¿Qué fue de aquella gloria que soñábamos Juan Manuel? Ponete el sombrero por favor, tu cabellera es insultante, una campo anegado y traicionero. Una huella vil de la humillación.
Pensar que cuando eras un crío participaste en los enfrentamientos contra los ingleses, que esperanza teníamos. Los vecinos más respetables te traían en brazos y me decían, Señora Agustina, su niño es el más valiente de toda la estancia, será un triunfador. Sacó de usted el brío y la sensatez y del señor León, la fiereza y la valentía. Ilusos.
No me mires con esos ojos ebrios, ya no se como esquivar tu mirada sin seguir rebajándote. Realmente creo que sos lo peorcito de los diez hermanos. Mis hijos, debo admitir, fueron mejorando en orden de aparición. El primero, tu hermano Ernesto, una vergüenza para la familia Ortiz de Rozas López Osornio, dedicado desde su infancia al juego y a la mala vida. El décimo, tu hermano Prudencio, una joyita, el mejor cirujano de la nación, la luz de mis ojos. Y vos Juan Manuel, vos saliste segundo y así te tengo, un monigote bobo y simplón.
Fijate que no tenés ni una calle con tu nombre, fijate Juan B. Justo, el muy socialista. Fue un simple senador, tuvo un puestito de diputado, y tiene una avenida que cruza desde lo mejor de Buenos Aires hasta los bajos fondos. Y el arroyo Maldonado que le da fuerzas… un caudal subterráneo de aguas turbias donde vos ni siquiera podrías nadar, porque no tenés vigor, porque te falta destreza Juan Manuel. Estás atrofiado.
Ojalá aquellos horrendos rumores del hijo bastardo hubieran recaído sobre vos, en lugar de haber torturado al pobre Gervasio. De ser así, yo no los hubiera negado, a pesar de que hubiera herido mi honor y el de tu padre. Pero me habría desligado al menos de éste fracaso que salpica sangre a mi vestido como un ternero degollado. El fracaso que tenés en la cara, hijo, en la boca, por donde fumás tus cigarrillos con esa cara de niño.
Y pensaste que abandonando a tu madre ibas a encontrar el camino pero lo perdiste Juan Manuel. Pensaste que cambiándole una letra a tu apellido ibas a ratificar una posición que desde el principio fue grotesca. Que adefesio, ahí parado al lado de esa gorda pringosa, como un espantapájaros. Encarnación… la embarazada… De haberme imaginado que mi esfuerzo por llevar la estancia, por domar al gaucho, por ganar respeto, por ayudar al pobre, iba a terminar en el nombre de esta descendencia defectuosa, me hubiera quedado bordando a la sombra del ombú de piernas cruzadas. ¿Qué diría tu padre…? Por lo menos de los diez que tuve dos hijos me dan orgullo, sino mejor caer rodando por un barranco.
Pero por favor… No me vengas otra vez con las Campañas, Juan Manuel. Sos como esas bandas musicales que hacen una canción buena y pretenden vivir de eso toda la vida. Esas Campañas fueron débiles, segundonas. Las que provocan orgullo en el corazón de la patria son las de Roca, las tuyas quedaron olvidadas, por inconsecuentes, por flacas. Una abyecta mezcla de diálogos de paz y genocidio, que no terminaron por llenar tu honor ni tu autoestima. Híbridos cochinos. Juan Manuel de Rosas: mirada de perro hambriento y un sable en la mano, cayendo siempre en el error de creer que se puede compensar sandías con manzanas, oro con bronce, honra con espectáculo.
Existen sólo dos razones que me hacen recordar, lamentablemente, que sos hijo mío. Tenemos un defecto en común, Juan Manuel, somos viciosos. Vos sos vicioso porque coleccionás whisky y telarañas entre tus huesos. Yo soy viciosa porque sufro recordando la esperanza herida del pasado. Cuando tu pelo era rubio todavía ibas a ser un héroe, sienes cargadas de elegancia se tranforman sin piedad en pelo ralo y grasiento.
La única otra huella de nuestra sucia cuerda cosanguínea es algo que bien aprendiste de mi. Aquella frase que sólo pocos recuerdan, que dijiste alguna vez durante tu débil gobierno y de la cual no fuiste capaz de citar las fuentes, plagiándola como un caco delincuente y callejero, a tu propia madre. Esto siempre te dije: “El rey es como un padre: amar, castigar y recompensar”.
Vos nunca vas a ser rey, nunca vas a ser padre, siempre vas a ser un vicioso Juan Manuel.
6 comentarios:
al principio me confundiste, pensé que vos eras doña agustina (vaya nombre!) y León tu barbudo cincuentón. Futuro y pasado al mismo tiempo.
Pero luego, la historia con sangre, o tinta, o pixels más bien, entra, y fui cayendo.
Magnifico.
La verdadera historia de uno de los malos. Contada nada más y nada menos que por su madre. buen final.
Ahora quiero la de Julio Argentino.
ah no, es buenísimo.
me encantó mucho mucho la parte del maldonado y juan b. justo (johnny b. good).
el final, claro, buenísimo.
y cómo escribís...
sí, muy bueno, che. hacelo a urquiza
Es buenísimo! Me encantó.
gracias chicos.
sigan pidiendo prócer.
pide prócer y te sacarán los ojos.
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