domingo, 8 de junio de 2014

La última partida

Cada pisada era un charco, las botas de goma se hundían en el agua como hojas secas. La casa era un río, un embalse. Bajo la luz cálida de la mañana, con el reflejo del cielo en la ciénaga del parquet, toda la planta baja parecía tener pisos de oro, cortinas de oro, muebles de oro y gente de oro. Todos tomaban un te dorado en tazones dorados con sus labios dorados, sobre el terciopelo azul del sofá, con ribetes dorados, y ese aroma portuario de la inundación. El lugar parecía un naufragio, los restos después de un huracán estival, un retrato fallado de algo que ya hace tiempo que no está. 
Me acerqué al living-room chapoteando, a la chimenea, para secar mi ropa con las brasas débiles del fogón (y los restos de libros quemados de la noche anterior). A pesar de mi presencia, bastante rotunda y líquida, la familia fingió no verme. Nadie dijo nada, ni ellos ni yo. Agregaron otra ronda de terrones a sus tés y, sin dejar de ignorarme, siguieron con su estúpido juego. El juego de la caja consistía en lo siguiente, yo lo conocía muy bien: hay dos equipos, los buenos y los malos, cada uno tiene que intentar destruir al otro con distintos medios de ataque y defensa para tener el Poder. Cuando uno de los buenos gana, asciende a Dios, cuando uno de los malos gana, asciende a Demonio. Cuanto más dios seas más demonios de tu linaje eliminás, y viceversa. En la caja se ponen las fichas blancas, en la mesa las demás. Desde mi lugar junto al fuego, desde la perspectiva del hogar, con el agua matinal en los tobillos y el humo subiendo por la bóveda del techo, las fichas sobre la mesa ratona parecían flotar. Vi magia, me confundí, quise tocarlas y la familia entera me detuvo, me lincharon, me torcieron los brazos mientras me explicaban las reglas del juego otra vez, me rasguñaron la cara recordándome que las fichas no se mueven con las manos, me consolaron en sus hombros cuando lloré de dolor, hablamos de monogamia, fuimos felices juntos, pero ya no. Hace 10 años que no.
Ayer se rumoreaba en el pueblo que la familia hoy daría su conferencia final y sin embargo llego acá, y están en el medio de una partida, nadie secó los pisos, nadie encendió el fuego, nadie volvió a enterrar al canario, nadie ocultó las cenizas de las obras rebeldes de Uderzo y Goscinny; nadie estaba a punto de dar una conferencia.  Los vestigios de los ritos de anteanoche estaban intactos. Yo hice estos ritos por años, desde la noche de mi nacimiento, cuando en el juego de la caja venció el mal y el caminante del cielo bajó para condenarnos a no poder ascender nunca más, al piso superior de la casa. Mi nombre fue Lucas pero lo cambié por Pablo, la noche del hechizo mi familia me informó con un himno que al llegar el ritual número 27 ganaría el bien y el primer piso de la casa podría ser habitado una vez más. Desde entonces viven todos atrapados en la planta baja, yo me fui, 10 años atrás. Era imposible vivir asi, todos durmiendo en los sillones, en la alfombra árabe, todos en la cocina, todo el tiempo, tomando el té.
Al igual que los últimos 10 años, esta vez tampoco asistí al ritual, pero el juego todavía no terminó. Mi tío me tiene inmovilizado con la cara hundida en la alfombra mojada por haber intentado tocar las fichas. Ya jugó mi madre, ya jugó mi padre y ya jugó mi hermana, ahora es su turno “Tío es su turno”, le dice mi hermana. “Arturo es tu turno”, le dice mamá. “Sacame una foto pisando al pibe”, pide mi tío.  “Se rumorea en el pueblo que hoy darán su conferencia final.”, grité desde la diminuta rótula de mi tío Arturo.
Mi hermana y mi padre me sacaron 2 polaroids y mamá respondió “El juego todavía no terminó”.  “Ahora hay que esperar, en la oscuridad, a que la imagen emerja sola del papel” pensó papá.

Mi habitación estaba en el primer piso, para poder irme (irme del pueblo, irme, para siempre) tenía que llevarme lo que era mío. No podía esperar al final de la partida, no podía entretenerme con la naturaleza muerta como lo hacía en mi infancia, no podía desenterrar al conejo para enterrar el canario, cada cosa tiene su lugar. Pero la familia ya no estaba respetando nada. Y esta no era solo mi familia, esta era la familia del pueblo entero, la nación de todos, la única casa de dos pisos del lugar, el portador del apellido, los que organizan las cenas, los que dicen si triunfa el bien o el mal.

Los tiempos de gloria pasaron, el pueblo (los primos) dice que la familia enloqueció, que a la casa se le caen los frisos y nadie los quiere cuidar. Pero yo tengo la llave de mi habitación y la fuerza del primogénito. Sin que me vean emerjo como un Moisés impoluto de entre un charco de agua estancada para subir el primer escalón, ninguno de ellos se da cuenta, de tan concentrados que están, y tan desquiciados, y tan decaídos, y tan delicados. La bóveda del techo retumba y se abre, ganaron los malos, por la escalera asciendo a demonio, tengo 27 años, y no regreso al pueblo nunca más. Así me fui.

