“No, no se levante, por favor. Enseguida vuelvo.” dijo la señorita María
Eugenia al pararse para ir al baño. Caminó por el pasillo y entró en la segunda
puerta, se paró frente al espejo y se observó. Estiró las cejas y se inclinó
levemente hacia adelante para mirar sus pestañas de cerca. Había alguien escondido
en la bañera detrás de las cortinas, pero eso es otra historia. María Eugenia se
arregló un poco el pelo recogido, pasando su palma de adelante hacia atrás
varias veces, apenas haciendo contacto. Se mojó las mejillas con agua fría, se
secó con la toalla, se miró una vez más chequeando ambos perfiles, caminó hacia
la puerta, inspiró, expiró, y abriéndola volvió a la mesa donde la cena la
seguía esperando.
Dos platos empezados, el suyo con pollo y ensalada, el otro ya solo con
ensalada. Dos copas de vino, la suya por la mitad, la otra intacta. Dos
servilletas, la suya algo arrugada, la otra rota en pedacitos, algunos en el
piso.
El mantel era colorido, de motivos frutales. Secretamente María Eugenia
creía que los manteles no servían, que lo único que hacían era ensuciarse para
después tener que lavarlos. Era mucho más simple limpiar la mesa con un trapo
que lavar un mantel. Pero de todas formas ponía el mantel de frutas cuando
tenía visitas.
“Mientras fui al toilette me quedé pensando en lo que hablábamos…”
María Eugenia tomó el tenedor muy rápido con la derecha y el cuchillo
con la izquierda y cortó un pedacito de pollo. Esto a él le parecía imposible. Ella
pinchó también la ensalada, sacó el bocado con sus dientes y masticó. Sin
soltar los cubiertos, los movía por el aire al hablar, masticando de costado.
“…yo creo que si el amor es Tang, y el egoísmo es pimienta. Y yo soy
agua, en una jarra. Una jarra de agua mineral. No, mineral no, animal sería.
Una jarra de agua animal… Si el amor es Tang y el egoísmo es pimienta entonces
yo sería como un jugo de naranja picante.
Sucio, fértil, brillante, con brillantina, tierra, polvo del piso. No
hay palabra para ese sentimiento
intermedio ¿no?, una mezcla opaca, un jugo marronáceo. Pero tengo mucho
Tang, le juro, tengo mucho mucho Tang.”
Apenas terminó de decirlo se avergonzó
y cortó rápido otro pedacito de pollo para masticar bajando la mirada.
De repente se avergonzó de toda la situación, de haberlo invitado a su casa y
ahora estar ahí solos, de quedar demasiado expuesta a un desconocido. Pero al
fin y al cabo todos son desconocidos de alguna manera, pensó. Sintió el impulso
de justificarse.
“Mire, yo se que puede parecerle extraño mi comportamiento, o
reprobable. No, espere, déjeme terminar, lo que quiero decir es que, es cierto
que si usted está acá sentado conmigo en la mesa es porque aceptó mi propuesta
y le parece, o al menos en ese momento le pareció un buen plan. Y que ahora no
sé qué le parece, pero está acá, que veo que le gustó mucho el pollo y que, (y
no tanto la ensalada) y que la estamos pasando bien, teniendo una charla amena,
descubriendo que tenemos gustos en común. A mí también me gusta mucho el pollo
por ejemplo, pero también me gusta la ensalada, entonces tardo más tiempo en
comer todo, pero no es que comamos tan
distinto, aunque cuando uno lo ve a primera vista parezca que sí. Usamos
distinto los cubiertos, bueno, usted no los usa pero me voy por las ramas ¿lo
estoy aburriendo? Nada, eso, que no piense mal de mí, nos vimos ahí en la
calle, yo no sé si usted me siguió pero yo lo vi un par de veces y siempre me
cayó bien, tiene pinta de bueno. Nada callejero parece, y eso siempre me
enseñaron que está muy bien. Mi madre siempre me decía, vos no tenés que ser una callejera, vos sos
buena, sos de tu casa. Y es cierto. Yo soy buena y soy de mi casa, por eso
después de un ratito ya lo invité a venir. Pero no crea que hago esto siempre
que salgo a la calle. Sería una exageración decir que lo hago siempre, porque
no lo hago siempre que salgo a la
calle, de ninguna manera. Siempre es
una palabra muy fuerte. Yo no sé si ustedes piensan tanto en el infinito como
piensa una mujer. Yo le digo que como mujer tengo una extrema conciencia de lo
infinito, puede sonar delirante pero capaz sea porque estadísticamente yo tengo
