jueves, 3 de marzo de 2011

Kjære Henrik Ibsen: apaga el incendio en mi cabeza

Saben los hados qué nudos usaron para tejer ésta red. Razón alguna puede planificar tan diabólico plan, las manos ásperas de divinidades de cuerpos fibrosos y ojos miopes están tejiendo sin parar, ésta red que lo atrapa todo, que es más reliquia que red, o pieza de fina artillería sobrenatural.

En fin que Ari y yo entramos a la casa para ensayar, como habíamos quedado, a las 4 de la tarde. Llegamos al mismo tiempo y entramos charlando, extrañamente Ezequiel no había llegado todavía. No estábamos solas, estaba el gato, pero en un principio no lo notamos porque estaba agonizando muy quieto y silencioso en el piso. La primera imagen todavía está grabada en mi nuca por dentro: sentado en el piso con todas sus patas y la cabeza colgando sobre un charco viscoso verde y amarillo. La mirada fija, moscas.

A mi no me gustan los gatos y menos me gusta la muerte, así que con la ayuda de Ari (a quien le gustan los gatos y peca de más valentía que yo) cargamos al gato en el portagatos, que cargamos en el auto y salimos a la ciudad. Llevábamos un gato agonizante en el asiento de atrás entonces fuimos a una veterinaria, alentadas por una mezcla de fe con resignación. Creíamos que el doctor nos iba a dar una solución, pero sabíamos que el gato estaba muerto ya. Nos encontramos riéndonos de pequeñeces con esa risa de los funerales, con el viento de la ventanilla en nuestro pelo, el sol. Primer obstáculo: la veterinaria cerrada y el número que figuraba para urgencias daba equivocado. Señal inicial de que nuestros cálculos tendían al error. Fuimos a una segunda veterinaria que nos deriva a una tercera. Recorriendo Palermo con nuestro moribundo. Era una clínica, ningún pet-shop. El doctor nos dice que el gato está severamente deshidratado y en estado de shock. Ari y yo hidratadas sí, pero en shock también. Nos dice que lo tenemos que dejar internado y nos sale un montonazo de pesos. Después de dejar mis datos, nos retiramos en silencio.

Volvimos a la casa, con la palabra sacrificio entre las sienes y los cuerpos flojos. Ezequiel estaba esperándonos hacía dos horas, con su paciencia infinita, ahí, leyendo. Sin fuerzas para ensayar nos fuimos a tomar un café con leche con medialunas para el alma.

Ahora es mañana, entra en juego la dueña del gato, que se debate entre el sacrificio y la espera. Entre la muerte y la agonía, todos detestando al pobre Roberto por no poder decirnos que hacer (los gatos no hablan). La decisión ya no está en nuestras manos, está en las de ella, el médico nos dice que las chances son casi nulas, pero ese margen siembra una duda horrible, ese casi que te hace rechazar la idea de que la decisión es tuya.

A todo ésto yo tengo entradas para ir al teatro a las 8 de la noche, y si se decide matar a Roberto antes de las 10, nos evitamos pagar un día más de internación. El factor monetario mezclándose con la incertidumbre de lo fatal es una combinación indeseable, improbable, desconocida y por eso aterradora. A las 7 de la tarde me subo al colectivo que me lleva al centro. Pero una llamada puede cambiar mi rumbo porque al fin y al cabo, yo figuraba en los papeles como la dueña del gato, lo cual me hace imprescindible para ejecutar el asesinato de la piedad (palabra simbólica si las hay, recordando como cargábamos con ese hijo muriendo en nuestros brazos, en una gatera, en un Fiat, en Buenos Aires). Si el teléfono suena, tengo que ir a firmar la eutanasia de Roberto Gurevich, así figuraba el gato, con un nombre ominosamente parecido al de mi padre.

El teléfono sonó, para decirme que se había decidido esperar un día más, aunque el médico insinuara que no tenía sentido.