El siguiente año será el turno de mi mujer, mi prima y esposa, que entrará a la casa inundada con sus finos zoquetes negros navegando entre los pantanos, y el suelo se abrirá y ganará el bien. Pero yo ya no voy a estar para verlo.

viernes, 17 de enero de 2014

María Eugenia


“No, no se levante, por favor. Enseguida vuelvo.” dijo la señorita María Eugenia al pararse para ir al baño. Caminó por el pasillo y entró en la segunda puerta, se paró frente al espejo y se observó. Estiró las cejas y se inclinó levemente hacia adelante para mirar sus pestañas de cerca. Había alguien escondido en la bañera detrás de las cortinas, pero eso es otra historia. María Eugenia se arregló un poco el pelo recogido, pasando su palma de adelante hacia atrás varias veces, apenas haciendo contacto. Se mojó las mejillas con agua fría, se secó con la toalla, se miró una vez más chequeando ambos perfiles, caminó hacia la puerta, inspiró, expiró, y abriéndola volvió a la mesa donde la cena la seguía esperando.

Dos platos empezados, el suyo con pollo y ensalada, el otro ya solo con ensalada. Dos copas de vino, la suya por la mitad, la otra intacta. Dos servilletas, la suya algo arrugada, la otra rota en pedacitos, algunos en el piso.

El mantel era colorido, de motivos frutales. Secretamente María Eugenia creía que los manteles no servían, que lo único que hacían era ensuciarse para después tener que lavarlos. Era mucho más simple limpiar la mesa con un trapo que lavar un mantel. Pero de todas formas ponía el mantel de frutas cuando tenía visitas.
“Mientras fui al toilette me quedé pensando en lo que hablábamos…”

María Eugenia tomó el tenedor muy rápido con la derecha y el cuchillo con la izquierda y cortó un pedacito de pollo. Esto a él le parecía imposible. Ella pinchó también la ensalada, sacó el bocado con sus dientes y masticó. Sin soltar los cubiertos, los movía por el aire al hablar, masticando de costado.

“…yo creo que si el amor es Tang, y el egoísmo es pimienta. Y yo soy agua, en una jarra. Una jarra de agua mineral. No, mineral no, animal sería. Una jarra de agua animal… Si el amor es Tang y el egoísmo es pimienta entonces yo sería como un jugo de naranja picante.  Sucio, fértil, brillante, con brillantina, tierra, polvo del piso. No hay palabra para ese sentimiento  intermedio ¿no?, una mezcla opaca, un jugo marronáceo. Pero tengo mucho Tang, le juro, tengo mucho mucho Tang.”

Apenas terminó de decirlo se avergonzó  y cortó rápido otro pedacito de pollo para masticar bajando la mirada. De repente se avergonzó de toda la situación, de haberlo invitado a su casa y ahora estar ahí solos, de quedar demasiado expuesta a un desconocido. Pero al fin y al cabo todos son desconocidos de alguna manera, pensó. Sintió el impulso de justificarse.

“Mire, yo se que puede parecerle extraño mi comportamiento, o reprobable. No, espere, déjeme terminar, lo que quiero decir es que, es cierto que si usted está acá sentado conmigo en la mesa es porque aceptó mi propuesta y le parece, o al menos en ese momento le pareció un buen plan. Y que ahora no sé qué le parece, pero está acá, que veo que le gustó mucho el pollo y que, (y no tanto la ensalada) y que la estamos pasando bien, teniendo una charla amena, descubriendo que tenemos gustos en común. A mí también me gusta mucho el pollo por ejemplo, pero también me gusta la ensalada, entonces tardo más tiempo en comer todo, pero no es que comamos tan distinto, aunque cuando uno lo ve a primera vista parezca que sí. Usamos distinto los cubiertos, bueno, usted no los usa pero me voy por las ramas ¿lo estoy aburriendo? Nada, eso, que no piense mal de mí, nos vimos ahí en la calle, yo no sé si usted me siguió pero yo lo vi un par de veces y siempre me cayó bien, tiene pinta de bueno. Nada callejero parece, y eso siempre me enseñaron que está muy bien. Mi madre siempre me decía, vos no tenés que ser una callejera, vos sos buena, sos de tu casa. Y es cierto. Yo soy buena y soy de mi casa, por eso después de un ratito ya lo invité a venir. Pero no crea que hago esto siempre que salgo a la calle. Sería una exageración decir que lo hago siempre, porque no lo hago siempre que salgo a la calle, de ninguna manera. Siempre es una palabra muy fuerte. Yo no sé si ustedes piensan tanto en el infinito como piensa una mujer. Yo le digo que como mujer tengo una extrema conciencia de lo infinito, puede sonar delirante pero capaz sea porque estadísticamente yo tengo menos propensión al asesinato, o porque tengo la posibilidad de comportarme como una mamushka ¿vió esas muñecas rusas que van una adentro de la otra cada vez más chiquititas? Nosotras podemos generar una persona viva adentro nuestro y quien sabe que esa persona viva genere otra, y así ¿vaya a saber cuál es la muñeca más chiquita? Chiquita porque está lejos en el tiempo, las de la mamushka son chiquitas porque son chiquitas. Yo tenía una mamushka cuando era chica, y mi favorita era obviamente la de más adentro, la última, la de más lejos. Era como una señora bebé, chiquita chiquita. Pero si hubiera habido una más chiquita que esa, me hubiera gustado más ¿ve? Eso le digo, yo prefiero el infinito, y eso ocupa mucho tiempo de mi tiempo. Tiempo. ¿cuántas veces dije la palabra tiempo en la última frase? Como siete u ocho.“