menos propensión al asesinato, o porque tengo la posibilidad de comportarme
como una mamushka ¿vió esas muñecas rusas que van una adentro de la otra cada
vez más chiquititas? Nosotras podemos generar una persona viva adentro nuestro
y quien sabe que esa persona viva genere otra, y así ¿vaya a saber cuál es la
muñeca más chiquita? Chiquita porque está lejos en el tiempo, las de la
mamushka son chiquitas porque son chiquitas. Yo tenía una mamushka cuando era
chica, y mi favorita era obviamente la de más adentro, la última, la de más
lejos. Era como una señora bebé, chiquita chiquita. Pero si hubiera habido una
más chiquita que esa, me hubiera gustado más ¿ve? Eso le digo, yo prefiero el
infinito, y eso ocupa mucho tiempo de mi tiempo. Tiempo. ¿cuántas veces dije la
palabra tiempo en la última frase? Como siete u ocho.“
El Pupi la escuchaba atento pero eso no significaba que entendiera todo
lo que decía, era cierto que la señorita María Eugenia pasaba mucho tiempo pensando
en todo eso y ella sintió esa noche que podía compartirlo con él. Dudaba, no
quería asustarlo, pero ese día había sentido desde que se levantó una sensación
de ahogo, y mucha jaqueca. Al atardecer no aguantó más y se tomó una aspirina,
y salió a dar un paseo por la plaza para que la primera fotosíntesis de los
árboles la hiciera respirar aire puro. Ahí fue donde se encontró con el Pupi, a
quien ya había visto otras veces caminando por el parque o retozando en algún
banco, como ella haciendo estaba en el momento que lo vió.
“Me gustaría saber su opinión sobre esto, Eugenio. Tanto el tema de la
procreación como el del infinito, me intriga mucho la visión que usted puede
llegar a tener de esto. Realmente… puede ser esclarecedor…“
El Pupi cerró la boca con los ojos fijos en el cortinado, un lejano estruendo
había llegado de la calle unos segundos antes. Una explosión, algo metálico con
olor a sangre y transpiración. Ruidos de cosas calientes, ruidos de calor.
Sonidos del metal pintado de rojo, sonidos rojos metalizados. El Pupi sabía la
distancia, sabía cómo llegar hasta ahí.
“Si me disculpa me voy a encender un cigarrillo. No puedo evitar
encender uno cada vez que termino de cenar, es como si fuera un instinto.” Dijo
mientras sacaba una cajita de fósforos de seguridad “Tres Estrellas” de su
bolsillo y un atado de Marlboro del abrigo. Encendió el cigarrillo y cuando sacudió
el fósforo para extinguir el fuego, se le escapó el palito de la mano para
apagarse sobre el mantel. El azar intervino para evitar un incendio.
“Usted y los instintos en cambio son buenos amigos, yo lo único que hago
es arruinarme los pulmones y el perfume.” María Eugenia puso su codo sobre la
mesa y su mejilla sobre su mano formando una torre con su cabeza, su antebrazo
y su codo. “Pero déjeme que le diga, Eugenio, el tabaco no es
adictivo, lo adictivo es el rito, el ademán, el inigualable placer de repetir una acción
¿no le parece? ¿le molesta el humo?”
Poco sabía El Pupi de ademanes, pero sí sabía que el humo es un olor que
lo invade todo. El hecho de que María Eugenia ventilara el aire a su alrededor
con movimientos tipo abanico de su mano derecha mientras echaba conos de humo
por su boca, no servía de absolutamente nada. Desde la lejana esquina del
accidente llegaron voces que susurraban y la sirena de una ambulancia. Eso
último es lo único que María Eugenia era capaz escuchar. Cualquier persona que
vive en una ciudad escucha la sirena de una ambulancia al menos una vez al día,
por eso ella no habló de eso.
“¿Qué está pensando Eugenio? ¿Le puedo decir Euge? O a lo mejor le digo
Señor Eugenio… Qué gracioso sería… Señor Eugenio, Señor Eugenio” probaba
diferentes tonos María Eugenia. “Señor Eugenio… no sé su apellido. ¿Sabe que
cuando lo vi pensé, “capaz es de esos que andan con una chapita colgando que
dice el nombre, los datos…”? Entonces me acerqué disimuladamente, miré, y efectivamente tenía la chapita. Me extrañó,
porque no se le notaba en la pinta, se lo veía buenazo. Pasé caminando cerca y
leí que la chapita decía “Eugenio” y se imagina, dije Es El Destino. ¡Claro!
