Las cenefas metálicas permanecieron inmóviles pero el Señor Mackers había desaparecido. El bendito mago, con su sonrisa boyante, decía… ¡magia! cada vez que encontraba nuestros ojos con sus ojos. Magia, magia, magia, una vez a cada uno. Estaba dichoso, Soda también. Pastor y yo perdíamos la paciencia. Inmediatamente el mago levantó la varita mágica acompañándola con un batir de su capa, y cuando parecía que su mano caería en un conjuro fascinante de nigromancia que nos devolvería al señor Mackers riéndose y con los cachetes un poco colorados, desarmó en cambio su atisbo grandilocuente en su valija guardando los elementos. Se sacó la capa, la dobló y colgó de su brazo, tomó la valija acharolada, cubierta de tantas estrellas fulgentes y se dirigió con paso firme hacia la puerta.
La única reacción fue de Soda que chilló –Espléndido, descollante, oh gran ilusionista- acompañado de tranquilos aplausos rítmicos. Pastor una vez más pareció olvidarlo todo y se entretuvo enseguida con un aparato de relojería descompuesto. Yo simplemente miré al mago maniobrar el picaporte, que daba problemas para trabar el pestillo, hasta que salió.
-Alguien debería ir a buscarlo- sugerí.
-¿A quien?- preguntó Pastor sin mucho interés, concentrado en las agujas descontroladas del cronómetro.
-En caso de querer que vuelva hay que llamarlo por teléfono y volver a concertar una cita. Tengo su tarjeta acá pero parece que está completo hasta Marzo- declaró Soda apuntando con sus anteojos un viejo calendario.
-¡Ahá!- bramó impetuoso Pastor, que se paró con vehemencia veloz y salió corriendo hacia la misma puerta por donde había fugado el hechicero, volviendo a entrar 5 segundos después con el sujeto tomado del codo, a la rastra.
- Claro- rabió – ¿dónde está el Señor Mackers? ¿eh? ¿dónde?- gritó. Yo me sumé con preguntas del tipo y Soda le refirió que era un placer tenerlo de vuelta en casa y que se sentía honrada por recibir sus servicios de manera tan reiterada. De todas formas su tono no era nada amable.
El mago explicó que él no tenía la respuesta, que habría que preguntarle al Señor Mackers, preguntó si alguien tenía su celular. Yo de hecho lo tenía pero estaba tan furioso e indignado que no quise entregarlo. Por suerte Pastor lo había anotado alguna vez y fue quien hizo el llamado.
- Tío, ¿dónde se metió? ¿está usted bien?- dijo para luego hacer un silencio y guardar el teléfono celular en el bolsillo de su camisa. Explicó, ante nuestras miradas expectantes, que el Señor Mackers había atendido el teléfono pero había colgado al escuchar su voz. Soda quiso increpar a Pastor pero él ya estaba entretenido siguiendo el microplan de una hormiga roja caminando por la alfombra. Se volvió inmutable.
Todos hacíamos lo posible para no caer en las garras de la confusión pero cada vez se hacía más difícil. El desconcierto era tal que en el medio de nuestras frases decíamos palabras inconexas.
- Dame, yo lo vuelvo a llamar. Decime el teléfono. Tren tren.- escupía Soda, mientras sacaba el celular del bolsillo de Pastor.
- Debe estar ahí. Ganzúa, menester. Te lo digo igual quince cuatro dos uno cuatro siete dos tres cero, calzas.- expliqué sin poder controlar el desembuche de palabras.
Y el muy sinverguenza brujo hechicero -Yo tengo una función en hora y media, así que me voy yendo. Grueso- dijo. –Usted no se va a ningún lado, caradura, ¡salamín!- dije.
- Atiende el contestador directo- sentenció Soda, metiendo el celular bajo el sillón.
Con un dolor de cabeza cada uno, el mago abrió reacio su valija acharolada, cubierta de tantas estrellas fulgentes, y sacó de nuevo su vara de la taumaturgia. Puso una condición, se llevaría el florero oriental. Aceptamos de tanta jaqueca, más nos parecía absurdo puesto que era un original.
Performó el mago bendito sus movimientos floridos, Soda Pastor y yo adherimos a él nuestros ojos, rendidos. El florero oriental se rompió en pedazos al caer por la fuerza de la repentina existencia física del Señor Meckers en el mismo espacio. Las cenefas metálicas apenas si vibraron. El mago se tiró al piso y se abrazó a los pedazos de porcelana.
El reciente Señor Meckers nos echó un ojo, nos lo clavó a los tres. Soda aplaudía porque el truco se había completado y creyó que era lo correcto. Pastor y yo lo mirábamos como llora en silencio el tío Meckers, con hojas de árbol verdes entre su melenita blanca.
-Yo prefería…- divagó el viejo para mirar después profundamente todo el salón.
-Diga, Tío. Diga- lo alentó Pastor.
- Me voy a la cama- pronunció mientras caminaba hacia la puerta del pestillo flojo, dejando huellas de arena mojada.
Ahí nos quedamos los tres sentados. A Soda le dio lástima y propuso contratar al mago para la próxima Navidad. Hicimos caso omiso y le pedimos al susodicho que se retire sin cobrar. Por poner triste al bueno del Señor Meckers.
6 comentarios:
si a alguien se le ocurre un título mejor es muy, bien, venido.
estoy un poco perturbado por eso de la "cenefa metálica".
El cuento es buenísimo, me encandilan tus formas tragicómicas.
Para estar solo y acompañado.
woo-hoo! bien agussss
lindo experimento el de las palabras, coincido
besooo
Se puede llamar "Las vacaciones del Señor Meckers".
"mago de mierda"
me gustó mucho.
taz
Lo voy a titular Soda, pastor y yo.
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