jueves, 28 de junio de 2007

Punto línea punto punto, punto punto línea, línea punto, punto línea

Va una línea por el espacio y va. Por momentos vibra y se deja. Avanza rapidísimo haciéndose cada vez más larga, sacando materia de donde no había. Alrededor nada, aunque por ahí a esta velocidad el entorno se comporta como el viento en los oídos y no deja ver. Shhhhuuuuuuuuuuuuuushuuuuuuuuuu, se escucha anulando toda otra frecuencia. Alrededor, entonces, blanco. Sabe que se dirige a algún lado, sabe a dónde pero no sabe por qué ni cómo lo sabe; sólo avanza a toda velocidad. Presiente de repente algo superior, siente una presión filosa en la cabeza y empieza a sospechar de un lápiz. Puede que la explicación a todo esto sea que un lápiz está corriendo desenfrenado por una hoja nueva y ella es simplemente el resultado. Quizás sea un jugueteo, o un aburrimiento, o un rapto artístico (¿de quién? ¿de qué?), piensa cuando se interrumpe con una iluminación sutilmente dolorosa: si tuviera manos se palparía el cuerpo al descubrir que entonces, entonces es un punto. Se cae un paradigma, la soberanía de la completitud se rinde ante la nueva concepción, él (ya no ella) es un punto y el resto es movimiento, tiempo. Si tuviera piernas las haría bailar porque ahora puede hacer cuantos firuletes quiera por el aire, esta nueva anatomía es una nueva libertad, se sacó un peso de encima (ese pasado que, si quiere, te condena, porque está agarrado a tu cola (si tenés una)), suelta peso micrón a micrón y cree que vuela, o que cae, o que flota, o que rueda cuesta abajo, todo lo que no sea estar quieto. No deja de autogenerarse, nada está prefabricado, todo provoca su propia existencia sin parar (y por eso el tiempo).
La sensitividad del punto ampliada a niveles inimaginables le permite dejar de ver todo blanco para percibir a su alrededor variaciones inexplicables. Colores, luces, sombras, si tuviera un espejo sabría que hay otros puntos. Pero es difícil hablar de los otros si no sabemos quienes somos los unos. Ya se olvidó del lápiz hace largo rato, cree ciegamente en la autonomía, pero empieza a tener calor. Aunque suene descabellado siente que partes de su ser empiezan a desprenderse, a pesar de que la puntez no sea fraccionable en nuestra sabiduría. Ene sobre dos sobre dos sobre dos. Divisa algo como un horizonte, algo es gris, no hay duda, hacía ahí está avanzando, lo horizontal le recuerda a si mismo cuando era línea, quizás al final era la nostalgia la que lo guiaba oculta desde un principio. Ahora ve más claro, en el ardor del aire hirviente toda su vida le viene a la memoria (línea línea punto), el horizonte empieza a perder referencias y alguna fuerza extraña lo empuja con increíble peso hacia la masa gris y polvorienta. Cada vez está mas cerca, no tiene miedo, tiene ansiedad de cómo se sentirá el contacto con algo más, quiere hundirse, después de un largo viaje quiere saber como es llegar.
Cuando abre los ojos desde sus pensamientos, a su alrededor todo es fuego, él es una llamarada que está a diez, nueve, ocho (ya llega, la colisión),
seis, cinco (las estrellas miran todo),
tres, dos, UNO
un cráter más en la luna.