuerpecito a la Congregación de Carmelitas Descalzas de Las Cañitas. En una de sus rondas de descalzismo dominical pasaron, como es usual los domingos, a hacerse de todos mis zapatos. Las atendí de buena gana entregándoles una bolsa con mis 3 pares de calzado y el cadáver del Wendi. Me bendijeron y les sonreí descalzo, con el toallón extendido sobre la cabeza.


Sor María Teresa (inspira violentamente por su nariz que está dentro de un zapato):
Acá tengo 152 pares.

Sor María Lontana:
Ponelos de ese lado de la mesa, Sor Gracia está trayendo las cajas. Yo acá (termina de anotar un número), doscientos veintitrés.

Sor María Teresa:
¿Separaste 5 para los puntos nuevos?

Sor María Lontana:
Los tengo acá, lleváselos a Tomasino para que los cuelgue él que vive por la zona.

Sor María Teresa:
¿Qué pasó con Papelito?

Sor María Lontana:
Lo bajaron la semana pasada. En el Doque.

Sor María Teresa:
Éstos ignorantes… no tienen códigos.

Sor María Lontana:
Pero nos compran paco como locos.

Sor María Teresa:
Si, les voy a moler cianuro y vidrio en la próxima tanda.

Sor María Lontana:
(risueña)
¡Ay, no digás!

Ríen. De repente Sor María Lontana grita espantada. Se aleja dando dos grandes pasos rechazando el aire con sus manos hacia todos lados.

Sor María Teresa:
(asustadísima)
¿Qué pasa? ¿¡Qué pasa?!

Sor María Lontana:
¡En esa bolsa hay un chico!

Sor María Teresa:
(hincándose de rodillas)
¡Alá, protéjenos! (se persigna dos veces)

Sor María Lontana:
(saca una cuchara larga de bajo su hábito y toca el bulto con ella, la bolsa se mueve)
¡Está vivo!

Sor María Teresa:
¿Qué hacemos?

Sor María Lontana:
Metelo en la caja y se lo mandamos a la Organización (Sor María Teresa agarra una caja y la pone sobre la mesa. La caja reza: Organización Hípica de Beneficencia. Bien bien grande, se lee inevitablemente. Si se observa bien, también hay, a un costado, un simpático dibujito de un caballo vestido abrazado a un negrito subalimentado) ¡No! No. No podemos cometer errores, el Señor Pérez Arriaga es el que mejor nos paga los zapatos, si se entera que le mandamos un bebé moribundo en el paquete a la Fundación nos va a cortar el chorro.

Sor María Teresa:
Tenés razón (se queda pensativa y huele un zapato con mucha fuerza).

Sor María Lontana levanta un poquito la bolsa con la cuchara y mira al bebé. Sonríe en un gesto de ternura y le hace una cara de monigote (por ahí dice algo como Ajó ajó).



- Empleada pública: ¡Pantaloto José Luis!
- Me toca a mi ¿a dónde me llevás? ¿qué hacés acá?
- No preguntes y vení conmigo.
- No, no, pero me toca a mi. Estoy haciendo la cola hace dos días y nueve horas.
- Empleada pública: ¡Pantaloto José Luis!
- ¡Soy yo!
- No, no sos vos. Te quedaste dormido y estás soñando.
- Ah, bueno. No, pero me tengo que despertar, mirá si me llaman.
- No te van a llamar, porque estás en tu casa, en tu cama, no estás haciendo ninguna cola.
- Ah, que pena. Realmente quería hacerme ese examen del hígado. Creo que tengo cirrosis.
- Si, tenés cirrosis hace cuarenta años.
- Ah. Con razón.

Pasamos de la sala de espera del Tribunal de Faltas Automotrices de nuevo al primer living del Señor Bigotes. José Luis está sentado en una silla entre Mariano y Teodoro, también en sillas. Todos de frente, alineados. Delante de ellos una mesa con un traje de bebé gigante y un paquete de pañales para adultos. José Luis niega con la cabeza. En un pestañeo la imagen cambió levemente, José Luis está vestido de bebé y sigue negando con la cabeza. En ambos momentos María(no) Marta siempre ojea una revista y el señor Bigotes mira fijo a la mesa.

