y por esto mis razones son, a saber: Iba Marfi caminando por la calle cuando dudó de la distancia lunar. Sus rodillas se aflojaron, compró para compensar la malasangre una birome como un fémur y un palito luminoso, tan centelleante. Moviendo algunas vértebras, mas bien de arriba, inclinó la cabeza a estribor dejando sus ojos al cielo, “panza arriba la cabeza” como quien diría. Observó el satélite aunque era de día, o el cielo es celeste, o las nubes andan chistosas y se hacen la luna, la estrella, el sol, el paloma, el plato volador. Miraba Marfi, miraba y dudaba, miraba y dudaba, miraba una vez, dudaba una vez, miraba el redondel selenita, dudaba la sélene ésfera. ¿Por qué tengo que creer en la distancia de la luna? En otras épocas bien creían que la tierra era plana, o que nos había creado un Dios. En algunas aldeas, donde viven los filósofos, creen que nada es real. ¿por qué, entonces, me pregunto, tengo que creer que la luna está ahí donde me dice la maqueta?, unida a la tierra como un alfiler con cabecita. Eso dijo Marfi en voz alta y para si mismo, mientras miraba a un lugar donde nunca estaría el horizonte. Jugueteó con el palillo de luz para calmar lo posible ese dolor, ese como vacío que le provocaba la incertidumbre, cuando se hacía presente en las formas mas crueles de la razón humana, esa que te permite dudar de tus propias manos y hasta temerle a la muerte. Se apuró en volver a caminar, porque este temor hace que uno se empeñe en la literalmente ridícula idea de ganar tiempo, verbo que claramente no coincide con el sustantivo, a nivel significado, ya que al nivel signo poco le importan estos asuntos. A saber, iba Marfi a pasito apretado por la calle Vilardebó, cuando frenó y anotó con su fémur en la palma de su mano lo siguiente: rescate, cinturón, alabados los que dicen que no saben que decir, por qué los ojos, por qué la conciencia, ¿es todo eléctrico? Desconocimientos de toda clase, a considerar sección 1 sección 2 y sección 3, se le informa al público que el local va a estar cerrado por mantenimiento espiritual, pueden sin embargo depositar el dinero que iban a gastar aquí en la urna que dejamos a su disposición en mesa de entrada. Pregunta esencial ¿por qué no me compro un cohete? ¿En que clase de economía vivimos que teniendo las posibilidades científicas y tecnológicas, el saber, para construir cohetes no invertimos los recursos necesarios en eso? Porque es caro, pero todos deberíamos tener un cohete. Recordar!! Averiguar precios de insumos para naves espaciales. Así anotó Marfi en la izquierda corrompiendo la linea de la vida con tinta azul birome bic, dejándonos la enseñanza por fin de que no hay que quedarse en el molde, como quien dice, sino construirse un cohete en caso de dudas lunares. ¿Si no consentimos a las dudas a quien vamos a consentir? Comprale un chupetín a tu duda, llevala al Ital Park, dale un finísimo masaje de pies. Construyóle a su duda Marfi con una botella y cinco más ingredientes un cohete infalible, por si alguien se lo preguntaba aún, señor ministro. No se sorprendan, los alcances de la plastilina son insondables, señores de la junta.
Así es que espero que mi decisión sea comprendida, aunque conociéndolos, no me cabe la menor duda que así será.
Fuertes Cariños.
Escribano Lisandro Alcaucil.
sábado, 28 de abril de 2007
lunes, 23 de abril de 2007
domingo, 15 de abril de 2007
Mujer con violoncello (o No es lo mismo un tipo sentado tomándose un whisky antes de irse a su casa que…)
Sentado con whisky cigarros y jazz. Sentado sintiéndolo tanto… por como se dieron los hechos, fuera de todo deseo propio. Fuera de todo posible control. Ay el control, aquella palabra, aquel contenido. Su cuerpo anestesia que ya no quiere nada mas, sentencia un dolor abrupto y descomunal. Él, qué triste, de solo mirarlo me brotan las lágrimas, qué triste, así tan quieto e inerte, elegante frente a su copa, sus ojos reafirman que ya no quiere más. Hay una mujer en todo esto, pero ella no es la causa; el tono trágico con que sus ojos lo ven todo ya no tiene vuelta atrás. Nieva adentro de las pupilas, no nieva de verdad, pero a esta vida ya solo le caben metáforas, lo siento. Se desdibuja sin explicarse, se va desvaneciendo aunque está ahí, firme, sentado, con su whisky cigarros y ya no quiere mas.
Que contrariedad este hombre, estar perdido en su propia vida. No puedo dejar de mirar sus ojos, desde mi mesa del rincón oscuro, y veo cosas que no puedo contar. Danzando la danza de la quietud plena, al ritmo de alguna trompeta llorona. Yo y él. Él y él. Lo pienso “él” y no le cabe, es un hombre allá, de traje, elegante, y yo que lo pienso “Él”.
