La voz de Marta
estaba más nasal de lo común, cuando golpeé la puerta preguntó Quien es y noté
que tenía la voz mucho más nasal. Me pregunté si estaría con gripe o algo
contagioso, y tuve mucho miedo de tener que cancelar el plan por causa de virus
o bacterias. Algo tan chiquito Marta, le dije del otro lado de la puerta. Ella
con su voz nasal me volvió a interrogar, yo repetí Que sería una picardía
cancelar todo por una nimiedad ciertamente superpoderosa y harto pegadiza como
es un resfrío o una tonta gripe. Marta se hacía la que no entendía, pero con la
voz así tomada como la tenía es claro que podía deducir de qué le estaba
hablando, a pesar de que esperaba escuchar mi nombre en lugar de esa respuesta
(Ella había preguntado ¿Quién es? Y yo, Algo tan chiquito Marta, le dije, en
vez.). Incentivando la vagancia intelectual de Marta la vecina, su poca chispa
inductiva (no estuve bien, le di el pescado, sé que le di el pescado a Marta)
le respondí directamente a sus preguntas más básicas. Me identifiqué con mi
nombre seguido de “el vecino de al lado” y le comenté que tenía unos videos que
me interesaba mostrarle. Agregué que a ella también le interesaría verlos, como
para asegurarme de algunos objetivos a corto plazo (llámese entrar a lo de Marta,
llámese recibir una opinión calificada o tal vez sólo charlar ahí mismo en la
puerta un ratito, que ya es bastante).
Marta, que ya me
había visto más de una vez paseando al perro o baldeando la vereda o tomando un
mate en el escaloncito o haciendo mis pintadas callejeras, supo enseguida de
quién me trataba. Lo que una vez más no pudo deducir fue el asunto de los videos.
Ahí llevaba ventaja yo, que planeaba jugar con su curiosidad como si fuera una
hamburguesa (hasta límites insospechados). Ella me preguntó más cosas, del
estilo hora, clima, tipo de calzado, camisa, pantalón. Debo reconocer que temí
por el éxito de mi misión cuando tuve la pésima idea de responderle que iba
vistiendo unas bermudas demasiado cortas y una camisa de puños. No es una combinación
que las señoras aprecien, ahora lo se.
Otra cosa que sé
ahora sobre “ser una señora” (una de las infinitas cosas que se me escapan y
que entenderlas califica de
imposibilidad. Digo, nunca voy a ser una señora, pero tampoco una gimnasta rusa
o mi papá o un germen en la luna. Nuuuuuunnnncaaaaa, nunca nunca nunca nunca
nunca nunca nunca nunca nunca nunca nunca), otra novedad sobre ese misterioso
mundo de las señoras acá representado por mi vecina Marta es que abren la
puerta instantáneamente cuando se les habla de deportes. No sé por qué razón se
me ocurrió hacer referencia al torneo de atletismo que estaban dando en la tele
y fue pura Marta pura toda abriendo la puerta. Aunque la verdad, todavía
parecía dudar un poco. Creo que le dije que le había grabado la parte de salto
en largo y salto en alto de las olimpíadas en unos casets para que los pudiera
ver todas las veces que quisiera. Dejo abierta la posibilidad de que mi señora no represente eficazmente al
gran espectro del ya mencionado “universo señora”.
Ya adentro de la
casa de Marta, en shorcitos (bermudas cortas era un eufemismo) y leñadora,
aproveché para halagar sus macetas. Indagaba yo sobre sus plantas, no sin un
objetivo claro. Ella me hacía unas preguntas, que no recuerdo a qué apuntaban,
pero sí me acuerdo que no respetaba ningún protocolo de respuesta. Marta me
contestaba con una pregunta siempre, y ni siquiera tenía que ver con plantas,
me hablaba de la hora, de mi madre, de las pintadas callejeras y sobre todo de
los videos. Que los videos ésto que los videos ésto, que los videos así que los
videos así, Marta, que los videos ¿¡QUÉ?!
