martes, 10 de noviembre de 2009

Matadour

Un oldie de delirio estudiantil.

Había un perro. Había algo como un perro. No todo es tan fácil, no era eso lo que amenazaba desde la oscuridad. Un jadeo parecía explicar las ganas incontrolables de volver al apacible pueblito de la costa. Una luz de vaivén entraba justamente por una ventanita que llaman venti-luz, dije chau sin querer. Chau. Y me quedé parado, sobre la arenilla color ladrillo que cubría todo el suelo.
Probablemente estaba atrapado otra vez en la cancha de tenis, pero ¿y ese perro? ¿y el venti-luz? Superé el misterio abriendo la puerta, efectivamente estaba en la cancha de tenis pero ¿de que club? Al abrir la puerta de enrejado romboidal me encontré en el Sertao, noreste brasileño. Quise volver atrás pero ya era tarde, la reja ya no estaba y un perro me miraba fijo bajo los rayos hostiles de un sol penetrante como nunca había visto. Era hora de buscar un nuevo hogar, entendí. Adiós Capital Federal, adiós Silvia, mamá. De todos modos nunca hubiera podido sobrevivir. El perro ladró advirtiéndome “atrás tuyo”. Me di vuelta para recibir una bala del arma infalible de Antonio das Mortes, matador de cangaçeiros.
Yo no era un cangaçeiro, pero merecía morir, antes que vivir tan ciego.

sábado, 26 de septiembre de 2009

El espanto de los espacios siderales

El fenómeno denominado “espanto de los espacios siderales” consiste en una serie de reacciones químicas internas que se desencadenan en acciones cuyo nivel máximo de expresión aún se desconoce. Existe la creencia (comprobada más no aprobada) de que pueden darse sucesos a escala universal. Los seguidores de ésta creencia dan descripciones tales como “Se observa en el agua la existencia de más agua. La clásica fórmula de los estados líquido-sólido-gasesoso en el planeta, queda excedida por una suerte de vibración que recibimos de un lago o de un cubito de hielo dentro de su cubetera” o “El acto cotidiano de cortarse las uñas se vuelve una tarea increíblemente difícil, tal vez imposible” o, un fragmento del famoso Postulado del Pozo que explica, “un pozo sin barandal no es igual que un pozo con barandal, la profundidad varía según el miedo que le rodea”.
En un conocido experimento bautizado informalmente “El Amparo 2” (en referencia a su predecesor fallido llamado simplemente “El Amparo”) se le entregó a un sujeto una serie de objetos seleccionados con un criterio ambivalente (de piedad y de atropello) entre los que se encontraban: un cesto de basura mediano, un pañuelo de algodón, un arma de fuego automática, un termo irrompible, un portaplanos, y otros de índole más irrelevante. El fin de los objetos era ser utilizados de alguna manera (directa, descartando telepatía, telequinesis, sólo intención de uso) para defenderse de El Espanto. La consigna era esperar hasta el último momento, hasta el instante antes al quiebre, antes del cambio absoluto y rotundo de circunstancias, justo antes del sin retorno.
El sujeto es abandonado a su propia suerte, armado con los objetos mencionados (la presencia del investigador alteraría el devenir al punto tal de hacer inservible la experiencia).
El siguiente fue el testimonio del individuo que se expuso a “El Amparo 2”:
“Algo me roza la piel y los huesos, disparo una vez pero es inexplicable: como el proyectil es inútil el tiempo vacío mata la salva y el estallido. Todo el incidente es olvidado para siempre hasta dejar de existir. Nunca nadie disparó.”
El espanto de los espacios siderales se mantiene en el terreno de las cosas que suceden, pero que no podemos explicar.