Todo puede ser la soledad, y todo puede no serlo. Desprendí el pensamiento de las palabras y en un segundo me convertí en ese hombre. Tomé así un trago de whisky introspectivo, como el humo del cigarro, todo dentro nuestro; o yo era el humo. Inspirado y nunca liberado. Yo era el whisky, el humo y la música amarga que se le quedó enredada en el nudo del pecho. No lo soportó. Se levantó y se fue, y yo me quedé flotando en su último aliento, descansando en el cenicero sucio, con su nudo borgoña en mi pelo y su pecho pegado en mis dedos, reverberando un acorde apagado y una séptima menor en el solaz de mi nuca.
Así tomé mi bolso y subiendo en un soplo al pequeño escenario me mudé al violoncello para quedar girando en el abrazo sofocado del músico de turno.
Que contrariedad este hombre, estar perdido en su propia vida. No puedo dejar de mirar sus ojos, desde mi mesa del rincón oscuro, y veo cosas que no puedo contar. Danzando la danza de la quietud plena, al ritmo de alguna trompeta llorona. Yo y él. Él y él. Lo pienso “él” y no le cabe, es un hombre allá, de traje, elegante, y yo que lo pienso “Él”.
Todo puede ser la soledad, y todo puede no serlo. Desprendí el pensamiento de las palabras y en un segundo me convertí en ese hombre. Tomé así un trago de whisky introspectivo, como el humo del cigarro, todo dentro nuestro; o yo era el humo. Inspirado y nunca liberado. Yo era el whisky, el humo y la música amarga que se le quedó enredada en el nudo del pecho. No lo soportó. Se levantó y se fue, y yo me quedé flotando en su último aliento, descansando en el cenicero sucio, con su nudo borgoña en mi pelo y su pecho pegado en mis dedos, reverberando un acorde apagado y una séptima menor en el solaz de mi nuca.
Así tomé mi bolso y subiendo en un soplo al pequeño escenario me mudé al violoncello para quedar girando en el abrazo sofocado del músico de turno.
lunes, 9 de abril de 2007
que flash
http://www.albinoblacksheep.com/flash/animator
fuerte identificación con stickman.
flashcoso vs. yo.
dudo de mi victoria.
punzante dolor cervical (ubicado en lo que sería la parte superior del palito troncal).
(dudo tambien de qué es la cervical)
fuerte identificación con stickman.
flashcoso vs. yo.
dudo de mi victoria.
punzante dolor cervical (ubicado en lo que sería la parte superior del palito troncal).
(dudo tambien de qué es la cervical)
ufa
Pegarle a un maestro
Por Mex Urtizberea
Lo sabe un chico de cuatro años, de salita celeste, que ni siquiera sabe hablar correctamente.
Lo sabe un chico de seis años, que ni siquiera sabe escribir.
Lo sabe un chico de doce años, que desconoce todas las materias que le deparará el secundario.
Lo sabe un adolescente de diecisiete años, aunque sea la edad de las confusiones, la edad en la que nada se sabe con certeza.
Lo saben sus padres.
Lo saben sus abuelos.
Lo sabe el tutor o encargado.
Lo saben los que no tienen estudios completos.
Lo sabe el repetidor.
Lo sabe el de mala conducta.
Lo sabe el que falta siempre.
Lo sabe el rateado.
Lo sabe el bochado.
Lo sabe hasta un analfabeto.
No se le pega a un maestro.
No se le puede pegar a un maestro.
A los maestros no se les pega.
Lo sabe un chico de cuatro años, de seis, de doce, de diecisiete, lo saben los repetidores, los de mala conducta, los analfabetos, los bochados, sus padres, sus abuelos, cualquiera lo sabe, pero no lo saben algunos gobernadores.
Son unos burros.
No saben lo más primario.
Lo que saben es matar a un maestro.
Lo que saben es tirarles granadas de gas lacrimógeno.
Lo que saben es golpearlos con un palo.
Lo que saben es dispararles balas de goma.
A los maestros.
A maestros.
Lo que no saben es que se puede discutir con un maestro.
Lo que no saben es que se puede estar en desacuerdo con lo que el maestro dice o hace.
Lo que no saben es que un maestro puede tener razón o no tenerla.
Pero no se le puede pegar a un maestro.
No se le pega a un maestro.
A los maestros no se les pega.
Y no lo saben porque son unos burros.
Y si no lo saben que lo aprendan.
Y si les cuesta aprenderlo que lo aprendan igual.
Y si no lo quieren aprender por las buenas, que lo aprendan por las malas.
