martes, 22 de agosto de 2006
lunes, 21 de agosto de 2006
U S F (texte sans terminer, ni nadá)
U s F que diferentes hombres me besan. Siempre me encuentro acostada y ellos me besan y se van. Indiferentes hombres me besan y se van. Yo me quedo acostada esperando que vuelvan. Y ellos vuelven. Y sucede que ya me olvidaron. Y yo les sigo la corriente mientras pienso cuánto me quiero morir. Realmente morir, en los sueños no hay recatos ¿vió? Sinceramente deseo morir, pero acá y allá logro montar un hermoso teatrito de vida exterior. Hasta sonrío, les sonrío.
Ninguno es usted, cada día es otro el que me besa, y ninguno de ellos es usted. Ahora que ya se sobre esto, siempre me voy a dormir esperando que hoy llegue, Fernández. El día que eso suceda voy a dejar el teatro y voy a morir mientras sueño. Y no me voy a despertar nunca más.
¿Sabe? Sigue haciéndome infeliz Fernández. Pero deje, no. No se haga mala sangre, es solo una pequeña debilidad. Es un talón de Aquiles, un vientre de Tetis, un grito de Casandra, una duda de Clitemnestra, y quién sabe qué más. Es solo si yo encontrara la forma de llenarlo a úd con cosas, vasos, o flores, o lanas gruesas, o vestidos brillantes, o formularios de la DGI, o pólvora. No. Sigo sintiendo por momentos que baja la música y usted hace su aparición. Que suenan una o dos cuerdas de guitarra y usted entra por la puerta como si nada, medio perdido, medio buenmozo. Y yo estaba ahí sentada pintando unos zapatos y de repente se me cae el pincel y me quedo mirándolo completamente apincélica. Y usted atina una sonrisa tosca pero la reprime y se queda mirándome así tan buenmozo. Y los dos sacamos la mirada rápido, porque si hay algo que compartimos es esta timidez galopante. Pero imaginesé Fernández que ¿A dónde vamos a mirar en una habitación como esa donde no hay nada más que color rosa, mi zapato medio verde y medio rojo, mi zapato verde y mi pincel? Yo intentaría retener la mirada en alguno de los muebles y usted miraría al piso. Pero no hay nada de esto, estamos usted y yo Fernandez. ¡y por favor haga el favor de mirarme, no sea chiquilín! Ahí estamos, mucho mejor. Nos estamos mirando de nuevo usted y yo. Usted y yo. Y yo no puedo contener una risa como un estertor de esos aguditos y usted pega un pequeño brinco. Y yo que me río de los nervios y de puro disimular el dolor. Me río y de mi rodete se suelta un rulo. Y usted se ríe de mi rulo y de los nervios, y de su traje, porque se le suelta un rastrillo y suerte que no le pega en la cara. Bueno… mi estimada Rosamontes, dice usted, la voy a ir dejando… será hasta la próxima… Vaya. Vaya dejándome… digo yo. Espero que podamos charlar largo y tendido la próxima ocasión, dice usted. Claro que sí, podemos mantener conversaciones larguísimas usted y yo, digo yo… ¿no? Y usted, si claro, pero no quiero más besarla mientras charlamos, ya no la amo Rosamontes. Ya lo se, me causa una pena severa y profunda Fernández, porque usted sabe, yo sigo firme en mi tesitura de amarlo perdidamente. Si, lo siento tanto. Si.
¿Por qué está aún ahí parado Fernández? Retiresé. Haga el favor de retirarse. Disculpe querida, sólo quería verla pintar ese zapato un ratito más. ¡Es que lo hace con tanto esmero que es admirable! Le agradezco la observación ¿sería posible que lo admire tanto que quiera besarme? No Rosamontes, eso no es posible, notará que no está sucediendo. Si, lo noté; no estoy sintiendo ninguna boca sobre mis labios. Claro.
Yo por mi parte no estaba llorando ni lo estaba matando. Pero eso no significa que no estuviera envuelta en pena ni que no quisiera que usted cesase o cesara de existir. Usted por su lado seguía bamboleando sus ojos por la inmensidad rosa del lugar y por mi. Sin significar que usted no tuviera unas ganas locas de estar enamorado de mí en algún punto de todos los del infinito. Significando aún sí, timidez y su poco acierto para la elección de acciones en situaciones complejas. Entiéndase por situaciones complejas, Fernández, aquellas que involucran a dos o más personas que se miden en unidades de tiempo diferentes o distintas. Como usted y yo. Usted punto. Yo punto.
¡Ja! ¿Recuerda aquella vez que hicimos esa salida al cine? Habíamos ido a ver un filme muy bonito, que si mal no recuerdo se intitulaba “El sombrero de copa”. ¿Era ese o uno con Jean Paul Belmondo? No, era “El sombrero de copa”, lo recuerdo bien porque quería usted ir a ver otro filme que estaba proyectándose. “Muerte por explosión” se llamaba, y a mi me pareció tan ridículo que me provocó una ternura de pollito pastel.