Fue sólo un
segundo que perdí la paciencia, pero lo controlé apegándome a los planes (eso
siempre funciona, mis cálculos siempre tienden a ser correctos, siempre. Me equivoco
una vez cada muchos años. Se bastante.). Marta se tranquilizó después de que le
grité, porque en seguida saqué los videos de la bolsa. Un dato para tener en
cuenta, que sirve mucho en éste tipo de situaciones para alivianar el clima, es
aprovechar lo dado: por ejemplo, yo tenía los casets VHS en una bolsa de
zapatos, de una zapatería de ahí de la zona, Patriland Calzados. Entonces
cuando saqué los casets (algunos, tres o cuatro, no todos) le dije a Marta
contento, Mirá los zapatos que te compré. Una risa.
En seguida
rectifiqué y aclaré que lo que sostenía en mi mano eran los ya mencionados
casets y no eran zapatos. La información que no entregué todavía era que no se
trataba de grabaciones de atletas saltando ni en largo ni en alto. No había
nadie saltando, ni tampoco había atletas, ni quietos ni nada, en mis cintas (les
recuerdo que eso lo inventé para acceder a Marta, una decisión tomada sobre el
minuto con éxito).
Después de lo
del chiste se ve que Marta sonrió en un momento y breves instantes después
estábamos en su living. Me acerqué a la videocasetera y le dije Marta, yo se
que vos te dedicás al cine o que te gusta ver muchas películas (yo escuchaba
todas las películas que Marta veía desde mi cocina), quería ver si me podías
ayudar con una cosa. Como un favor de vecinos ¿puede ser? Marta de hecho era
arqueóloga, y por eso de buen corazón. Eso yo lo sabía porque escuchaba todas
las conversaciones de Marta desde mi cocina, nos separaba una medianera de la
calidad que las hacían en la década del 40. Decía cosas lindas Marta, hablaba
sobre ruinas y sobre amigos y sobre libros. Había un juego que jugábamos cuando
ella hablaba por teléfono que yo agarraba mi teléfono y desde mi cocina le
respondía como si fuera su tío o su hijo o su amiga Dora o su marido el
explorador que casi nunca venía a casa, y así horas. Preferí que en ese momento
no hablemos del juego ni nada, porque ya estaba por la parte del discurso de “La
verdad de los casets” (así le puse de título cuando lo escribí), aunque como me
olvidé el papel original (estaba seguro de que lo había puesto en el bolsillo
de la camisa) se lo dije medio mal.
Ella me entendió
y me autorizó a usar su videocasetera, hice ese gesto con el brazo que se hace
cuando las cosas salen bien (brazo en 90º, puño cerrado boca arriba y un mini
codazo hacia atrás) y puse el primer caset.
Marta estaba
sentada en un sillón, con unos pantalones rojos pinzados de botón alto y una
blusa de señora muy bien, muy bien (recién ahi me percaté del error de mi
camisa, por contraste). Marta era una señora muy hermosa en su ropa y en sus
gestos, me hubiera gustado que mi medianera fuera de cristal. Ahora la voz de
Marta, mi mejor amiga en las tardes, parecía poco. Sentada en el sillón, sostenía
un cigarrillo blanco entre los dedos que le-encendí-enseguida-con-mi-encendedor-linterna;
apenas el cigarrillo estuvo prendido giré mi encendedor en un solo movimiento ágil
y rápido, y le mostré la luz que se encendía en la base. Marta asintió con la
cabeza frunciendo un poco los ojos ante la potencia de mi adminículo. Creo que
quedó impresionada, la encandilé. Siguió fumando y me dió el control remoto. Pedí
permiso mientras me sentaba en el sillón junto a ella y apreté el botón que
hizo andar el video. La videocasetera marcaba ya unos 00.01.34 en el display de
tiempo cuando llegó el momento de hablar.
-
Marta, no entiendo ¿ésto ya pasó?
Marta exhaló el
humo poniendo la boca como los besos, el humo que había inspirado hacía ya
varios segundos.
-
¿Sos vos ese?
