Si, ya se. Ustedes se preguntarán dónde demonios están mis aros. Se que puede resultar irritante la ausencia de mis aros, pero tengo una buena explicación. No es lo que parece.
Sucede que tuve que visitar el templo de Hanuman allá por el continente Asiático, más precisamente La India.
Las ruinas del templo del Dios Hanuman eran celestialmente hermosas. Muy destruidas claro, pero invadidas por un bosque abundante y húmedo. Un paisaje más que interesante.
Esa mañana antes de dejar el hotel me vestí para la ocasión. Bermudas caqui, camisa caqui, mis zapatillas de trekking color marrón, medias blancas, una gorra caqui para protegerme del sol, el valioso morral de cuero y hebilla enchapada en oro, mis anteojos tornasolados con su respectiva tirita para tenerlos cómodamente colgados, y por supuesto, mis aros.
Subí a la van que nos transportaría al tour correspondiente a ese día. Ya estaba plagado de alemanes, porque era la van de las 9:30. Sin embargo, el viaje fue ameno y logramos divisar varios de esos chanchos hindúes que tan simpáticos me resultan. Fotografié a tres de ellos y una pintoresca casita de barro con un cerdito en el interior.
Al llegar al templo quedé pasmada de lo imponente. El polvoroso guía nos llevó por un camino de tierra que se adentraba entre la flora mientras nos explicaba los orígenes del templo. Éste había sido invadido por los monos poco tiempo después de haber sido construido y sus habitantes lo abandonaron creyendo que si así había ocurrido sería porque Hanuman así lo quería. El bosque y los monos se apoderaron del templo. ¡Qué simpático!
Antes de ingresar en la parte tupida, frenamos ante la presencia de un peculiar hombrecito que vendía bananas a los turistas para que podamos alimentárselas a los habitantes del bosque. Yo por supuesto le compré un plátano por un dólar (el precio no era muy justo, pero todo sea por la experiencia de contactarme con uno de estos simpáticos animalitos) y lo llevé bien a mano para estar lista.
Continuamos camino siguiendo a nuestro amable guía zonal. El gran interés que me despertaba todo el asunto y mi espíritu aventurero me llevaron a desviarme levemente del camino para apreciar más de cerca un altar en ruinas cubierto de plantas. Ese fue el momento en que el mico se apareció frente a mí. Yo le ofrecí en un gesto amable el plátano que tenía para él. El animal me miró a los ojos y con un grito agudo comenzó a saltar tirándome del cabello. Intenté recordar el nombre del guía para gritarlo pero la urgencia me hizo gritar Maricarlos. Llamé al guía con el nombre de Maricarlos y nadie vino a mi ayuda. No me oían, nadie se llamaba Maricarlos y los gritos del simio superaban los míos. Dificultades. En ese momento el muy maldito mono comenzó a reirse y zas!, de un manotazo del “pie” derecho me arrebató el arete izquierdo y acto seguido colgándose de mi valioso morral con la mano del otro “pie” me sacó de un mordisco el aro derecho dejándome (ah, que vergüenza me da) algo de banana masticada en la oreja. Humillante. No contento con el acto de felonía que acababa de cometer depositó algo de excremento en mi valioso morral y en mi gorro caqui, me despeinó en un movimiento rápido de alguna de todas sus manos y salió corriendo en posesión de mis aros hasta perderse entre la vegetación.
Comencé a correr buscando a mi grupo de alemanes, no podía parar de gritar que había sido asaltada por un mono. Yo sólo quería que me devuelvan mis aros. Encontré al guía, que finalmente se llamaba Vinshú, sin poder frenar mi situación nerviosa. Él decía cosas que yo simplemente no comprendía, allí me solté a llorar en los brazos de Vinshú. Le rogaba que consiguiera mis aros, le rogaba que ajusticiaran a ese simio. Me indignaba la sola idea que pudiera seguir delinquiendo a costas de turistas nobles y de alma aventurera como una.