Mariano: Yo me voy a disfrazar de mujer, me hago pasar por tu madre y le entrego su bebé a la señora Calmasines.
José Luis: En todos los planes te terminás vistiendo de mujer. Nunca veo la necesidad.
Mariano: La necesidad, la necesidad, ¿qué sabrás vos de la necesidad?
José Luis: ¿Y el bebé de verdad?
Mariano: Nos emborrachamos y Teodolín lo volcó.
José Luis: Qué picardía…
Bigotes: Yo soy muy viril.
Mariano: Haceme el favor…

Los tres caminan por la calle. Mariano va vestido de señora y lleva a José Luis en un chango de supermercado disfrazado de moisés. El señor Bigotes lleva anteojos oscuros, un gorro y una gabardina.

En la oscuridad absoluta suena un timbre.

En la misma oscuridad:
Señora Calmasines: Pero Señora Bigotes, este bebé está muy deteriorado… Parece de ochenta años…
Mariano: Si, 76.
Señora Calmasines: No, claro, no… el Wendi no tiene ni uno. De todas formas me lo voy a quedar a este bebé hasta que me traiga el mío.

De la oscuridad se enciende una tele. Vemos la imagen de la cocina de la señora Calmasines. José Luis vestido de bebé haciendo la claringrilla sentado a la mesa en la sillita alta, la señora Calmasines saca la leche del fuego, camina hacia la mesa llenando la mamadera, se sienta y se la deja al lado a José Luis que la agarra y toma.



