lunes, 26 de diciembre de 2011

Una lístnea está formada por infinitos puntos

La lista que armé dice que el amor y que la muerte son un segundo. Pero que un segundo es un chiste, una adivinanza, una pregunta con múltiples opciones. Que a su vez son todas un chiste y una adivinanza, y una pregunta con infinitas respuestas.

Hay un héroe, que rompe las palabras con una pluma prehistórica, un arma perfecta que no tiene origen, y las traspasa como bailando sobre ruinas de arena, suaves y sabias. Llega al trono y Reina, y no nos acordamos como era que no esté.

Hay bares de madera vieja, con un hombre olvidado tocando en la armónica una melodía para que ella baile. Ella, la última mujer en el planeta, menea etéreo su vestido cargado de tierra, marca con los dedos el ritmo en las nubes de humo que salen de sus labios.

No hay mañana, en mi lista, porque somos las únicas dos personas del universo. Y para tan pocos, no lo necesitamos. El sol siempre se pone por detrás del molino y sale por la playa.

En la lista está la salvación, en algún lado. Están los errores cometidos y las montañas no traspasadas, y está el fuego que rescata las almas al final. Un coro femenino, gordo y angelical; esclavo. Un amo con un corazón partido, siempre a punto de chocar y descarrilarse. Siempre entregando todo por sus hijos y sus hermanos.

En la lista se repite con dos voces diferentes que el amor y la muerte son uno. Porque son el espacio más lejano en el cielo que vemos arriba nuestro. Son una misma fábula contada al derecho y al revés, pero son una misma fábula. Son un mismo segundo en dos pestañeos distintos, pero son un mismo segundo.

Una vez aparece un pájaro que vuela alto sobre desiertos con precipicios de piedra. Lo ve todo, pero podría volar al revés y entendería lo mismo.

Nosotros en cambio, no aparecemos volando. Estamos en la playa, o incluso un poco más abajo. En el fondo del mar. Hay una tormenta, que se repite cada algunos siglos, pero no hay segundos ni minutos. Es siempre la misma tormenta.

Hay hacia el final unos ojos, no podría precisar el orden. Los ojos parecen estar dibujados con un marcador negro sobre la hoja blanca. El trazo se siente estallar al mirarlo, y los ojos atrapan a cualquier lector que intente leerlos (todo lector, por defecto, intentará leerlos). Es una motosierra que sale de abajo del libro y te corta la cabeza en dos. Dos cabezas, sos un monstruo pero al menos nunca más vas a estar solo.

En un rincón de la lista hay un señor que sintió todo. Está cantando con una guitarra así y un gorro de estrella de cine. Es clásico, fuma un cigarro que lo besa perdidamente. Sigue pensando, pero ya pensó todo lo que se puede sentir y viceversa.

Hay un avión que aterriza sobre un escenario luminoso de cien colores. Luces robot revolean sus cabezas y encandilan a los pilotos que se ríen y sienten el olor del pavimento mojado. Los reflejos en los charcos dan las señales para que todos los tripulantes aplaudan la hazaña y bajen a encandilarse con el sol, las luces y el aluminio brillante de los robots.

En la lista hay libros que cuentan sobre éstos aterrizajes. Hablan de los colores, de los gritos y las risas, dicen que “bajen a encandilarse con el sol”. Dicen que eso es el amor, y que lo contrario es la muerte. Pero que son lo mismo. Están para cuando alguien alguna vez quiera aprender algo, ya están escritos. En la lista.

No hay un pozo de ranas venenosas que un día volarán como palomas. Pero por no haber, al final hay. Y todos se preguntan si el resultado de esa ecuación no es dudoso, si lo que dudan existe y por qué entonces están solos.

¿Toda la demás gente no es acaso distintas partes de nosotros, proyectadas en inventos con dientes de madera o de marfil, tanto en el sueño como en la vigilia? Ésta pregunta no está escrita, pero por no estar, al final está. Es maravilloso.

Adentro de la lista hay una lista, que dice Verano, Ceneas, Otoño, Parasol, Lumesea, Invierno, Nordeo y Primavera. Son las ocho estaciones, el tiempo se parece más a ese momento de no entender si la pesadilla era real y darse cuenta que no. El tiempo no existe, es alivio lo que llena los lugares y es alivio lo que vemos. Nada más que alivio sentimos con ésta nueva división. Cada temperatura tiene su nombre, treintisiete ya no es más un número (En la lista aparece tachado. En la lista están todos los números, pero están tachados), ahora es una estación.

Hay un último punto en la lista que dice “éste no es el último punto de la lista”. Lo cual significa “éste no es el final”.

3 comentarios:

Mikel dijo...

puta madre agus, qué linda tormenta. no me importa que no escribas nunca porque cada vez que lo hacés está todo dicho.

en realidad sí me importa. mi corazón se rompe en dos, significa también que nunca más voy a estar solo?

amor a muerte!

Lu dijo...

increíble,
creo que son las palabras fundacionales de nuestra nueva religión, alivio en vez de tiempo, si, eso es.
tachame la doble.

Mateo dijo...

Que lindo, Gu.