Que se vuelvan a sus casas y escriban mil veces en sus cuadernos lo que todo el mundo sabe menos ellos, que lo repitan como loros hasta que se les grabe, se les fije en la cabeza, lo reciten de memoria y no se lo olviden por el resto de su vida; ellos y los que los sucedan, ellos y los demás gobernadores, los de ahora, los del año próximo y los sucesores de los sucesores, que aprendan lo que saben los chicos de cuatro años, de seis, de doce, los adolescentes de diecisiete, los rateados, los bochados, los analfabetos, los repetidores, los padres, los abuelos, los tutores o encargados, con o sin estudios completos:
Que no se le pega a un maestro.
No se le puede pegar a un maestro.
No debo pegarle a un maestro.
A los maestros no se les pega.
Sepan, conozcan, interpreten, subrayen, comprendan, resalten, razonen, interioricen, incorporen, adquieran, retengan este concepto, aunque les cueste porque siempre están distraídos, presten atención y métanselo en la cabeza: los maestros son sagrados.
Por Mex Urtizberea
Lo sabe un chico de cuatro años, de salita celeste, que ni siquiera sabe hablar correctamente.
Lo sabe un chico de seis años, que ni siquiera sabe escribir.
Lo sabe un chico de doce años, que desconoce todas las materias que le deparará el secundario.
Lo sabe un adolescente de diecisiete años, aunque sea la edad de las confusiones, la edad en la que nada se sabe con certeza.
Lo saben sus padres.
Lo saben sus abuelos.
Lo sabe el tutor o encargado.
Lo saben los que no tienen estudios completos.
Lo sabe el repetidor.
Lo sabe el de mala conducta.
Lo sabe el que falta siempre.
Lo sabe el rateado.
Lo sabe el bochado.
Lo sabe hasta un analfabeto.
No se le pega a un maestro.
No se le puede pegar a un maestro.
A los maestros no se les pega.
Lo sabe un chico de cuatro años, de seis, de doce, de diecisiete, lo saben los repetidores, los de mala conducta, los analfabetos, los bochados, sus padres, sus abuelos, cualquiera lo sabe, pero no lo saben algunos gobernadores.
Son unos burros.
No saben lo más primario.
Lo que saben es matar a un maestro.
Lo que saben es tirarles granadas de gas lacrimógeno.
Lo que saben es golpearlos con un palo.
Lo que saben es dispararles balas de goma.
A los maestros.
A maestros.
Lo que no saben es que se puede discutir con un maestro.
Lo que no saben es que se puede estar en desacuerdo con lo que el maestro dice o hace.
Lo que no saben es que un maestro puede tener razón o no tenerla.
Pero no se le puede pegar a un maestro.
No se le pega a un maestro.
A los maestros no se les pega.
Y no lo saben porque son unos burros.
Y si no lo saben que lo aprendan.
Y si les cuesta aprenderlo que lo aprendan igual.
Y si no lo quieren aprender por las buenas, que lo aprendan por las malas.
Que se vuelvan a sus casas y escriban mil veces en sus cuadernos lo que todo el mundo sabe menos ellos, que lo repitan como loros hasta que se les grabe, se les fije en la cabeza, lo reciten de memoria y no se lo olviden por el resto de su vida; ellos y los que los sucedan, ellos y los demás gobernadores, los de ahora, los del año próximo y los sucesores de los sucesores, que aprendan lo que saben los chicos de cuatro años, de seis, de doce, los adolescentes de diecisiete, los rateados, los bochados, los analfabetos, los repetidores, los padres, los abuelos, los tutores o encargados, con o sin estudios completos:
Que no se le pega a un maestro.
No se le puede pegar a un maestro.
No debo pegarle a un maestro.
A los maestros no se les pega.
Sepan, conozcan, interpreten, subrayen, comprendan, resalten, razonen, interioricen, incorporen, adquieran, retengan este concepto, aunque les cueste porque siempre están distraídos, presten atención y métanselo en la cabeza: los maestros son sagrados.
miércoles, 4 de abril de 2007
Yo conozco un juego que se juega así:
Cuando yo digo monstruo, ustedes dicen: ¡madre! Cuando yo digo madre, ustedes dicen: ¡monstruo!
Este juego va a empezar, ¡no se vayan a equivocar!
- Doctor, le ruego me sepa entender. Yo no quiero que nuestra relación se vea afectada de ningún modo, pero me veo en la obligación de comentarle lo que acaba de sucederme.
- Lo escucho, Licenciado.
- Estaba preparándome para salir hace pocos minutos en mi habitación, y me apena mucho informarle que… su madre está debajo de mi cama.
- ¿Mi madre?
- Exacto.
- ¿está seguro Licenciado?
- Segurísimo. Con solo decirle que me preguntó por usted.
- ¿Por mi? Lo dudo…
- No sea tan duro consigo mismo.