domingo, 13 de mayo de 2007

Una de orquídeas

Raimunda María Saragossa Doménech salió agitada al patiecito del fondo. Retorciendo con dos dedos fuertes la falda de su vestido floreado, respiraba profundo. Necesitaba alejarse un momento de aquella ventana que la estaba asfixiando. Su boca sangrando brillaba como una niña comiendo chupetines, feliz, destellos de vidrios se enciendían y eran lucecitas en sus labios, laxos, lívidos, lascivia.
1
Cuando llegó el primer día a la estancia, cruzó caminando apurada y su valijita redonda el extenso parquét del salón. Sin mirar nada, ansiosa por conocer el cuarto que sería su habitación. Después de acomodarse recorrió satisfecha la casa, desde la cocina hasta el lavadero, tranquila, pensando en otras cosas, y al final el salón. No, sí, ahí empezó todo. Miró con ojos inmensos la ventana principal del salón de la estancia aleteando las pestañas que todos pensamos que iba a volar. Raimunda María Saragossa Doménech quedó encandilada. No había caso, no había forma, no podía dejar de mirarla, no quería moverse nunca más de ese lugar, ni estar con nadie mas. Otra vez.
Pero no, no es fácil enamorarse de una ventana, tan cambiantes e indecisas. Raimunda trató el asunto con mucho respeto, no era la primera vez que le pasaba, pero esta vez era distinto. Sabía del peligro, de aquel desconocido peligro de sufrir amor por una de aquellas; rectangulares, transparentes, abiertas, siempre abiertas aunque cerradas, todos los segundos algo nuevo para ella solo para ella, todos los minutos posada en esa pared, tranquila, cuidando de Raimunda, diciendo lo mismo que ella pensaba, mostrando lo mismo pero distinto, señalando esas cosas que pasan, y que hay que ver. La ventana no era ella, y eso la afligía. Ella no era una ventana, ¿Cómo podría? ¿Cómo se separarían ahora?
Raimunda se sentía obscenamente excedida por la hermosura de la ventana, sabía que no la merecía, la ventana se abría a ella cada vez más y ella ya no podía mirar. No podía mudarse de nuevo de casa, no, pero ¿Quién diablos iba a pensar que en esta estancia derruida encontraría la ventana perfecta? Esa, la que le avisaba que las perspectivas que estaba dando eran solo una forma de ver las cosas, la que le daba el privilegio de la mirada total y que atraviesa, la que se deja traspasar con los ojos y que si Raimunda se acercaba con el cuerpo le devolvía un frío tan tierno; y se empaña el vidrio con la respiración y el calor pasa y vuelve y la respiración se torna más agitada y más calentita, y los materiales de los que están hechas, madera, vidrio, carne, huesos, hierro, un blanco invernal y sus labios trasparentes contra los dedos de vidrio, se vuelven aire espeso que va y viene ondulando respiraciones que ya no se sabe de donde nacen, que son la ventana, y es Raimunda y son lo que se ve para ambos lados del vidrio, mas los reflejos, mas los reflejos de los reflejos, más la entrega profunda que Raimunda no puede más y sale al patio. Retuerce su vestido y no se lamenta nunca, sólo intenta despejarse para encontrar el punto justo donde el aire tibio pueda hacer de su ventana y ella, un solo, un solo algo, un solo si, un solo no, el empañado y la frase escrita con un dedo suave sobre la frente frágil entre dos lados de un marco, una fusión de vistas compartidas, de fundiciones de manos y manijas, de manos y manijas acariciando vidrios y marcos besando piernas. De ojos mirando rayos y no diciendo nada porque ya los dos saben, ventana con vista al mar, con vista al mar, con vista al mundo, con vista muda, ventana con su Raimunda, con vista María, Saragossa, Doménech.
2
Raimunda frente a su ventana, la mira fijo en silencio por horas. Repentinamente estallan en una unión de abrazos, vidrios y sangre. No se sabe aún qué es el amor, pero por ahí sea esto.
2bis
Raimunda frente a su ventana, se miran fijo en silencio por horas. Repentinamente estallan en un ataque de risa. No se sabe aún qué es el amor, pero por ahí sea esto.
3
La ventana espera que Raimunda vuelva. Ella regula las horas canónicas, las epifanías y las insignificancias. Las reglas monásticas y el tema de la moral les resulta totalmente ajeno.
4
Durante el asedio de Zaragoza, la ventana llevó a cabo la acción heroica que la hizo célebre. Habiendo caído heridos o muertos todos los defensores de la puerta llamada del Portillo, las tropas externas se aprestaron a tomarla al asalto. Siendo la situación desesperada Raimunda, que formaba parte de un grupo de mujeres que atendía a los numerosos heridos, consiguió disparar un cañón sobre las tropas extrañas que corrían sobre la entrada aparentemente indefensa. La ventana se abrió a pesar de los bombardeos y barajando algunas municiones consiguió evadir los ataques. Los asaltantes exiguos, temiendo una emboscada, se batieron en retirada y Raimunda y su ventana acudieron a tapar el boquete, defendiéndose la estancia una vez más.
4bis
Miran una película. Raimunda teme celos. La abre lo suficiente como para que se sienta mas segura, y lo suficientemente poco para que no pierda el ángulo de visión de la pantalla.
5
Su hermana telefoneaba a Raimunda una vez a la semana. Era para recordarle lo valiosos que eran sus oídos, sus ojos, sus manos, su piel, su habilidad para tocar el violoncelo y su gracia para contar cuentos. Raimunda olvidaba, al menos una vez a la semana, que el paraíso no era tener dos piezas verticales que enmarquen lateralmente, un alféizar o vierteaguas que la rematen horizontalmente sobre el antepecho, un dintel que cierre por la parte superior, hojas generalmente acristaladas, un hermoso mecanismo de cierre de hierro macizo. Raimunda se olvidaba de todo y creía ser ventana. Olvidaba que el paraíso no era de las ventanas y odiaba no ser ventana como su ventana. Dormía en la carpintería, esperando un milagro. Defenestrando cualquier fenestra que no fuera la suya, acción definitivamente anulatoria. Tirar una ventana por la ventana. Tirar todas las ventanas por La Ventana.
6
Alguien camina y decide pararse y descansar. Alguien escribe algo sin saber qué es. Alguien prepara lo más rico del mundo y se le quema en el horno. Se ríe porque quedó feísimo. Alguien escucha el radioteatro y sueña con ser la heroína. Alguien viaja en tren creyendo que el amor de su vida siempre viaja a dos vagones de diferencia, nunca la va a encontrar, piensa. Alguien estornuda y se pone a llorar, todavía no había aceptado el duelo y ya era hora. Alguien inventa el paralelo olfativo de lo audiovisual, dicta así la sentencia a muerte del cine como lo conocemos. Alguien extraña a su ventana porque ya no es lo mismo mirar así, inventa una canción para cantarle mañana a primera hora.