Tanto le rogué desesperada, que Vinshú esto, que Maricarlos por favor, que el polvoriento muchacho se compadeció de mí y me condujo por otro camino. Uno diferente, “only employees”. Por el tono de los sonidos que emitía creo que me estaba explicando algo, pero yo no podía comprender los inconsistentes vocablos de ese idioma que manejan. Le pregunté si no manejaba el castellano, o a lo mejor el inglés, que yo algo me arreglo con ese también. Pero Vinshú era muy autóctono.
Al final del sendero llegamos a unas ruinas que cumplían la función de una suerte de oficina. Vinshú se sacudió el polvo y abrió la puerta indicándome que pase. Atravesé la nube polvorienta que flotaba alrededor del muchacho y entré. El espacio estaba delimitado por telas al fondo y a los costados y en una mesa estaba sentado el peculiar hombre de las bananas. Estaba usando mis aros con una actitud muy solemne y estremecedora. Claramente no atiné a sacárselos (oh por dios, mis pobres aros, en ese hombre tan… peculiar). Miré desconcertada a Vinshú esperando indicaciones cuando un sonido me estremeció. Era un leve chillido simial proveniente de atrás de una tela. Aterrada retrocedí chocando a Maricarlos y cayendo al piso. Suerte que mi vestimenta caqui no hacía notar las varias manchas de tierra que contaba mi atuendo. Un mico más pequeño que mi atacante ingresó. Con sus graciosos movimientos le quitó mis aretes al serio y estático bananero y los depositó sobre la mesa. Simio retiróse ofreciéndome antes un elegante ademán. Yo, tiesa y aterrada en el piso, respondí al ademán porque al protocolo lo respeto bajo cualquier circunstancia.
Luego de unos segundos de silencio, me levanté lentamente y caminé hacia la mesa con la intención de tomar mis aros y retirarme de allí. Alargué la mano hacia ellos, finalmente iba a recuperar mis adorados aretes, pero Bananas los tapó con su mano en un movimiento rápido, me miró poniendo su dedo en su boca indicándome que me quede callada. Y luego me entregó los aros. Yo los tomé y corrí, corrí desesperada, pero muy rápido y sin tropezones gracias a mis zapatillas de trekking.
Llegué hasta la entrada del templo y me subí a la primera van que partía. No voy a decir que no se me cruzó por la cabeza denunciar esta mafia inter eslabones evolutivos. Pero no, no lo hice. La imagen de Bananas con mis aretes y ordenándome silencio fue suficiente. Yo sólo quería volver al hotel, darme una ducha, vestirme para la cena con mi elegante vestido miniflada, mi bleizer de hombreras (porque por la noche refresca allí en La India), y por supuesto, mis aros.
Pero aquí me ven, sin ellos. Efectivamente regresé al hotel, dejé mis aros sobre el finísimo secretaire y procedí a bañarme y vestirme. Entonces el horror, imágenes moniles no dejaban de aparecer como flashes frente a mis ojos, monos robándome, monos saltando y orinando hacia todos lados, monos en situaciones obscenas, entre ellos, conmigo, monos vestidos como personas trabajando en mi oficina, comiendo en mi cocina, hasta creí ver ese famoso mono en el inodoro en el baño de aquel hotel cinco estrellas de La India.
Salí tropezando del baño, descalza, claro, y desquiciada. Tomé mis aros del fino secretaire y los arrojé con todas mis fuerzas lo más lejos que pude a través de la ventana. El frenesí de apariciones simias cesó al instante. Sin embargo, a sabiendas de que el sacrificio de mis aros en pos de mi salud mental era correcto, me entregué al llanto desenfrenado durante toda la noche.
Había perdido mis aros, y aquí me ven. Distinta, incorrecta, lo se. No es fácil para nadie acostumbrarse a esto. Soy una mujer con familia, con amigos. Pero todos aquellos que me quieran, que sientan algo de afecto por mi, van a tener que hacerse a la idea de que ya no voy a tener nunca más mis aros.