dije, ¿había dicho?, no “Dije” está bien. ‘Claro, dije’, se llama igual que yo. Y yo esos días venía pensando en lo
de encontrarme a mí misma, en esas cosas de entender la ficción de todo, de uno
mismo como un personaje en una historia dada en un fragmento de tiempo que
puede o no haber sucedido. Y estuve leyendo un libro de cómo esas cosas pasan,
había un accidente de avión en la historia, y hoy me desperté soñando con eso. Era gracioso, entra un tigre a la casa, se
llama Paco, entramos en pánico, el tigre termina siendo bueno, doméstico, nos
lleva de excursión por la selva. Todo ahí es selvático-medio-pelo, el grupo
está decepcionado, pensamos “al final no nos dejaron nadar en el otro lugar
porque íbamos a venir acá y esto es una mierda”. Volvíamos a la casa que ahora
era un hotel, yo me quedaba en la misma habitación que mi hermana, y le decía
que por alguna razón sentía que el hotel donde estábamos era igual al living de
mi casa de Venancio Flores, que tenía todas las mismas cosas, los mismos
adornos, los mismos muebles, todo. Entonces cuando había que hacer la valija
para volver, yo pensaba: si yo me guardo algunas cosas en la valija para volver,
y cuando llegue allá las cosas que no guardé van a estar igual… ¿por qué entonces
no guardo nada si total va a estar todo allá porque es igual que acá? De hecho,
me preguntaba ¿tiene sentido “volver” si en realidad es el mismo espacio?”
El Pupi entendía el concepto de volver de otra manera, así como el de
realidad o el de hotel. Él no manejaba dinero, era feliz con el olor que salía
de la cocina de la vecina del 4to piso que cocinaba bifes de cerdo, toda
aceitada con perfume a rosas, con mucho spray en el pelo escuchando los Rolling
Stones. La canilla de la cocina goteaba, al Pupi le dio sed asique puso sus
patas delanteras sobre la mesa y olió la copa de vino. Olía ácido y podrido, pero tibio y espeso,
probó un lengüetazo. No era bueno para él, se bajó de un salto de la silla y
recorrió el pasillo hasta el baño.
“No apriete el botón hasta el fondo Eugenio que después no sale. Es como
un golpecito que hay que darle nada más, sino no vuelve.” Dijo María Eugenia
subiendo el tono de su voz, ignorando el verdadero objetivo del Pupi.
Eugenio alias El Pupi, tomó agua del retrete hasta quedar satisfecho, ni
siquiera se molestó en encender la luz, aunque de intentarlo, lo hubiera
logrado. Se detuvo dos segundos para oler en el aire a la persona escondida en
la ducha y corrió un poco la cortina. Se miraron a los ojos, el Pupi se incorporó
y siguió su camino. De vuelta por el pasillo, no dudó en dirigirse al sillón. En
la mesa María Eugenia levantaba los platos.
“No come más ¿no Euge? Levanto las cosas y lo acompaño. ¿Quiere un
postre? Tengo flan con dulce de leche pero no sé si es lo más conveniente. Una
manzana también… o uno de esos palitos creo que me queda. Ahora me fijo.”
El Pupi descansó su mentón sobre el posabrazos del sillón de tres
cuerpos, estiró las piernas y cerró los ojos. Con los ojos cerrados podía
sentir mejor la vibración de la tierra, la vibración que hace todo el tiempo al
girar. En su hocico vibraban las montañas, en sus ojos grises también. El gusto
a pis del agua que acababa de tomar le parecía bien. María Eugenia se paró
apoyándose en el marco de una puerta abierta mirando a Eugenio y tarareando una
la melodía de una publicidad de autos. Lo miró, el Pupi se dio cuenta y abrió los ojos para mirarle a los
ojos que le miraban los ojos mirarle los ojos. María Eugenia le habló sin
despegarse del marco de la puerta.
“¿A ver el número de esa chapita? Vamos a llamar mejor, alguien lo debe
estar extrañando, estoy segura. Aunque por otro lado, a todos nos extraña
alguien en algún lado siempre.” Se levantó la nariz con el dedo índice por un
segundo para pensar. “No sé ¿usted qué quiere hacer? Porque si usted me dice que se quiere quedar,
no me tome a mal no le estoy proponiendo nada, solo le digo que si se quiere
quedar yo no tendría problema."
Eugenio descansó las orejas. Seguía escuchando la misma cantidad de
cosas, pero de otra forma. Recordaba a un hombre, pero no recordaba nunca haber
recordado algo de esa manera, era un recuerdo que le hizo mover el rabo y a la
misma vez doler todas las vértebras, como un pinchazo.