El Pupi la escuchaba atento pero eso no significaba que entendiera todo lo que decía, era cierto que la señorita María Eugenia pasaba mucho tiempo pensando en todo eso y ella sintió esa noche que podía compartirlo con él. Dudaba, no quería asustarlo, pero ese día había sentido desde que se levantó una sensación de ahogo, y mucha jaqueca. Al atardecer no aguantó más y se tomó una aspirina, y salió a dar un paseo por la plaza para que la primera fotosíntesis de los árboles la hiciera respirar aire puro. Ahí fue donde se encontró con el Pupi, a quien ya había visto otras veces caminando por el parque o retozando en algún banco, como ella haciendo estaba en el momento que lo vió.

“Me gustaría saber su opinión sobre esto, Eugenio. Tanto el tema de la procreación como el del infinito, me intriga mucho la visión que usted puede llegar a tener de esto. Realmente… puede ser esclarecedor…“
El Pupi cerró la boca con los ojos fijos en el cortinado, un lejano estruendo había llegado de la calle unos segundos antes. Una explosión, algo metálico con olor a sangre y transpiración. Ruidos de cosas calientes, ruidos de calor. Sonidos del metal pintado de rojo, sonidos rojos metalizados. El Pupi sabía la distancia, sabía cómo llegar hasta ahí.

“Si me disculpa me voy a encender un cigarrillo. No puedo evitar encender uno cada vez que termino de cenar, es como si fuera un instinto.” Dijo mientras sacaba una cajita de fósforos de seguridad “Tres Estrellas” de su bolsillo y un atado de Marlboro del abrigo. Encendió el cigarrillo y cuando sacudió el fósforo para extinguir el fuego, se le escapó el palito de la mano para apagarse sobre el mantel. El azar intervino para evitar un incendio.

“Usted y los instintos en cambio son buenos amigos, yo lo único que hago es arruinarme los pulmones y el perfume.” María Eugenia puso su codo sobre la mesa y su mejilla sobre su mano formando una torre con su cabeza, su antebrazo y su codo. “Pero déjeme que le diga, Eugenio, el tabaco no es adictivo, lo adictivo es el rito, el ademán, el inigualable placer de repetir una acción ¿no le parece? ¿le molesta el humo?”
Poco sabía El Pupi de ademanes, pero sí sabía que el humo es un olor que lo invade todo. El hecho de que María Eugenia ventilara el aire a su alrededor con movimientos tipo abanico de su mano derecha mientras echaba conos de humo por su boca, no servía de absolutamente nada. Desde la lejana esquina del accidente llegaron voces que susurraban y la sirena de una ambulancia. Eso último es lo único que María Eugenia era capaz escuchar. Cualquier persona que vive en una ciudad escucha la sirena de una ambulancia al menos una vez al día, por eso ella no habló de eso.

“¿Qué está pensando Eugenio? ¿Le puedo decir Euge? O a lo mejor le digo Señor Eugenio… Qué gracioso sería… Señor Eugenio, Señor Eugenio” probaba diferentes tonos María Eugenia. “Señor Eugenio… no sé su apellido. ¿Sabe que cuando lo vi pensé, “capaz es de esos que andan con una chapita colgando que dice el nombre, los datos…”? Entonces me acerqué disimuladamente, miré,  y efectivamente tenía la chapita. Me extrañó, porque no se le notaba en la pinta, se lo veía buenazo. Pasé caminando cerca y leí que la chapita decía “Eugenio” y se imagina, dije Es El Destino. ¡Claro! dije, ¿había dicho?, no “Dije” está bien. ‘Claro, dije’, se llama igual que yo. Y yo esos días venía pensando en lo de encontrarme a mí misma, en esas cosas de entender la ficción de todo, de uno mismo como un personaje en una historia dada en un fragmento de tiempo que puede o no haber sucedido. Y estuve leyendo un libro de cómo esas cosas pasan, había un accidente de avión en la historia, y hoy me desperté soñando con eso.  Era gracioso, entra un tigre a la casa, se llama Paco, entramos en pánico, el tigre termina siendo bueno, doméstico, nos lleva de excursión por la selva. Todo ahí es selvático-medio-pelo, el grupo está decepcionado, pensamos “al final no nos dejaron nadar en el otro lugar porque íbamos a venir acá y esto es una mierda”. Volvíamos a la casa que ahora era un hotel, yo me quedaba en la misma habitación que mi hermana, y le decía que por alguna razón sentía que el hotel donde estábamos era igual al living de mi casa de Venancio Flores, que tenía todas las mismas cosas, los mismos adornos, los mismos muebles, todo. Entonces cuando había que hacer la valija para volver, yo pensaba: si yo me guardo algunas cosas en la valija para volver, y cuando llegue allá las cosas que no guardé van a estar igual… ¿por qué entonces no guardo nada si total va a estar todo allá porque es igual que acá? De hecho, me preguntaba ¿tiene sentido “volver” si en realidad es el mismo espacio?”