domingo, 10 de mayo de 2009

Felpa

Los que nacieron para el fuego morían en el agua en la tierra en el aire. Sólo podían vivir en el fuego respirar fuego, todo terminaba si las temperaturas bajaban drásticamente. Los que nacieron en el agua morían en la tierra en el aire, morían en el fuego en el aire. Incapaces de desplazarse sin aletas, colas, tan inútiles colas para el fuego, y tan hermosas. Los que nacieron en la tierra morían en el agua, sobre el fuego. Morían en el aire sólo si todo era aire. Morían en el agua si todo era agua, morían en el fuego indefectiblemente. Sus ojos eran muy débiles en toda situación. Los que nacimos en el aire, moríamos en el fuego en la tierra en el agua. Moríamos quemados, todo es más hostil que el viento. La tierra es áspera y quema, el agua es densa y nos quema. El fuego y nuestra fina piel.

Fueron tan dichosos en el aire hasta que el aire los traicionó. A ellos. Podían volver, pero no querían. A nosotros nos abrasa el agua y es por eso que no vamos, no volvemos. No vamos. Sería descortés mentir, pero es cierto que nos calcina todo lo que no es casa. Iríamos, nos quedaríamos, nadaríamos, danzaríamos con la llamas, rodaríamos por sus tierras pero algo nos dice que no. No sería cortes mentir. Nosotros decimos que no.

Los que nacieron para el fuego insisten en chocar el agua será el resplandor que los cautiva. Se acercan cada vez más al mar, los rechaza hasta que los aspira. Ellos, completamente cautivados quedan cautivos y el fuego que respiraban se extinguió en el hechizo de las temperaturas más bajas.

Desesperados nos preguntamos ¿Por qué? Gritamos llorando ¿Por qué? Y nuestras lágrimas también son de aire para estar a salvo, siempre a salvo. Desde la cima de nuestras montañas omnipotentes y de mil caras, los vemos llegar a la orilla. Completamente quietos, sin rastros de chispas de su madre hoguera. Mojados se los descubre tanto más minúsculos. Parcialmente indefensos, completamente nosotros.
Les daríamos un sepulcro etéreo pero no podemos tocar sus alas, tienen agua y tienen fuego. Tememos que también tengan tierra y no les importó pero ahí están, en grupos de a 10 de 20 flotando, inquietos solo porque hay olas.

Una vez tocamos a quien nació en la tierra. Había sido traicionado por un viento ardiente. Una llama infame se enredó con uno de nuestros vientos y en el delirio de la lucha atraparon al terreno que respiraba. Lo último que fue, fue la destrucción. Los tres perdidos en un combate enfermizo y cruel por culpa de la llama desleal que jugaba a sus juegos.

Nosotros habíamos estado admirando a nuestra brisa, que hacía arabescos de la mano de remolinos y trombas. En un segundo todo estuvo devastado. Creímos que el terreno había tropezado con nosotros, e impregnado en todos sus poros de aire y de viento se había vuelto aire y viento. Los remolinos desolados tomaron la brisa completamente quemada y tomaron el aire y el viento. Ese fue el fin, la tierra traicionera seguía siendo tierra y convirtió nuestros remolinos en una nube de polvo.

Desesperados sacudimos el centro y todo el aire enloquecimos sin dejar a nuestros remolinos caer. El cansancio nos derrotó y la tierra volvió al suelo llevándose a nuestros hermanos.

Los que nacimos en el aire, morimos en el fuego en la tierra en el agua. Es todo y nuestra fina piel.

martes, 21 de abril de 2009

Felpa

Llegábamos naufragados de nuestras travesías, pero triunfantes. Y jamás nos respondían. Ofrecíamos sacrificios, echábamos humo al cielo en fogatas o con grandes mangueras. No teníamos señales. Se notaba en nuestros ojos, lo único que queríamos era contar nuestras aventuras. De otro modo nada de aquello habría valido la pena.

En vano, algunos ya al borde de la locura, armaban grupos que simulaban no saber nada de lo sucedido. Ejercíamos la actividad contentos, pero en el fondo sabíamos que todo estaba perdiendo valor, incluidos nosotros, incluidas nuestras peligrosas aventuras.