Seguí mi viaje al Teatro San Martín. Tenía ticket para ver dos obras seguidas, los había sacado para ir sola, siguiendo mi costumbre de no esperar cita para ir al teatro. Llegué al San Martín, apreciaba más que nunca estar ahí, dado que mi plan alternativo era matar a mi padre y formar parte de un trío femenino que cargaría un gato muerto en la oscuridad de la noche buscando un buen lugar donde enterrarlo, sin tener siquiera una pala.

Entré a la sala y vi una suerte de re versión de Casa de Muñecas, de Henrik Ibsen. La obra no me enloquece aunque entiendo su valor. Al terminar salí de la sala, para volver a entrar y ver la segunda obra. Ésta, basada en Hedda Gabler, del mismo autor y del mismo adaptador y director. Hedda Gabler es una obra que me apasiona, los personajes son tan oscuros que me dan ganas de prenderlos como una lamparita o de perderme en ellos para siempre. Otra vez la puesta no me cautiva, parte de la adaptación consiste en el matrimonio de Hedda Gabler y Jørgen Tesman viviendo de prestados en un teatro, en una escenografía, en un juego de autorreferencialidad con lo teatral y con los que habíamos visto que esa misma escenografía la acababan de usar para la obra anterior.

La obra ya iba acercándose al final, yo estaba bastante expectante de ésto secretamente, porque me aburría un poco. Llegó la escena donde Hedda le dice a Tesman que quemó el manuscrito (¡Quemé a tu hijo Thea!), que lo quemó en el lavabo del baño del camarín, y entra por la puerta de la escenografía una señora a la que no habíamos visto en toda la obra. Un segundo de extrañeza y un poco de adrenalina. ¿La obra tenía un as bajo la manga? La mujer entró con una actitud muy diferente a la de los demás cuerpos en escena, como si arrastrara los pies pero sin arrastrarlos. Se paró, miró a público y nos dijo “no se asusten, vamos a tener que evacuar la sala porque hay un pequeño foco de incendio en el teatro”. Nosotros todos callados, nos quedamos mirándola, con una mezcla de fe y resignación, esperando que su monólogo siga pero sabiendo que eso no era todo. Después de unos segundos una vieja, haciendo buen uso de la famosa "impunidad de la tercera edad", pregunta “¿es la obra o es en serio?”. Todos los actores hacen un gesto al unísono dejando en claro que eso no estaba en los libretos, el personaje de la señora nueva dice “no, es en serio, están buscando dónde está el incendio pero estamos vaciando el teatro, asi que vayan saliendo tranquilos de la sala, accedan a la salida por las escaleras”. Nos empezamos a levantar de las sillas, tranquilos, más por el mareo de ésta cesárea a la realidad que por educación ciudadana. Los actores hacen lo propio. Yo, sin nadie con quien comentar lo extraño de lo que está pasando, subo en silencio las escaleras. Pienso en la actriz diciendo “Sí, quemé el manuscrito, en el baño del camarín” y en la posibilidad de ese hecho invisible generando un incendio real en el teatro.

Estábamos en el tercer subsuelo así que el ascenso al mundo exterior amainó un poco la violencia de los cambios, de lo que está fuera de todo posible cálculo.

Salí a Corrientes donde había tres camiones rojos cortando la avenida. Muchos de los que hasta recién eran público se quedaban parados en la puerta, conversando. Mi sentido común me hizo alejarme un poco más, crucé la calle y me quedé mirando el teatro desde la vereda de enfrente. No se veía fuego, ni humo, ni nada. Yo pensaba todos éstos bomberos buscando un incendio que acaso nunca van a encontrar, porque está únicamente en lo aludido de la narración. Mi cuerpo se quedaba ahí parado, no sé bien por qué. Sentía que ya tenía que irme, que no había nada para ver ahí, pero mi rol de espectador no podía ser borrado de un escobazo. Pasaban los minutos y yo me quedaba parada mirando el edificio, mirando los bomberos y su despliegue escénico.