El Pupi entendía el concepto de volver de otra manera, así como el de realidad o el de hotel. Él no manejaba dinero, era feliz con el olor que salía de la cocina de la vecina del 4to piso que cocinaba bifes de cerdo, toda aceitada con perfume a rosas, con mucho spray en el pelo escuchando los Rolling Stones. La canilla de la cocina goteaba, al Pupi le dio sed asique puso sus patas delanteras sobre la mesa y olió la copa de vino.  Olía ácido y podrido, pero tibio y espeso, probó un lengüetazo. No era bueno para él, se bajó de un salto de la silla y recorrió el pasillo hasta el baño.

“No apriete el botón hasta el fondo Eugenio que después no sale. Es como un golpecito que hay que darle nada más, sino no vuelve.” Dijo María Eugenia subiendo el tono de su voz, ignorando el verdadero objetivo del Pupi.

Eugenio alias El Pupi, tomó agua del retrete hasta quedar satisfecho, ni siquiera se molestó en encender la luz, aunque de intentarlo, lo hubiera logrado. Se detuvo dos segundos para oler en el aire a la persona escondida en la ducha y corrió un poco la cortina. Se miraron a los ojos, el Pupi se incorporó y siguió su camino. De vuelta por el pasillo, no dudó en dirigirse al sillón. En la mesa María Eugenia levantaba los platos.

“No come más ¿no Euge? Levanto las cosas y lo acompaño. ¿Quiere un postre? Tengo flan con dulce de leche pero no sé si es lo más conveniente. Una manzana también… o uno de esos palitos creo que me queda. Ahora me fijo.”

El Pupi descansó su mentón sobre el posabrazos del sillón de tres cuerpos, estiró las piernas y cerró los ojos. Con los ojos cerrados podía sentir mejor la vibración de la tierra, la vibración que hace todo el tiempo al girar. En su hocico vibraban las montañas, en sus ojos grises también. El gusto a pis del agua que acababa de tomar le parecía bien. María Eugenia se paró apoyándose en el marco de una puerta abierta mirando a Eugenio y tarareando una la melodía de una publicidad de autos. Lo miró, el Pupi se dio cuenta y abrió los ojos para mirarle a los ojos que le miraban los ojos mirarle los ojos. María Eugenia le habló sin despegarse del marco de la puerta.
“¿A ver el número de esa chapita? Vamos a llamar mejor, alguien lo debe estar extrañando, estoy segura. Aunque por otro lado, a todos nos extraña alguien en algún lado siempre.” Se levantó la nariz con el dedo índice por un segundo para pensar. “No sé ¿usted qué quiere hacer?  Porque si usted me dice que se quiere quedar, no me tome a mal no le estoy proponiendo nada, solo le digo que si se quiere quedar yo no tendría problema."

Eugenio descansó las orejas. Seguía escuchando la misma cantidad de cosas, pero de otra forma. Recordaba a un hombre, pero no recordaba nunca haber recordado algo de esa manera, era un recuerdo que le hizo mover el rabo y a la misma vez doler todas las vértebras, como un pinchazo.  

María Eugenia se puso el abrigo que colgaba de la silla, se puso la capucha y levantó con esfuerzo la gruesa manga derecha para mirar el reloj en su muñeca. “Son las 11.42” dijo caminando hacia el sillón, se sentó en el espacio que el Pupi dejaba libre y miró para adelante acariciando el terciopelo con relieve del otro posabrazos. El Pupi seguía girando con la tierra y le llegaba el calor que venía de la campera de María Eugenia. Los dos sentían el mismo frío. Después de unos minutos María Eugenia comentó “Debe hacer como 6 grados” y se inclinó hacia el cuello del Pupi estirando las cejas.

“¿10 9 8 7 6 5 4 3 2 1 0? ¿qué clase de teléfono es ese? Bueno, lo marco y vemos .” “Hola sí, estoy acá con el señor Eugenio que… sí, sí, está bien. En la plaza, bueno si si, Rivadavia 1234, piso 5. Sí, bueno, lo esperamos acá, un beso, chau.”

“¿un beso? Le mandé un beso. Bueno, uno hace las cosas por costumbre mucho. El otro día sin ir más lejos me fui a sacar la foto. Yo todos los años en la misma fecha me saco una foto. Y las voy guardando todas en una caja. Lo hago desde los siete, no sé si tiene sentido mostrárselas, pero yo cada tanto las veo, agarro algunas y me trato de acordar una anécdota de cada año, pero como titulares. 1989. Me caigo en una zanja de agua podrida. 1993. Se cae el televisor para atrás, se prende fuego la escalera, la casa es caos y confusión.  Se culpa a mi hermano. 2005. Viajo al norte, pierdo la valija, me devuelven la de otro, tiene algunas cosas mías que había perdido en el pasado. 1990. Una noche oscura alguien se roba del patio la jaula con Felipe, el canario. 2002. Me encuentro a 5 personas que conozco, en el mismo viaje en colectivo de Parque Chacabuco a Flores. 1998. Cae el muro de Berlín. Espere.”