- Es que mi relación con mi madre no es la mejor ¿sabe?
- Pero le aseguro que me preguntó, ¿cómo está Horacio? me dijo.
- ¿Ve? Ni mi nombre se acuerda, de mis hermanos sí. El mío nunca.
- ¿Usted insinúa que siempre lo quiso menos que a sus hermanos?
- ¡De ningún modo! ¿Cómo se atreve a decir eso de mi santa madre?
- Lo siento, no quise…
- No, está bien. Creo que después de la muerte de mi padre todo se volvió más complicado.
- Oh… usted, quizás… ¿no querría venir a verla, y hablar con ella? Quizás logremos que salga de debajo de mi ca//
- Mis hermanos trabajaban todo el día y yo Licenciado, me quedaba en casa haciéndole compañía. Hasta que un día comenzó a llamarme Horacio.
- Como su padre.
- Exacto.
- Que vil.
- Apabullante. Ella me tejía pulóveres con enormes letras hache al frente, sánguches con letras hache de mayonesa, tortas en forma de hache, y escribía corazones que decían M y H por doquier.
- Doctor, yo lo lamento, pero he de retirarme y necesitaría que recupere a su madre. Le paso con ella.
- ¿Mabel? ¿Está ahí? Soy yo, Horacio. ¿Me está engañando otra vez Mabel? Le ordeno que salga de debajo del somier del Licenciado. Ya no voy a tolerar ni una infidelidad más. Yo la amo Mabel, pero así no tiene sentido ser su esposo. A partir de ahora me llamo de nuevo Maraldo, como en los viejos tiempo. Yo también soy M, mamá, Mabel, ¡salga ya mismo de allí abajo!
- ¿Hola? ¿Doctor?
- …
- …
- ¿Licenciado?
- Es que su madre ya se fue se ve, hará unos minutos. Vine a darle el teléfono y no la encontré.
- Oh, ¿Qué escuchó?
- ¿Yo? Nada, Doctor, nada.
- Bueno, en ese caso. Hasta el martes Licenciado.
- Si, desde luego. Hasta el martes Doctor.
Este juego va a empezar, ¡no se vayan a equivocar!
- Doctor, le ruego me sepa entender. Yo no quiero que nuestra relación se vea afectada de ningún modo, pero me veo en la obligación de comentarle lo que acaba de sucederme.
- Lo escucho, Licenciado.
- Estaba preparándome para salir hace pocos minutos en mi habitación, y me apena mucho informarle que… su madre está debajo de mi cama.
- ¿Mi madre?
- Exacto.
- ¿está seguro Licenciado?
- Segurísimo. Con solo decirle que me preguntó por usted.
- ¿Por mi? Lo dudo…
- No sea tan duro consigo mismo.
- Es que mi relación con mi madre no es la mejor ¿sabe?
- Pero le aseguro que me preguntó, ¿cómo está Horacio? me dijo.
- ¿Ve? Ni mi nombre se acuerda, de mis hermanos sí. El mío nunca.
- ¿Usted insinúa que siempre lo quiso menos que a sus hermanos?
- ¡De ningún modo! ¿Cómo se atreve a decir eso de mi santa madre?
- Lo siento, no quise…
- No, está bien. Creo que después de la muerte de mi padre todo se volvió más complicado.
- Oh… usted, quizás… ¿no querría venir a verla, y hablar con ella? Quizás logremos que salga de debajo de mi ca//
- Mis hermanos trabajaban todo el día y yo Licenciado, me quedaba en casa haciéndole compañía. Hasta que un día comenzó a llamarme Horacio.
- Como su padre.
- Exacto.
- Que vil.
- Apabullante. Ella me tejía pulóveres con enormes letras hache al frente, sánguches con letras hache de mayonesa, tortas en forma de hache, y escribía corazones que decían M y H por doquier.
- Doctor, yo lo lamento, pero he de retirarme y necesitaría que recupere a su madre. Le paso con ella.
- ¿Mabel? ¿Está ahí? Soy yo, Horacio. ¿Me está engañando otra vez Mabel? Le ordeno que salga de debajo del somier del Licenciado. Ya no voy a tolerar ni una infidelidad más. Yo la amo Mabel, pero así no tiene sentido ser su esposo. A partir de ahora me llamo de nuevo Maraldo, como en los viejos tiempo. Yo también soy M, mamá, Mabel, ¡salga ya mismo de allí abajo!
- ¿Hola? ¿Doctor?
- …
- …
- ¿Licenciado?
- Es que su madre ya se fue se ve, hará unos minutos. Vine a darle el teléfono y no la encontré.
- Oh, ¿Qué escuchó?
- ¿Yo? Nada, Doctor, nada.
- Bueno, en ese caso. Hasta el martes Licenciado.
- Si, desde luego. Hasta el martes Doctor.
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