martes, 21 de abril de 2009

Felpa

Llegábamos naufragados de nuestras travesías, pero triunfantes. Y jamás nos respondían. Ofrecíamos sacrificios, echábamos humo al cielo en fogatas o con grandes mangueras. No teníamos señales. Se notaba en nuestros ojos, lo único que queríamos era contar nuestras aventuras. De otro modo nada de aquello habría valido la pena.

En vano, algunos ya al borde de la locura, armaban grupos que simulaban no saber nada de lo sucedido. Ejercíamos la actividad contentos, pero en el fondo sabíamos que todo estaba perdiendo valor, incluidos nosotros, incluidas nuestras peligrosas aventuras.

Sabíamos que nos escuchaban, gritábamos, escribíamos en grandes espacios, plantaciones, playas. Kilómetros de arena mojada mutaban en jeroglífico. Escribíamos en todos los idiomas conocidos. Algunos, ya al borde de la locura, inventaban nuevos idiomas, o nuevos dialectos, creyendo en esa alentadora millonésima posibilidad de acertar el de ellos.

Pero el cielo nada, el mar nada. El viento. Los padres infames de las piedras, los únicos acompañantes de estos náufragos en el recelo interminable de la caminata circular que parecían empezar todos los días. No daban una pista, un dato, un detalle.

Los más funcionales de nosotros, decretaron la obligación de un diario. Todos teníamos que escribir nuestras aventuras para, al menos, conservarlas para nuestros hijos, o nuestros hermanos. Se nos ocurría hasta releer más tarde nuestros escritos. Reíamos a carcajadas, quebradas. No nos olvidábamos de desear alguna palmada en la espalda, o un temblor de la tierra. Algunos, ya al borde de la locura, arrojaban sus diarios a los volcanes, se los alimentaban a las cabras. Suena igual pero es distinto, gritaban desquiciados, rogando que la ofrenda llegue a destino.

Perdieron el tiempo. Ya no hay tiempo. Cuando había tiempo tenían largas charlas, tomaban agua salada y comían telas de todos los colores. Festejaban. Pero ya no hay tiempo y nadie lo sabe. Todos están solos, los unos y los otros. Si los vieran, si tan solo los pudieran ver. Esas orejas gigantes, esas bocas de cráter, esas manos hermosas, ya todo es inútil. Una roca gigante cae, la amargura tapa ya sus ojos y sus narices. Ya no hay tiempo nadie sabe.

Extenuados ya débiles, comenzábamos rondas de baile. Nuestras ropas vueltas harapos, nuestros ojos de la textura del polvo. Apenas levantábamos los pies para ejecutar las volteretas, todos iban cayendo al piso. El sosiego parecía tomarlos con brazos que salían de la tierra y sus bocas echaban palabras de aire al cielo.

Todos preferimos hacer eso antes que seguir la farsa de ese baile del desconsuelo.

Fuimos apoyando las espaldas en el suelo para hablar en susurros inaudibles hasta que el polvo tomara con diplomacia el resto de nuestro contacto con ellos.

Algunos, ya al borde de la locura, giramos, cavamos pozos y unimos nuestros ojos con la tierra, nuestras bocas echando palabras de menos y menos aire al suelo.

3 comentarios:

Mikel dijo...

¡los padres infames de las piedras! ¡qué estilo mamita!

ariela dijo...

oh...dios
me mocionó el corazón cariña mía.
aaaay






aaay






ay




ah





y me dio ganas máaaas ganas aun de juntarnos a romper vidrios cuanto ya


(no debería decirlo pero tengo un secreto lindo que te concierne y que no vas a conocer hasta dentro de un mes y siete días)
muaaajajajaaaa
voy a tener que barnizarme la piel porque los secretos se me sudan por los poros.

Mateo dijo...

Bueníiisimo. Lo de los volcanes y las cabras me llenó de ganas de que el mensaje llegue a destino.