María Eugenia se levantó del sillón. El Pupi cambió de posición y el sueño le empezó  a aligerar los ruidos de la calle.

Después de levantarse, María Eugenia puso un disco de los Beatles, asique el Pupi escuchaba al mismo tiempo a los Beatles y a los Rolling Stones. Lo curioso era que mientras en el piso de arriba sonaba Sad sad sad, abajo la canción era Long long long. María Eugenia volvió al sillón con la caja de fotos y se recostó de costado apoyándola en el piso. El Pupi se estiró y quedó acostado a su lado, todo su lomo sobre la campera tibia de María Eugenia. Enfocó lo más que pudo con sus ojos en las fotos que ella iba levantando frente a su cara mientras le hablaba y le acariciaba la panza. Casi al mismo tiempo que en el 6to. piso cambió la canción a Gimme Shelter, el turno en el 5to. fue de Helter Skelter. -2008. Viajo al sur, pierdo la valija, me devuelven la de otro, cuando la reviso me doy cuenta que era mía, pero la había perdido en el 2005.- El Pupi disfrutaba de mirar todas esas fotos de María Eugenia parada de la misma manera, en el mismo lugar -2012. Descubro que a Felipe en realidad se lo comió un gato y que pasé toda la vida engañada-, hasta que María Eugenia dejó de mostrárselas y se quedó dormida. El Pupi recostó su cabeza sobre sus piernas y la imitó.

Lo siguiente que supieron fue que el timbre sonó. 

lunes, 9 de septiembre de 2013

Brillar, la muerte o el golpe letal

Tratar de convencerse de:
Que la muerte es parte de la vida, que el tiempo que nos toca es un milagro del que tenemos que estar eternamente agradecidos. Que la eternidad es un concepto que no podemos entender, pero que vale la pena intentarlo. Que cuando nos morimos algo perdura, pero que eventualmente vamos a ser olvidados y ya no vamos a existir. Pero que ese hilo que movimos mientras éramos, va a tener consecuencias por siempre jamás, para bien y para mal. Personas van a nacer gracias a nosotros, hay que pensar.

Personas van a morir gracias a nosotros, hay que pensar.

Tratar de convencerse de :
Que nos perdemos casi toda la historia que no tiene principio ni tiene fin, y eso es digno de querer morir. Uno puede decir, si me van a dar tan poco quiero que esto se termine, cuanto más tiempo pase, más me voy a enamorar, y después dejarlo va a ser más duro. Ahora está bien, ya estuvo bien, amo a la vida con ese amor de los adolescentes. Prefiero quedarme con este recuerdo y apagar. Irme a dormir y despertarme en la siguiente vida sin ningún recuerdo de ésta. Sabemos tan poco como funciona lo de morir que no podemos comprobar científicamente que la reencarnación no existe. Tenemos que convencernos de que la re encarnación no existe. De que es ahora o nunca. Y como nunca es lo mismo que siempre, no lo entendemos tampoco, entonces hay que convencerse de que hay que elegir ahora.

Y después saber qué hacer con eso.

Tratar de convencerse de:
Que morir no es entrar en la eternidad porque en vida ya estábamos adentro. Que somos ese ciempiés de la cuarta dimensión cuyo cuerpo empieza en la nada, sigue bebé, después joven, después viejo y termina en la nada otra vez. Que el momento de morir va a llegar, y no vamos a entender nada, y vamos a pensar todavía no, pero va a estar mal. Que si encontramos nombrar la muerte con la palabra correcta, no vamos a tener mas preguntas, no nos va a aterrar su llegada, nos vamos a deslizar a través de eso que ya no se llama muerte porque tiene otra forma, o que tiene otra forma porque ya no se llama muerte. Tiene que dejar de existir la palabra muerte, o tal vez tenemos que adjudicársela únicamente a objetos inertes. Para todo lo que tiene vida debería llamarse de otra forma. Sugiero por ejemplo brillar o golpe letal. Me quiero brillar; cuando llega el momento de brillar. O, 50 personas sufrieron golpe letal al volcar un micro en la ladera del Cerro de la Gloria, el chofer salió ileso pero se brilló de un tiro en la sien.

Cambiar la palabra es la solución.

Tratar de convencerse de:
Que no hay que pensar mucho en eso, pero que igual es gracioso. Ayer salí a comprar leche y alguien se murió. Hoy fui a Barracas y alguien se murió. La semana pasada baldeé por fin el patio y alguien se murió. Fui a buscar unos videos de hace 20 años y alguien se murió. Qué suertuda. Está pasando todo el tiempo, somos como las células del planeta, células que a su vez tienen células que también se van muriendo todo el tiempo. Células (el elemento de menor tamaño que puede considerarse vivo) que nacen de otras células, una célula crece y se divide, formando dos células, en una célula idéntica a la célula origianl.
Las células a veces se pudren y matan a las personas. Les llamamos enfermedades y también les tenemos mucho miedo. Nuestro ejército hizo grandes avances, pero todavía no sabemos cómo derrotar a las peores. Si enfermás, tratar de convencerte de que no vas a morir. O... decir ya estuvo bien, ahora tengo amor adolescente.

