domingo, 8 de junio de 2014

La última partida

Cada pisada era un charco, las botas de goma se hundían en el agua como hojas secas. La casa era un río, un embalse. Bajo la luz cálida de la mañana, con el reflejo del cielo en la ciénaga del parquet, toda la planta baja parecía tener pisos de oro, cortinas de oro, muebles de oro y gente de oro. Todos tomaban un te dorado en tazones dorados con sus labios dorados, sobre el terciopelo azul del sofá, con ribetes dorados, y ese aroma portuario de la inundación. El lugar parecía un naufragio, los restos después de un huracán estival, un retrato fallado de algo que ya hace tiempo que no está. 
Me acerqué al living-room chapoteando, a la chimenea, para secar mi ropa con las brasas débiles del fogón (y los restos de libros quemados de la noche anterior). A pesar de mi presencia, bastante rotunda y líquida, la familia fingió no verme. Nadie dijo nada, ni ellos ni yo. Agregaron otra ronda de terrones a sus tés y, sin dejar de ignorarme, siguieron con su estúpido juego. El juego de la caja consistía en lo siguiente, yo lo conocía muy bien: hay dos equipos, los buenos y los malos, cada uno tiene que intentar destruir al otro con distintos medios de ataque y defensa para tener el Poder. Cuando uno de los buenos gana, asciende a Dios, cuando uno de los malos gana, asciende a Demonio. Cuanto más dios seas más demonios de tu linaje eliminás, y viceversa. En la caja se ponen las fichas blancas, en la mesa las demás. Desde mi lugar junto al fuego, desde la perspectiva del hogar, con el agua matinal en los tobillos y el humo subiendo por la bóveda del techo, las fichas sobre la mesa ratona parecían flotar. Vi magia, me confundí, quise tocarlas y la familia entera me detuvo, me lincharon, me torcieron los brazos mientras me explicaban las reglas del juego otra vez, me rasguñaron la cara recordándome que las fichas no se mueven con las manos, me consolaron en sus hombros cuando lloré de dolor, hablamos de monogamia, fuimos felices juntos, pero ya no. Hace 10 años que no.
Ayer se rumoreaba en el pueblo que la familia hoy daría su conferencia final y sin embargo llego acá, y están en el medio de una partida, nadie secó los pisos, nadie encendió el fuego, nadie volvió a enterrar al canario, nadie ocultó las cenizas de las obras rebeldes de Uderzo y Goscinny; nadie estaba a punto de dar una conferencia.  Los vestigios de los ritos de anteanoche estaban intactos. Yo hice estos ritos por años, desde la noche de mi nacimiento, cuando en el juego de la caja venció el mal y el caminante del cielo bajó para condenarnos a no poder ascender nunca más, al piso superior de la casa. Mi nombre fue Lucas pero lo cambié por Pablo, la noche del hechizo mi familia me informó con un himno que al llegar el ritual número 27 ganaría el bien y el primer piso de la casa podría ser habitado una vez más. Desde entonces viven todos atrapados en la planta baja, yo me fui, 10 años atrás. Era imposible vivir asi, todos durmiendo en los sillones, en la alfombra árabe, todos en la cocina, todo el tiempo, tomando el té.
Al igual que los últimos 10 años, esta vez tampoco asistí al ritual, pero el juego todavía no terminó. Mi tío me tiene inmovilizado con la cara hundida en la alfombra mojada por haber intentado tocar las fichas. Ya jugó mi madre, ya jugó mi padre y ya jugó mi hermana, ahora es su turno “Tío es su turno”, le dice mi hermana. “Arturo es tu turno”, le dice mamá. “Sacame una foto pisando al pibe”, pide mi tío.  “Se rumorea en el pueblo que hoy darán su conferencia final.”, grité desde la diminuta rótula de mi tío Arturo.
Mi hermana y mi padre me sacaron 2 polaroids y mamá respondió “El juego todavía no terminó”.  “Ahora hay que esperar, en la oscuridad, a que la imagen emerja sola del papel” pensó papá.

Mi habitación estaba en el primer piso, para poder irme (irme del pueblo, irme, para siempre) tenía que llevarme lo que era mío. No podía esperar al final de la partida, no podía entretenerme con la naturaleza muerta como lo hacía en mi infancia, no podía desenterrar al conejo para enterrar el canario, cada cosa tiene su lugar. Pero la familia ya no estaba respetando nada. Y esta no era solo mi familia, esta era la familia del pueblo entero, la nación de todos, la única casa de dos pisos del lugar, el portador del apellido, los que organizan las cenas, los que dicen si triunfa el bien o el mal.

Los tiempos de gloria pasaron, el pueblo (los primos) dice que la familia enloqueció, que a la casa se le caen los frisos y nadie los quiere cuidar. Pero yo tengo la llave de mi habitación y la fuerza del primogénito. Sin que me vean emerjo como un Moisés impoluto de entre un charco de agua estancada para subir el primer escalón, ninguno de ellos se da cuenta, de tan concentrados que están, y tan desquiciados, y tan decaídos, y tan delicados. La bóveda del techo retumba y se abre, ganaron los malos, por la escalera asciendo a demonio, tengo 27 años, y no regreso al pueblo nunca más. Así me fui.

El siguiente año será el turno de mi mujer, mi prima y esposa, que entrará a la casa inundada con sus finos zoquetes negros navegando entre los pantanos, y el suelo se abrirá y ganará el bien. Pero yo ya no voy a estar para verlo.

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