-
Mhm... pero todo mucho más chico.
-
Si, veo...
-
Quería verlo con alguien que me dijera su opinión y,
Marta, yo realmente respeto la tuya y me gustaría mucho que me la digas.
-
Mi opinión...
-
Mhm...
-
Es un video muy lindo, la playa es un lindo lugar para
estar cuando sos chico y hace calor.
-
¿Me podrías hablar de ruinas?
-
Hay una playa en Cádiz con unas ruinas romanas
enterísimas, es como una película que se mantuvo andando durante decenas de
siglos. Es como si viéramos tu película pero en el año 4000.
-
Si, mhm... pero lo que no entiendo es ésto ¿cada vez
que veo éste caset tengo a la vez de nuevo 3 años y estoy en la playa?
-
No. No, no realmente.
-
Ahá. Y ésto otro; si me lo acuerdo más que nada de
verlo en el video ¿cambia en algo el hecho de que entonces eso tal vez no haya
pasado nunca? ¿se me puede borrar el caset un día? ¿o que pasa si no me lo
acuerdo más y se me pierde el caset?
-
¿Cómo? No, las imágenes de tu vida son igual que las
películas, no se pierden.
-
No, las películas sí se pierden, lo que no se pierden
son las ruinas.
-
No, las ruinas sí se pierden, lo que confunde a veces
es el mar.
-
¿Cuando lo ves y no sabés si es el mar o no?
-
Claro, algo así.
-
¿Puedo poner otro de mis casets y verlo acá en tu casa
con vos? En éste ya soy más grande, dice el año en la etiqueta ¿ves?, tengo
muchos videos y no tengo casetera. Marta ¿podría...
Marta se parecía
a las ruinas y me permitió quedarme con ella. Su marido el explorador no iba a
volver, y ella era más dócil de lo que yo me había figurado en mi cocina.
Lamenté haberle mentido para llegar hasta ahí, lamenté no tener los videos de
atletismo de las olimpíadas. A pesar de haber logrado mi objetivo, lamenté todo
salvo estar en el mismo sillón que Marta. En un momento tuve que contener mis
lágrimas cuando me llamó “hombrecito”, pero es que estábamos tan solos ahí, tan
solos que quise llorar de la furia. A mi me gusta pasar las tardes en el
banquito pero cuando vi que Marta me necesitaba tanto, el banquito y los
aerosoles parecieron los asesinos, los villanos, se parecieron al explorador.
¿Dónde está tu marido, Marta? Le pregunté.
-
En éste video ya sos todo un hombrecito, mirá. ¿Era tu
cumpleaños?
-
No.
-
A mi me parece que es tu cumpleaños.
-
No.
-
Que linda torta ¿vos vivís solo acá al lado?
- Era mi cumpleaños de 12.
-
¿Y ahora cuantos años tenés?
-
Veintiocho.
Marta se rió
fuerte y brillante mientras apagaba la colilla en un cenicero con la forma del
Coliseo. Cumplo veintinueve la semana que viene, agregué.
-
Bueno.
No me creyó,
pero como no me invitó a retirarme me seguí quedando. Puse el video del baile
de los títeres y nos divertimos. Mi plan avanzaba a la perfección pero había un
detalle que me tenía algo inseguro: nunca había pensado en el final. ¿Qué tal
si me iba y nunca lograba volver a entrar? ¿Qué tal si no me iba y Marta me
echaba dulcemente? ¿Qué tal si no existía realmente un plan? ¿Qué tal si le
proponía una de las opciones más arriesgadas? Derribar la pared de la cocina y
ser una casa los dos.
El clásico miedo
al futuro me hizo soltar la lengua (¿qué iba a hacer en 15 minutos de mi sin
ella?). Con la idea de derrumbar la pared se empezó a derrumbar también mi
cróquis perfecto.