Para poder pensar “ya estuvo bien”, habría que amar a la vida con amor adolescente siempre.

Tratar de convencerse de:
Que se puede amar la vida con amor adolescente siempre. Que mi abuela se está por morir y a ella le encanta Borges. Borges te hace pensar en la muerte con alegorías, pero te hace pensar en la muerte. No sé si hay que leerlo o no. Tratar de convencerse de que hay que leer a Borges. Se murió un bicho en mi vaso de vino y no pienso en la muerte porque es un bicho. Pienso en cómo sacarlo sin que manche mi vino. Pero de repente sí, pienso si yo alguna vez voy a manchar el vino. Pienso en cómo va a ser el momento que me toque brillar, qué voy a estar pensando cuando llegue el golpe letal.

Tratar de convencerse de que voy a pensar “ya estuvo bien”. 

Tratar de convencerse de todo eso y no lograrlo,
y no lograrlo,
y no lograrlo,
y no lograrlo,
y no lograrlo,

y no lograrlo.

domingo, 12 de agosto de 2012

Do i have a minute?


Do i believe in the existence of a god?
No, i don´t.
Do i believe in life after death?
No, i don´t.
Do i believe in love?
No, in deed, i don´t.
Do i think there´s a line that divides good from evil?
No, i think the idea of such a line is absurd, and hence, stupid and impossible.
Do you feel uncomfortable here on earth?
Sometimes i do.
Do you use different chemics to soften the uncomfortable feeling?
Sometimes i do.
Do you think crying is for little girls or pancy ladies?
Yes, i do.
Do you cry, never the less?
Yes, i do.
Do you believe that suffering is a human invention?
Yes, i do.
Do you suffer, never the less?
Yes, i do.
Does the idea of eternity makes you brain tired?
Sometimes it does.
Does the idea of love makes your brain tired?
Sometime it does.
Does the idea of death makes you
  1. Think nothing is worthy
  2. Believe everything you do is extremely important given the little time you have on game
  3. Tired in the brain
  4. Creep you out to death producing a sort of Catch 22 but less logical
  5. Feel relieved

viernes, 20 de julio de 2012

Extraño


Voçé, carinho e amor

En un país cercano se pueden guardar muchas cosas. Es mi hermano el que está tendido en la arena, es Mariano que hunde los pies en los restos suaves de cada ola hundiéndolos muy de a poco. 
Tomaba ron helado, el aire de la noche estaba inundado con las cuerdas vibrando de una guitarra, todo era cálido. Las mujeres bailaban en la tienda, las palmeras meneaban sus grandes hojas.
Él no pensaba en su mujer ni en su trabajo, más bien no se sentía pensar. Sintió perdonar todo y dejarse ir, creyó que no necesitaba nada más.
Una ola le dijo que si, cedió a su invitación y aceptó bailar esa pieza. Tocaron las plantas de sus pies, la ola y mi hermano. La espuma le efervecía entre los dedos, su camisa se humedeció con la sal de su cama, su pelo cortísimo se sintió niño otra vez, fuerte y brillante. Sus ojos en los brillos de la aurora nocturna, parecían ser el uno para el otro. Él y ella ya eran mejor uno que dos, o eran todo, rompiendo las barreras hechas de membranas finas de caracol.
¿Viste qué hermosa es la noche? se dijo en voz alta, ¿viste mi amor? se dijo.
¿Ya oíste como cantan esas guitarras? tan suavemente... le dijo al mar. Respiraba todo estremeciéndose la piel. El calor.
La música la inventé yo, le respondió el mar. Él se sonrió ¿Y a mi quién me inventó? le respondió. A vos te inventó la música, Mariano. Por eso sos tan bueno. Mi hermano soltó una risa simple como nunca, lleno de humildad ¿Y a vos quién te inventó, mar?
-          A mi me inventaste vos.
-          No me mientas, hermosura.
-          A mi me inventó el calor.
-          Eso no es posible, océano de luz.
-          Me inventó la aurora.
-          Te inventó el dinero.
-          No hables así, a mi me inventaste vos, mi amigo feliz.
-          Es cierto que soy feliz a tu lado.
-          Con tus pies en mi pelo.
-          Con mis pies en tu pelo hermoso.
-          Eso que acariciás son rocas.
-          Lo que acaricio es tu pelo, tu pelo son reflejos del cielo, que no termina nunca.
-          Lo que digas está bien, Mariano. Lo que digas es cierto.
-          Y la música es el calor, no la inventó nadie.
-          Ya no hablemos más de mí.
Mi hermano rió limpio otra vez. Era feliz y yo lo veía de lejos, mientras bailaba en la tienda. Mis pies tocaban la arena y los tambores, los hombres tocaban la música.
Eran las once de la noche en los relojes de los ausentes, era el calor del cielo negro en nuestras faldas y el baile lo que las hacía flotar. Yo reía con el morocho que me sacudía al ritmo de vos, las guitarras vibraban calientes, los hombres bailaban sonrientes. Mi hermano vino, me tomó de una mano y bailamos. Amo el mar, me dijo. Yo también, le contesté.

sábado, 2 de junio de 2012

Autorretrato falso en siete espejos fallados


La aleta es como de una sirena nadando en la fuente, o la aleta es como de una ballena nadando en la vertiente. Cualquiera de las dos puede ir, están bien.