Sabíamos que nos escuchaban, gritábamos, escribíamos en grandes espacios, plantaciones, playas. Kilómetros de arena mojada mutaban en jeroglífico. Escribíamos en todos los idiomas conocidos. Algunos, ya al borde de la locura, inventaban nuevos idiomas, o nuevos dialectos, creyendo en esa alentadora millonésima posibilidad de acertar el de ellos.

Pero el cielo nada, el mar nada. El viento. Los padres infames de las piedras, los únicos acompañantes de estos náufragos en el recelo interminable de la caminata circular que parecían empezar todos los días. No daban una pista, un dato, un detalle.

Los más funcionales de nosotros, decretaron la obligación de un diario. Todos teníamos que escribir nuestras aventuras para, al menos, conservarlas para nuestros hijos, o nuestros hermanos. Se nos ocurría hasta releer más tarde nuestros escritos. Reíamos a carcajadas, quebradas. No nos olvidábamos de desear alguna palmada en la espalda, o un temblor de la tierra. Algunos, ya al borde de la locura, arrojaban sus diarios a los volcanes, se los alimentaban a las cabras. Suena igual pero es distinto, gritaban desquiciados, rogando que la ofrenda llegue a destino.

Perdieron el tiempo. Ya no hay tiempo. Cuando había tiempo tenían largas charlas, tomaban agua salada y comían telas de todos los colores. Festejaban. Pero ya no hay tiempo y nadie lo sabe. Todos están solos, los unos y los otros. Si los vieran, si tan solo los pudieran ver. Esas orejas gigantes, esas bocas de cráter, esas manos hermosas, ya todo es inútil. Una roca gigante cae, la amargura tapa ya sus ojos y sus narices. Ya no hay tiempo nadie sabe.

Extenuados ya débiles, comenzábamos rondas de baile. Nuestras ropas vueltas harapos, nuestros ojos de la textura del polvo. Apenas levantábamos los pies para ejecutar las volteretas, todos iban cayendo al piso. El sosiego parecía tomarlos con brazos que salían de la tierra y sus bocas echaban palabras de aire al cielo.

Todos preferimos hacer eso antes que seguir la farsa de ese baile del desconsuelo.

Fuimos apoyando las espaldas en el suelo para hablar en susurros inaudibles hasta que el polvo tomara con diplomacia el resto de nuestro contacto con ellos.

Algunos, ya al borde de la locura, giramos, cavamos pozos y unimos nuestros ojos con la tierra, nuestras bocas echando palabras de menos y menos aire al suelo.

martes, 13 de enero de 2009

Blanca

Las cenefas metálicas permanecieron inmóviles pero el Señor Mackers había desaparecido. El bendito mago, con su sonrisa boyante, decía… ¡magia! cada vez que encontraba nuestros ojos con sus ojos. Magia, magia, magia, una vez a cada uno. Estaba dichoso, Soda también. Pastor y yo perdíamos la paciencia. Inmediatamente el mago levantó la varita mágica acompañándola con un batir de su capa, y cuando parecía que su mano caería en un conjuro fascinante de nigromancia que nos devolvería al señor Mackers riéndose y con los cachetes un poco colorados, desarmó en cambio su atisbo grandilocuente en su valija guardando los elementos. Se sacó la capa, la dobló y colgó de su brazo, tomó la valija acharolada, cubierta de tantas estrellas fulgentes y se dirigió con paso firme hacia la puerta.

