jueves, 9 de septiembre de 2010

Felpa

Estamos siendo observados con ojos de reptil. El raid científico en el cual nos encontramos ya no hace justicia a éste miedo invisible que nos sostiene en pie. Si nuestro plan se diluye en este instante, las probabilidades de continuar el vano movimiento son horribles. Más valdrá hacer cruz y cuenco al devenir que blasfema nuestras intenciones cándidas, nuestros impulsos más sísmicos (más cíclicos). Cierto es que la máxima dilución fue incomputable, tenemos demasiada fe en lo terrestre y eso nos lleva perdiendo, nada es sutil ahora que las dudas vuelven como manchas en el techo y se propagan, como humedad pestilente e invasiva.

Estamos siendo copados como barcas ardientes, pero hoy ha llegado a su fin el quiebre del abatimiento (en léxico que tomamos prestado de los marinos, denominamos con éste vocablo al ángulo formado entre la derrota y la línea de crujía, debido a la acción del padre viento). Las tropas subterráneas se anuncian en el vibrar de nuestras manos, en el chocar de nuestras muelas. Los líquidos en los que depositamos nuestros fantaseos más lúcidos están temblando de algo que se parece al miedo del visionario, ellos saben mejor que nosotros de dónde vienen. Creemos que también saben hacia donde van, y tratábamos de hacerlos confesar. Pero no hicimos a tiempo, el agitar de hélices inmensas engañan, se disfrazan de maremoto para el aire y se abalanzan. Con el aire ya ganamos, ya todo nos confesó, ya no tiene secreto apagado, no es ya transparente. El enviado vuelve, y no trae buenas nuevas.

Vístanse maleantes, pónganse en el cuerpo todo lo que lleva valor. Nos carguemos de lo que aún no entregamos y huyamos al cruzar frontera. No confundir marchar con marcharse, ni con mancharse. Altos engranajes nos cuidan de todo lo que es bravo y no dejan que la manta explosiva nos arrope en nuestro sueño sagaz. Estamos siendo mordidos por barreras milagrosas, vallas que se alzan a uno y otro lado de un camino que no sabe de carriles, de manos, de horizontes verticales. La cabalgata blasfema en la que nos malaventuramos ya no hace mella en éste furor imbécil que nos supo amedrentar. Pasos amenazantes se oyen, como si el mundo tuviera un sótano, y estuviera lleno de animales olvidados, que no figuran ya en enciclopedia alguna. Nos arrojamos libros para seguir escribiéndolos, el terror no va a detener nuestra inflamación mística. El enviado vuelve, nos ama y no quiere abandonarnos, pero ya no nos necesita.

Ponemos lentes frente a nuestros ojos, estamos siendo apedreados, leemos viejos escritos nacidos de manos de dioses que creemos no han existido. Los cálculos son acertados, nos batimos en un duelo magnifico donde triunfa la técnica plus ultra. La hueste disciplinada nos acecha, hay gusto a metales y nosotros tenemos bocas (nuestras bocas están aterradas, pero callan), afirmamos: hay tierra más allá.

Estamos siendo rastreados. Somos ilustres y sabemos de ciencias: ésto no tiene final. Vamos vestidos con la distancia de los mineros, y las caras sucias; llevamos una fauna sacroprofana, llevamos instrumentos, llevamos agua. El enviado calla, estamos solos.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Bar El Milagro

En el bar El Milagro el cantinero se despachaba en fiebre etílica con los clientes mientras las familiares figuras sombrías desfilaban puerta abajo y puerta arriba. A la hora que el piano empieza con sus quejas chillonas, ella vuelve a entrar.

Raída, descolorida, cubierto de ominosas lentejuelas su vestido azul, trae una nueva presa. Ésta vez, a diferencia de las otras, el muchachito parece entender lo que está sucediendo. Ésta vez La Victoria casi no puede tenerse en pie. Saluda a todos los hombres y les muestra su nuevo trofeo, tiene 22 años y no se acuerda de dónde lo sacó. En una risotada ebria (¡a ver el pajarito!) le manotea el pantalón, intenta desabrocharlo y el muchacho, ¡Mamá por favor, ya vámosnos mierda!