El barco parece muy chiquito comparado con el mar, o el marco parece muy chiquito acodado en el bar.
Acodado yo, mirando el barco en el marco. Y mirando el mar.

La voz en el teléfono suena latosa, dice Hola, estamos en el aire.
Y es cierto, estamos ahí, como flotando, en el aire.
La tos en el semáforo suena rasposa, suena como que me falta el aire y digo al teléfono Chau.
Y es cierto, estamos lejos, y estamos despidiéndonos, acá, tan lejos.

No puedo creer que haya tanto viento, es muy fácil caminar, soy como un velero. Suenan las campanas aunque no es la hora en punto, no son pesadas para él, no son de plomo para el viento. Él es denso a su manera.
No puedo creer que digas que te miento, es mentira tu penar, y ahi salis corriendo. Sus pasos rápidos hacen eco en las paredes de las casas, no voy a correr tras él, todavía no pude recuperar el aliento. El suspenso me supera.

Alguien canta una canción desde el único balcón con la luz encendida. Veo la luz en un charco entre los adoquines, el reflejo del agua chispea con cada gota, la canción se va rápido con la corriente, mis oídos son los adoquines que abren el agua en dos.
Nadie canta una canción desde que nuestro pequeño halcón voló con viento en contra a la deriva. Busca la luz de un barco con rayos bailarines, el misterio del agua chispea con cada gota, el halcón vuela rápido hacia el mar caliente, sus oídos son adoquines que abren el agua en dos (sus latidos son arlequines que gritan a viva voz).

El cantante es una especie de versátil volador que se esconde en sus piyamas y sus medias altas son los techos. Si te hubiera perseguido sabría que ahora estás encontrando la luz del faro, y el aire respira por vos, ya no podés más.
El navegante es una especie de volátil versador en donde sus palabras y sus tragedias santas lo han hecho. Si se hubiera extinguido sabría que no hay que ir hacia la luz del faro, que el aire te dice adiós, que no hay nada más.

Entonces el bar está repleto y no hay ecos en el humito celeste, afuera debe llover a mares porque de repente tu pelo una gota. Mojarse siempre es naufragar y secarse son solo los restos.
Entonces jugar es mi amuleto y hay restos de mi halconcito terrestre, afuera deben gruñir los zares porque de repente tu pelo me moja. Encontrarse siempre es naufragar y odiarse es solo un momento.