Con una maza que
rompiera esa medianera conseguiría las ruinas de lo que inventé, Marta, para
vos y para mi. Y yo soy una ruina Marta, mirá esos videos que ya no soy, y mirá
lo que soy ahora, estoy como disuelto en el aire y estoy más solo que vos Marta
y no tengo veintiocho, tengo diecinueve y no se qué hacer en ésta casa tan grande
y hablo por teléfono con vos sin que vos lo sepas, te pido perdón por eso.
Como si fuera un
chiste malo que alguien está escribiendo, en el video empezaron a sonar las
voces de mis amiguitos cantando el feliz cumpleaños para mi. Busqué
desesperadamente en mis bolsillos las notas que había hecho, quise aferrarme al
plan de nuevo pero Marta me miraba fijo y con pena. Y sus ojos son como
removedor de pintura, y también son tóxicos, y también me calman pero me dan
ganas de mirarla con pena por la pena que veía en sus ojos que me miraban con
pena. Éramos una ruina, ella hermosa y yo en shorcito como desnudo de la
vergüenza.
Supe que era el
momento de irme, ese era el plan ahora. Le habría pagado a Marta con pesos
nuestros para que me echase, pero ella era una ruina amable y eterna y pensé lo
obvio y se lo dije.
-
Vos sos Cádiz, Marta. Sos igual a Cádiz.
Ella me
respondió que yo también, que todos éramos Cádiz, que Cádiz era la curva que
nos lleva a casa y todo lo demás. Todo era Cádiz.
-
Tal vez ya sea hora de que te vayas, angelito.
Gracias señora
Cádiz, de nuevo quise llorar pero me lo aguanté. A las señoras no se si les
gusta que los hombrecitos lloremos, supongo que si. Me lo aguanté pero un ojito
chiquito se me salió del ojo y me lo sequé con la manga.
-
No llores, sos un hombre lindo. Pero ya no deberías
pintar nuestras paredes.
-
Tengo que pintarlas, no tengo opción.
-
Feliz cumpleaños. Es hoy ¿no?
-
No (Si, claro, vió la fecha en el video). Chau, gracias
señora Marta.
-
Por nada, te quiero.
-
No tocaba que diga eso. Chau. Gracias. Señora Marta.
-
Chau. Fue un placer, angelito.
No se por qué la
quise callar y casi le doy un beso en la boca, pero en vez de eso hice el
sonido ese de silencio (ese que es como yyyyyyy) y me fui rápido.
Cuando entré a
casa lloré un poco en el baño como para no hacer un escándalo en el living o la
habitación. Cuando me vi en el espejo del botiquín tenía ocho años, apagué la luz. Después
cuando terminé con lo de llorar, busqué la maza y me quedé parado frente a la
pared de la cocina con la maza en la mano por 5 días eternos.
8 comentarios:
es muy lindo todo. la primera frase es perfecta, una puerta de entrada al texto entero, de la pared para acá.
ah y vivan los detalles, el cenicero del coliseo, el episodio del encendedor con linternita, los aerosoles, la fecha de su cumpleaños en el video, &c.
pero el chico qué enfermedad tiene? cómo hace para vivir? pobre
y qué son esos asteriscos sin salida?
la operación "medianera de Cádiz" es LA historia de amor. for all you mono-ambientes out there
Me gusta muchevich!
Mini codazo hacia atrás: gran descripción del gesto de éxito.
La segunda mitad es genial, uno ya sabe qué está pasando y puede disfrutar de los detalles (vivan los detalles) sin dejar de seguir la trama.
muchorevich en vez de muchevich
los asteriscos me colgué, ahi los saco.
enfermedad? tipo que? paperas? no se como hace... nada, vive. Así hace, asívich.
si, casí caigo en la de los asteriscos!
bueno, cai en el primero, en el segundo hice el gesto del codito.
lovely muchevich, lovely.
creo que estas somatizando ph y cumpleaños, si se me permite meterme con tus paperas
Que no entiende el concepto de filmación digo. o no entiendo yo?
Ah, pero no entender nada no es una enfermedad. Las paperas son una enfermedad.
Y si, puede que tenga unas paperas psicológicas.
Y si, mi vecina se llama Marta.
Y si, a veces no entiendo nada.
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