jueves, 27 de enero de 2011

El Meteorito

Hoy, cuando salió la luna, por el borde del río, como si fuera el sol, por primera vez sentí que me iba a morir. Al principio parecía un cono luminoso, como si fuera la vela de un velero, demasiado ancha, iluminada por un resplandor amarillento de procedencia dudosa. Después se empezó a agrandar, al ras del agua, empezando a confundir lo que era el horizonte con lo que no lo era. Crecía o se acercaba hacia nosotros, (alguna de las dos, la perspectiva no resuelve estos asuntos cuando el sistema perceptivo está en pánico), siempre luminoso e irregular. Como una epifanía, peligroso. Recordé una idea que había tenido alguna vez: si un meteorito cayera en la tierra para destruirla ¿qué veríamos los minutos anteriores? La respuesta era: mas o menos ésto, así, como ésto, una bola luminosa y misteriosa acercándose por el cielo. Me lo imaginaba de día en realidad. Y ¿qué haríamos? ¿nos daríamos cuenta lo que nos está por pasar? ¿qué pensaríamos? La respuesta no me la acuerdo, pero estoy segura de que no era ésto que pensaba ahora.

Pensé que entonces mejor. Que no iba a haber un después, que se me terminaba el juego pero que no me iba a perder nada, porque no iba a quedar nada. Que se terminaba para todos. No iba a haber después. No voy a mentir, ahí pensé no me quiero morir. Lo pensé, y lo dije en voz alta. Dije “no me quiero morir todavía”.

La luna siguió saliendo, subiendo, entrando, satelitando por el globo estelar. Se separó del agua y se delató como ella, como la única. Se me vino una imagen de Marilyn Monroe comprando carteras frente a la multitud. Era la luna, no hubo dudas.

Ahí dejé de pensar en la muerte y los jinetes del Apocalypsis y me acordé de la pelotita de telgopor con un alfiler pinchado, de cabecita redonda y amarilla, que me hicieron hacer en cuarto grado para representar la tierra y la luna. Lo habíamos puesto en un sistema solar hecho con linternas, globos, cartulina y una percha. Todo giraba junto gracias a la gravedad, que en nuestra maqueta estaba representada por un muñeco he-man vestido de negro, él tiraba de todos los hilos. Y yo lo miraba y me preguntaba ¿y si no es esto? y si cavamos lo suficientemente profundo ¿no encontraremos que para abajo no todo es telgopor? Jupiter era ridículamente grande, era una piñata (a ésta altura recuerdo que el compañerito malo sugirió que Jupiter fuera Jorge, el nene gordito. Nos reimos. La maestra también, yo me di cuenta.). Ahora que sé más, puedo afirmar que Júpiter estaba fuera de escala. En aquel momento, ante la duda, pensé que, entonces, nos convenía conquistarlo. Invadir Júpiter sería ideal, porque tendríamos más espacio para vivir, más lugar entre una casa y la otra y no tendría al vecino viviendo tan cerca. En ese entonces mi vecino era un señor que se llamaba Néstor, yo no tenía una buena relación con él porque a mi me gustaba jugar a la pelota y a él le gustaba no devolvérmela cuando la hacía caer en su patio. Néstor tenía pelos en todos lados, en las orejas, en la nariz (sobre la nariz); a los niños el exceso de pelo nos suele asustar por alguna razón. Era malo y no usaba pantalones, me pareció una idea perfecta invadir Júpiter para deshacerme de forma definitiva de éste problema con Néstor. Lo propuse a la maestra y a mis compañeritos, se rieron de mi (ésta vez la maestra no trató de disimular). El incidente terminó conmigo pinchando Júpiter, Marte y Venus con un compás y rompiendo a patadas todo el móvil. Me llevaron a la dirección y ahí me hice la muerta. No me creyeron pero eventualmente se cansaron de intentar que me mueva y el asunto fue olvidado.

Ahora la luna ya viajaba sola, apagando las estrellas de alrededor por atrevidas. Se me vino a la cabeza esa frase del árbol que cae en el bosque. Si no estamos todos éstos ojos que miran ¿qué sería de éstas pelotas luminosas que se mueven como por desidia? Como por estar, totalmente amnésicas y cándidas. Si todos cerramos los ojos al mismo tiempo ¿algo cambia? ¿o es el fin de la humanidad? No voy a mentir, también pensé en cerrarle los ojos a todos los animales, para que tenga más sentido. Si la luz viaja a una velocidad de 299.792.458 metros por segundo para llegar a nuestros ojos y dejarnos ver ahora lo que pasaba en la Galaxia AR56 hace 800000 años, ¿entonces qué? (sin mencionar que si el sol se apaga nosotros nos enteramos 8 minutos después en su “cono de luz futura”) ¿si nuestros ojos no existen la luz no tiene a dónde llegar y por lo tanto no tiene velocidad? ¿y por lo tanto no existe? Callejón sin salida, una neurona se estrella contra la pared interna de mi cerebro intentando llegar más lejos de lo que puede. Como un avión que intentara seguir volando en el mar, o un auto fugaz que se destruye contra el Muro de Berlín.

Confundida, intenté sentarme en un banco pero me siento en su sombra, en el piso, donde estoy ahora (ah, la banda sigue tocando). Pienso, ojalá no me gustara tanto la música, digo, ojalá entendiera como pasó eso al menos.

5 comentarios:

Lu dijo...

hermoso

me hizo pensar un montón de cosas:

- el pequeño nicolás. sus reflexiones también solían terminar en explosiones de violencia sobre los materiales educativos.

- el mató a un policía motorizado, hacer un disco con temas que sólo hablen sobre el fin del mundo, aplauso de pie ("la luz del final entró por la ventana, del galpón y refleja en las miles de cajas")

repito:
hermoso

Mikel dijo...

qué bueno, todo es una cosa que hace acordar a otra cosa.
muy buenas metáforas y comparaciones, eso como siempre.

me encantó. y que al final de todo te enteres que había música en vivo, eso es genial

paula p dijo...

me recuerda una perplejidad de "El Samurai, aunque no haya comido, usa mondadientes."
a la mia perplejidad

paula p dijo...

claro pero lo del samurai es un tema moral: orgullo cancherismo
lo tuyo es ¿metafísico? : la percepción
qué lindo!

quelindalluvia dijo...

tengo que escuchar ese disco lu, es obvio.

hola paulit! ahi entré a tu blog pero me cuesta, está como ordenado distinto, y una es básica. Voy a encontrar el samurai cuando mis propias confusiones no me provoquen convulsiones.