La única reacción fue de Soda que chilló –Espléndido, descollante, oh gran ilusionista- acompañado de tranquilos aplausos rítmicos. Pastor una vez más pareció olvidarlo todo y se entretuvo enseguida con un aparato de relojería descompuesto. Yo simplemente miré al mago maniobrar el picaporte, que daba problemas para trabar el pestillo, hasta que salió.
-Alguien debería ir a buscarlo- sugerí.
-¿A quien?- preguntó Pastor sin mucho interés, concentrado en las agujas descontroladas del cronómetro.
-En caso de querer que vuelva hay que llamarlo por teléfono y volver a concertar una cita. Tengo su tarjeta acá pero parece que está completo hasta Marzo- declaró Soda apuntando con sus anteojos un viejo calendario.
-¡Ahá!- bramó impetuoso Pastor, que se paró con vehemencia veloz y salió corriendo hacia la misma puerta por donde había fugado el hechicero, volviendo a entrar 5 segundos después con el sujeto tomado del codo, a la rastra.
- Claro- rabió – ¿dónde está el Señor Mackers? ¿eh? ¿dónde?- gritó. Yo me sumé con preguntas del tipo y Soda le refirió que era un placer tenerlo de vuelta en casa y que se sentía honrada por recibir sus servicios de manera tan reiterada. De todas formas su tono no era nada amable.
El mago explicó que él no tenía la respuesta, que habría que preguntarle al Señor Mackers, preguntó si alguien tenía su celular. Yo de hecho lo tenía pero estaba tan furioso e indignado que no quise entregarlo. Por suerte Pastor lo había anotado alguna vez y fue quien hizo el llamado.
- Tío, ¿dónde se metió? ¿está usted bien?- dijo para luego hacer un silencio y guardar el teléfono celular en el bolsillo de su camisa. Explicó, ante nuestras miradas expectantes, que el Señor Mackers había atendido el teléfono pero había colgado al escuchar su voz. Soda quiso increpar a Pastor pero él ya estaba entretenido siguiendo el microplan de una hormiga roja caminando por la alfombra. Se volvió inmutable.

Todos hacíamos lo posible para no caer en las garras de la confusión pero cada vez se hacía más difícil. El desconcierto era tal que en el medio de nuestras frases decíamos palabras inconexas.
- Dame, yo lo vuelvo a llamar. Decime el teléfono. Tren tren.- escupía Soda, mientras sacaba el celular del bolsillo de Pastor.
- Debe estar ahí. Ganzúa, menester. Te lo digo igual quince cuatro dos uno cuatro siete dos tres cero, calzas.- expliqué sin poder controlar el desembuche de palabras.
Y el muy sinverguenza brujo hechicero -Yo tengo una función en hora y media, así que me voy yendo. Grueso- dijo. –Usted no se va a ningún lado, caradura, ¡salamín!- dije.
- Atiende el contestador directo- sentenció Soda, metiendo el celular bajo el sillón.

Con un dolor de cabeza cada uno, el mago abrió reacio su valija acharolada, cubierta de tantas estrellas fulgentes, y sacó de nuevo su vara de la taumaturgia. Puso una condición, se llevaría el florero oriental. Aceptamos de tanta jaqueca, más nos parecía absurdo puesto que era un original.

Performó el mago bendito sus movimientos floridos, Soda Pastor y yo adherimos a él nuestros ojos, rendidos. El florero oriental se rompió en pedazos al caer por la fuerza de la repentina existencia física del Señor Meckers en el mismo espacio. Las cenefas metálicas apenas si vibraron. El mago se tiró al piso y se abrazó a los pedazos de porcelana.

El reciente Señor Meckers nos echó un ojo, nos lo clavó a los tres. Soda aplaudía porque el truco se había completado y creyó que era lo correcto. Pastor y yo lo mirábamos como llora en silencio el tío Meckers, con hojas de árbol verdes entre su melenita blanca.
-Yo prefería…- divagó el viejo para mirar después profundamente todo el salón.
-Diga, Tío. Diga- lo alentó Pastor.
- Me voy a la cama- pronunció mientras caminaba hacia la puerta del pestillo flojo, dejando huellas de arena mojada.

Ahí nos quedamos los tres sentados. A Soda le dio lástima y propuso contratar al mago para la próxima Navidad. Hicimos caso omiso y le pedimos al susodicho que se retire sin cobrar. Por poner triste al bueno del Señor Meckers.