Un rato largo pasó y con el rabillo del ojo veo venir una forma floreada corriendo hacia mi, escucho mi nombre. Me doy vuelta y era Estefanía, una amiga a la que no veía hacía muchos años, que venía hacia mi contenta. Reaccioné y nos abrazamos. Ella iba muy apurada, me pregunta que qué hago ahí parada y me cuesta explicarle, le hablo de un incendio, de Hedda Gabler, del tercer subsuelo. Me dice que está llegando tarde a una obra en el teatro de la Cooperación, ubicado justo en frente del San Martín. Le digo que vaya y nos despedimos. Me vuelvo a quedar parada un minuto y veo a la Hedda Gabler salir fumando un cigarrillo e irse para el lado de Callao. Decido que esa es mi señal, que el espectáculo terminó, y empiezo a caminar. Avanzo diez metros y suena mi celular. Es Estefi que dice que tiene un dos por uno y que ahora me explica porque está caminando atrás mío. Cortamos y me repite que tiene un dos por uno y me invita a ver la obra. Aunque la idea de entrar a ver una tercera obra en la noche me pareció un poco abrumadora, acepté porque me alegraba de verla y porque se ve que sentarme a seguir expectando me hacía sentir más cómoda que esa incertidumbre que llevaba por la calle.

Entramos a ver la obra, el argumento era éste: una actriz que se reencontraba con su ex marido en el camarín de su teatro que incidentalmente acababa de incendiar, y estaba ardiendo mientras el encuentro transcurría. Impactada, pensé que la labor del cuerpo de bomberos allá afuera se estaría recrudeciendo. Una cuadrilla de hombres muñidos de enormes mangueras buscando el foco de un incendio que estaba ubicado en el único lugar en el cual no están entrenados para acceder, en la cabeza de un grupo de personas que sucedió, fueron espectadores de una misma obra (y que fueron evacuadas y separadas en un claro plan de amenguar y apagar el incendio desde la raíz). Y yo, siendo el único elemento fugado de ese grupo que antes estaba viendo la obra justo enfrente, ahora oculta a sus espaldas, mantenía ese fuego nómade encendido.

Toda ésta sensación de ser la causante prófuga y huidiza de una catástrofe urbana, no me impidió notar que la actriz representada por una actriz, hablaba de una tercera actriz a la que odiaba y que había hecho el papel de Nora, la protagonista de Casa de Muñecas, de Ibsen. Para esa altura del día mis ojos ya no se abrían ante cada suceso, se mantenían achinados y tranquilos en su posición natural, mientras mis terminaciones nerviosas temblaban de emoción. Casa de Muñecas era la primera obra que había visto esa noche.

Al salir, nos fuimos a tomar una cerveza a una pizzería para ponernos al día aunque sea un poco, de todos esos años sin vernos. Nos pareció por lo menos llamativo el hecho de que teníamos historias que incluían a las mismas personas, pero sin nunca cruzarnos nosotras. También, y para no perder la línea argumental, le hice notar cómo había pensado en ella los últimos días, por haberme encontrado hacía muy poco (en otra situación entretenida, por lo menos) con quien había sido coprotagonista de un cortometraje que ella protagonizó y yo dirijí unos cinco años atrás. Lo cierto es que no, no dejamos de sorprendernos. A cada coincidencia llenábamos de gritos, risas y aplausos la pizzería. Éramos como dos puntas de un ovillo de lana anudado.

Al día siguiente fui a la veterinaria y firmé un acuerdo de eutanasia a nombre de Roberto Gurevich. El final ya estaba escrito. Pero no, “escrito”, mi firma no tiene valor alguno. La dueña del animal, a último momento decidió llevarse al gato a su casa, conectado como estaba de sueros y medicinas, y dejarlo morir de muerte natural, o vivir un rato más. Ya quien sabe.

3 comentarios:

quelindalluvia dijo...

no me pregunten qué pasó con los tiempos verbales.
está fuera de mi control.

Mikel dijo...

muy buenoMuy bueno agus! esto lo emprolijás y lo peinás un poquito y se lo mandás a Dios.

Lu dijo...

mandáselo a dios, sí, pero como reclamo, está habiendo muchos errores en la matrix.

sobre todo lo de roberto, no es nada justo que un gato bueno y lindo se muera así porque sí.

definitivamente no fue un día regular, y me sorprende muchísima todo, pero más que nada, lloré dos veces mientras lo leía