domingo, 21 de diciembre de 2008

Felpa

Un ala de aluminio sube y baja a decímetros del suelo. Alto, muy alto, en una parte de aire en la que jamás nadie estuvo, ni un avión ni un pájaro. Entonces el sol blanco tira un rayo al plateado del metal que rebota en un ángulo filoso de 47 grados aproximados a la certeza del número exacto. Nos pega en los ojos, nos pega y vemos todo blanco y después todo negro, y ahí el ala sube y baja otra vez. Algo suena a chapa pero es un sonido agradable, repiquetea y choca de frente haciendo una especie de crash crash, muy suave y no nos asusta. O eso parece. Nadie demuestra temor.
Hasta que el ala vuelve a bajar pero ésta vez parece estar queriendo lastimar a alguien, notamos que corta el aire por un momento porque se abre un hilo de vacío que es destrozado por el ala ahora subiendo en un golpe a todo que ordena de nuevo el espacio. La mitad cerramos los ojos y la otra mitad avisa cuando el peligro pasó. Quedamos algo inquietos, atemorizados en el fondo. Pero no nos vamos, nada parece movernos.
El hilo de agua que corría de norte a sur cambió su rumbo y ahora corre hacia el sureste donde todo es más seco. El nuevo orden parece tener sentido. El hilo nos moja los pies, algunos se enredan y caen. Como parecen disfrutar todos nos tiramos al piso. La altura del ala desciende pero sigue subiendo y después bajando. Como notamos que algunos cambiamos (antes estábamos parados, ahora no) el cielo se oscurece muy disimuladamente. La paleta de colores cambia al anaranjado, es más parecido a todos nosotros. Miramos el ala subir y bajar de nuevo y quedamos camuflados por la luz amarillenta. Se crea la ilusión de que todos desaparecen, cada uno de nosotros piensa que se quedó solo. Solo con el ala.
Ya no me importa descubrir que hay más allá de ella. O quién. No me atrevo a mirarla pero me levanto porque deduzco que ella, inmutable, también se va a elevar. No pierdo de vista que también va a bajar después de subir, me creo indefenso. Y por suerte llega la noche.
Los cuerpos y las cosas se vuelven a dibujar claramente, todo está muy oscuro hasta que los ojos se acostumbran a la luz indirecta de la luna. El ala, que nunca se había desdibujado, cambia su textura fría por una helada. Ya nada nos da miedo, porque de otra forma no podríamos soportarlo.
Mojados y silenciosos enfrentamos el viento frío que viene en oleadas cada vez que el ala plateada baja y cada vez que sube. Pensábamos que nada nos haría abandonar el privilegio de presenciarlo todo, pero algunos de nosotros toman unas piedras que vinieron con el agua, unas piedras redondas y pesadas, y las tiran exhalando aire hacia el cielo. El aire les da la fuerza que necesitaban y las piedras ascienden a velocidades incalculables. Algunas van cayendo en el camino, derrotadas por su propio peso, los dueños de esas piedras se agarran la cabeza, se tiran de los pelos en señal de derrota. Algunos vuelven a enredarse con el hilo hasta quedar inconcientes, otros se inducen el sueño porque prefieren no saber ya nada más.
Las piedras que siguen subiendo no bajan y se acercan al ala que no parece detectar el peligro. Nuestras cabezas arden de baja presión, estamos mareados, tres piedras golpean el ala como puños, otras tres la derriban.
El ala cae y muere sobre uno de nosotros. La vemos morir. Se queda. Nos pican los ojos, tenemos gusto a metal en las bocas.
Cada uno levanta a uno de los inconcientes, despertamos a los dormidos y nos vamos.
(No sabíamos qué habíamos hecho, nadie tocó el ala muerta)
El humo aparece para invadir todo, seguimos caminando y nos perdemos entre la niebla.

4 comentarios:

ariela dijo...

incredibele
molto que me gusta
sí que sí que sí que sí, eh!

Mateo dijo...

Buenísimo, Agus. Como los buenos motoristas del peligro, tomás cerrada la curva del entendimiento para salir siempre ilesa, con una imagen perturbadora pisandote los talones.

Me encantó mucho gusto un placer conocerte.

Mikel dijo...

sisí dejaste marcas de llanta en el asfalto. muy canchero.

me encantó la aclaración entre paréntesis al final.

Mateo dijo...

Es buenísimo. Lo de la aclaración entre paréntesis es un 11.