María Eugenia se puso el abrigo que colgaba de la silla, se puso la
capucha y levantó con esfuerzo la gruesa manga derecha para mirar el reloj en
su muñeca. “Son las 11.42” dijo caminando hacia el sillón, se sentó en el
espacio que el Pupi dejaba libre y miró para adelante acariciando el terciopelo
con relieve del otro posabrazos. El Pupi seguía girando con la tierra y le
llegaba el calor que venía de la campera de María Eugenia. Los dos sentían el
mismo frío. Después de unos minutos María Eugenia comentó “Debe hacer como 6
grados” y se inclinó hacia el cuello del Pupi estirando las cejas.
“¿10 9 8 7 6 5 4 3 2 1 0? ¿qué clase de teléfono es ese? Bueno, lo marco
y vemos .” “Hola sí, estoy acá con el señor Eugenio que… sí, sí, está bien. En
la plaza, bueno si si, Rivadavia 1234, piso 5. Sí, bueno, lo esperamos acá, un
beso, chau.”
“¿un beso? Le mandé un beso. Bueno, uno hace las cosas por costumbre
mucho. El otro día sin ir más lejos me fui a sacar la foto. Yo todos los años
en la misma fecha me saco una foto. Y las voy guardando todas en una caja. Lo
hago desde los siete, no sé si tiene sentido mostrárselas, pero yo cada tanto
las veo, agarro algunas y me trato de acordar una anécdota de cada año, pero
como titulares. 1989. Me caigo en una zanja de agua podrida. 1993. Se cae el
televisor para atrás, se prende fuego la escalera, la casa es caos y confusión.
Se culpa a mi hermano. 2005. Viajo al
norte, pierdo la valija, me devuelven la de otro, tiene algunas cosas mías que
había perdido en el pasado. 1990. Una noche oscura alguien se roba del patio la jaula
con Felipe, el canario. 2002. Me encuentro a 5 personas que conozco, en el
mismo viaje en colectivo de Parque Chacabuco a Flores. 1998. Cae el muro de
Berlín. Espere.”
María Eugenia se levantó del sillón. El Pupi cambió de posición y el
sueño le empezó a aligerar los ruidos de
la calle.
Después de levantarse, María Eugenia puso un disco de los Beatles,
asique el Pupi escuchaba al mismo tiempo a los Beatles y a los Rolling Stones. Lo curioso era que mientras en el piso de arriba sonaba Sad sad
sad, abajo la canción era Long long long. María Eugenia volvió al sillón con la
caja de fotos y se recostó de costado apoyándola en el piso. El Pupi se estiró
y quedó acostado a su lado, todo su lomo sobre la campera tibia de María
Eugenia. Enfocó lo más que pudo con sus ojos en las fotos que ella iba
levantando frente a su cara mientras le hablaba y le acariciaba la
panza. Casi al mismo tiempo que en el 6to. piso cambió la canción a Gimme
Shelter, el turno en el 5to. fue de Helter Skelter. -2008. Viajo al sur, pierdo
la valija, me devuelven la de otro, cuando la reviso me doy cuenta que era mía,
pero la había perdido en el 2005.- El Pupi disfrutaba de mirar todas esas fotos
de María Eugenia parada de la misma manera, en el mismo lugar -2012. Descubro
que a Felipe en realidad se lo comió un gato y que pasé toda la vida engañada-,
hasta que María Eugenia dejó de mostrárselas y se quedó dormida. El Pupi
recostó su cabeza sobre sus piernas y la imitó.
Lo siguiente que supieron fue que el timbre sonó.
3 comentarios:
hay olor a puuuuu
...hay oooolor a puu...
estuve cantando eso el fin de semana mientras nadaba con mi propio pu alrededor
magnifica gorde, más vale que me des unos cu@ntos de estos es año en compensación...
hay totalmente olor a pooh.
Me rompió un poco el corazón ver que María Eugenia Rosamontes se fue volviendo aun más loca con los años.
Me gustó todo. Cuando me enteré de que era un perro festejé, pero, ¡ay!, después me esperaba el dolor, porque ella deposita tanto en un bicho al que le gusta el sabor a pis.
Por otra parte, ahora sé que los perros sienten la nostalgia en la forma de un movimiento de cola y un dolor intercostal. Buen dato.
No me gustó que se lleven a Pupi, Agus. Mal escrito eso. En serio. Me parece una canallada de tu parte. Un abuso del poder unilateral de la escritura. Casi lloro.
Por lo demás, 10.
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