Íbamos eso sí, los dos vestidos de verde. De correcto verde para el cinematógrafo. Casi todo era verde esa tarde y nos sentaba sumamente bien. Finalmente terminaron proyectando “Muerte por explosión” sobre mi ataché verde, ¡como nos habíamos reído! No porque la catástrofe fuera graciosa, en lo absoluto, sino por lo paradójico de la situación. Y porque usted y yo sabíamos bien de mi rechazo por las muertes no-naturales y por Jean Paul Belmondo. Terminamos perdiéndonos El sombrero de copa porque para esa había que vestir de azul, y ser bastante gordo porque estaba en cinemascope.
Pobre Jean Paul Belmondo, él no tenía nada que ver. Yo solo estaba proyectando en él mi miedo a que usted me abandone Fernández. El señor Belmondo nunca me hizo nada malo después de todo. Mucho más al contrario. ¡Oh Pierrot Pierrot! Entristecí diciendo…¡oh Pierrot!
Fernández, vuelvo a rogarle que se retire. ¿o me va a obligar a echarlo como a Lassie por los montes? A echarlo a piedrazos mientras lloro expresando claramente que lo único que quiero es que se quede conmigo para siempre pero que prefiero que se vaya porque sé que es lo mejor para usted porque tanto usted como Lassie están mejor lejos de mí usted por el tema de la no correspondencia y Lassie porque seguramente estará mejor con su familia canina. Al fin y al cabo las dos razones son la misma, la razón es que es mejor bien acompañado que mal acompañado. Sin embargo tengo algo que decir Hernández, digo, Fernández: Yo no creo que usted pueda nunca estar mejor que estando a mi lado. ¿Vió como me confundí su nombre? Fue a propósito.
No me mire así Fernández. Me hace pensar que quizás tengo chances. Con usted, de quererlo un poquito. Si ahora mismo me dejara yo le podría acariciar el pelo. Además me compré unos peines de hombre que claramente no son para mí. ¿Querría probarlos? Ah, ¿no? Bueno. ¿Y por qué no se va de una vez que tengo cosas que hacer? Tengo como 7 u 8 cosas para hacer hoy.
¡Odio que me digan que sueno a folletín! Asique ni piense en decirlo.
Si, sé que puedo parecer ruda cuando digo esas cosas Micielo, digo Fernández, pero es que tengo la necesidad de perfumar todas las cosas, los libros, mi ropa, su ropa. Y el perfume es muy del folletín. Y no soy ruda, pensé que se olía a primera vista que era como esos bichitos que parecen una hoja. Es pura supervivencia y su desamor Fernández, que me dejó algo cínica, un poco agresiva, cocorita y muy muy de dar pena. Mire lo que llegué a pensar el otro día, ¡que barbaridad! Pensé que ya no quería cambiarme las medias.
jueves, 3 de agosto de 2006
Der Himmel über Berlin
Tiene que ser en serio de una vez por todas. He estado sola a menudo, pero nunca he vivido sola. Cuando estaba con alguien, casi siempre era feliz. Pero a la vez lo consideraba todo un azar. Aquellas personas eran mis padres, pero hubieran podido se r otras. ¿Por qué mi hermano era el chico de los ojos castaños y no el chico de los ojos verdes del andén de enfrente? La hija del taxista era amiga mía, pero también hubiera podido rodear con mi brazo la cabeza de un caballo. Estaba enamorada de un hombre, y lo hubiera podido dejar para irme con el primer extraño que se cruzara con nosotros en la calle. Mírame, o no me mires. Dame la mano, o no me la des. No. No me des la mano. Y mira hacia otro lado. Creo que hoy hay luna nueva. La noche no podría ser más tranquila. En toda la ciudad no correrá la sangre. Nunca he jugado con nadie. Y sin embargo, nunca he abierto los ojos y he pensado: ahora va en serio. Por fin irá en serio. Así he envejecido. ¿Era la única que no iba en serio? ¿los tiempos que corren son poco serios? Nunca he estado sola. Ni estando con los demás, ni conmigo misma. Pero me hubiera gustado estar por fin sola. La soledad significa ser por fin enteramente uno mismo. Ahora puedo decirlo: esta noche al fin estoy sola. Se acabó el azar. ¡La luna nueva de la decisión! No se si existe el destino, pero las decisiones sí existen. Decídete. Ahora nosotros somos el tiempo. No sólo la ciudad entera, sino el mundo entero participa en nuestra decisión. Ahora los dos somos más que únicamente nosotros. Encarnamos algo. Nos sentamos en la plaza del pueblo, y la plaza está llena a rebosar de personas que desean lo mismo que nosotros. Nosotros decidimos el juego de todos. Estoy dispuesta. Ahora… es tu turno. Tienes las cartas en la mano. Ahora… o nunca.
Me necesitas. (él asiente)
Me necesitarás. (él asiente)
No hay ninguna historia más importante que la de nosotros dos. La del hombre y la mujer. Será una historia de gigantes. Invisible, trasladable. La historia de unos nuevos ancestros. Mira. Mis ojos. Son la imagen de la necesidad, del futuro de todos los que están en la plaza.
La noche pasada soñé con un extraño, con mi hombre. Sólo con él podía estar sola. Abrirme a él. Abrirme totalmente. Para él totalmente. Recibirlo totalmente en mí como algo completo. Encerrarlo en el laberinto de la felicidad compartida. Se… que eres tu.