lunes, 7 de mayo de 2012

Estoy enamorado de Cádiz


La voz de Marta estaba más nasal de lo común, cuando golpeé la puerta preguntó Quien es y noté que tenía la voz mucho más nasal. Me pregunté si estaría con gripe o algo contagioso, y tuve mucho miedo de tener que cancelar el plan por causa de virus o bacterias. Algo tan chiquito Marta, le dije del otro lado de la puerta. Ella con su voz nasal me volvió a interrogar, yo repetí Que sería una picardía cancelar todo por una nimiedad ciertamente superpoderosa y harto pegadiza como es un resfrío o una tonta gripe. Marta se hacía la que no entendía, pero con la voz así tomada como la tenía es claro que podía deducir de qué le estaba hablando, a pesar de que esperaba escuchar mi nombre en lugar de esa respuesta (Ella había preguntado ¿Quién es? Y yo, Algo tan chiquito Marta, le dije, en vez.). Incentivando la vagancia intelectual de Marta la vecina, su poca chispa inductiva (no estuve bien, le di el pescado, sé que le di el pescado a Marta) le respondí directamente a sus preguntas más básicas. Me identifiqué con mi nombre seguido de “el vecino de al lado” y le comenté que tenía unos videos que me interesaba mostrarle. Agregué que a ella también le interesaría verlos, como para asegurarme de algunos objetivos a corto plazo (llámese entrar a lo de Marta, llámese recibir una opinión calificada o tal vez sólo charlar ahí mismo en la puerta un ratito, que ya es bastante).
Marta, que ya me había visto más de una vez paseando al perro o baldeando la vereda o tomando un mate en el escaloncito o haciendo mis pintadas callejeras, supo enseguida de quién me trataba. Lo que una vez más no pudo deducir fue el asunto de los videos. Ahí llevaba ventaja yo, que planeaba jugar con su curiosidad como si fuera una hamburguesa (hasta límites insospechados). Ella me preguntó más cosas, del estilo hora, clima, tipo de calzado, camisa, pantalón. Debo reconocer que temí por el éxito de mi misión cuando tuve la pésima idea de responderle que iba vistiendo unas bermudas demasiado cortas y una camisa de puños. No es una combinación que las señoras aprecien, ahora lo se.
Otra cosa que sé ahora sobre “ser una señora” (una de las infinitas cosas que se me escapan y que entenderlas califica de imposibilidad. Digo, nunca voy a ser una señora, pero tampoco una gimnasta rusa o mi papá o un germen en la luna. Nuuuuuunnnncaaaaa, nunca nunca nunca nunca nunca nunca nunca nunca nunca nunca nunca), otra novedad sobre ese misterioso mundo de las señoras acá representado por mi vecina Marta es que abren la puerta instantáneamente cuando se les habla de deportes. No sé por qué razón se me ocurrió hacer referencia al torneo de atletismo que estaban dando en la tele y fue pura Marta pura toda abriendo la puerta. Aunque la verdad, todavía parecía dudar un poco. Creo que le dije que le había grabado la parte de salto en largo y salto en alto de las olimpíadas en unos casets para que los pudiera ver todas las veces que quisiera. Dejo abierta la posibilidad de que mi señora no represente eficazmente al gran espectro del ya mencionado “universo señora”.
Ya adentro de la casa de Marta, en shorcitos (bermudas cortas era un eufemismo) y leñadora, aproveché para halagar sus macetas. Indagaba yo sobre sus plantas, no sin un objetivo claro. Ella me hacía unas preguntas, que no recuerdo a qué apuntaban, pero sí me acuerdo que no respetaba ningún protocolo de respuesta. Marta me contestaba con una pregunta siempre, y ni siquiera tenía que ver con plantas, me hablaba de la hora, de mi madre, de las pintadas callejeras y sobre todo de los videos. Que los videos ésto que los videos ésto, que los videos así que los videos así, Marta, que los videos ¿¡QUÉ?!
Fue sólo un segundo que perdí la paciencia, pero lo controlé apegándome a los planes (eso siempre funciona, mis cálculos siempre tienden a ser correctos, siempre. Me equivoco una vez cada muchos años. Se bastante.). Marta se tranquilizó después de que le grité, porque en seguida saqué los videos de la bolsa. Un dato para tener en cuenta, que sirve mucho en éste tipo de situaciones para alivianar el clima, es aprovechar lo dado: por ejemplo, yo tenía los casets VHS en una bolsa de zapatos, de una zapatería de ahí de la zona, Patriland Calzados. Entonces cuando saqué los casets (algunos, tres o cuatro, no todos) le dije a Marta contento, Mirá los zapatos que te compré. Una risa.
En seguida rectifiqué y aclaré que lo que sostenía en mi mano eran los ya mencionados casets y no eran zapatos. La información que no entregué todavía era que no se trataba de grabaciones de atletas saltando ni en largo ni en alto. No había nadie saltando, ni tampoco había atletas, ni quietos ni nada, en mis cintas (les recuerdo que eso lo inventé para acceder a Marta, una decisión tomada sobre el minuto con éxito).
Después de lo del chiste se ve que Marta sonrió en un momento y breves instantes después estábamos en su living. Me acerqué a la videocasetera y le dije Marta, yo se que vos te dedicás al cine o que te gusta ver muchas películas (yo escuchaba todas las películas que Marta veía desde mi cocina), quería ver si me podías ayudar con una cosa. Como un favor de vecinos ¿puede ser? Marta de hecho era arqueóloga, y por eso de buen corazón. Eso yo lo sabía porque escuchaba todas las conversaciones de Marta desde mi cocina, nos separaba una medianera de la calidad que las hacían en la década del 40. Decía cosas lindas Marta, hablaba sobre ruinas y sobre amigos y sobre libros. Había un juego que jugábamos cuando ella hablaba por teléfono que yo agarraba mi teléfono y desde mi cocina le respondía como si fuera su tío o su hijo o su amiga Dora o su marido el explorador que casi nunca venía a casa, y así horas. Preferí que en ese momento no hablemos del juego ni nada, porque ya estaba por la parte del discurso de “La verdad de los casets” (así le puse de título cuando lo escribí), aunque como me olvidé el papel original (estaba seguro de que lo había puesto en el bolsillo de la camisa) se lo dije medio mal.
Ella me entendió y me autorizó a usar su videocasetera, hice ese gesto con el brazo que se hace cuando las cosas salen bien (brazo en 90º, puño cerrado boca arriba y un mini codazo hacia atrás) y puse el primer caset.
Marta estaba sentada en un sillón, con unos pantalones rojos pinzados de botón alto y una blusa de señora muy bien, muy bien (recién ahi me percaté del error de mi camisa, por contraste). Marta era una señora muy hermosa en su ropa y en sus gestos, me hubiera gustado que mi medianera fuera de cristal. Ahora la voz de Marta, mi mejor amiga en las tardes, parecía poco. Sentada en el sillón, sostenía un cigarrillo blanco entre los dedos que le-encendí-enseguida-con-mi-encendedor-linterna; apenas el cigarrillo estuvo prendido giré mi encendedor en un solo movimiento ágil y rápido, y le mostré la luz que se encendía en la base. Marta asintió con la cabeza frunciendo un poco los ojos ante la potencia de mi adminículo. Creo que quedó impresionada, la encandilé. Siguió fumando y me dió el control remoto. Pedí permiso mientras me sentaba en el sillón junto a ella y apreté el botón que hizo andar el video. La videocasetera marcaba ya unos 00.01.34 en el display de tiempo cuando llegó el momento de hablar.
-         Marta, no entiendo ¿ésto ya pasó?
Marta exhaló el humo poniendo la boca como los besos, el humo que había inspirado hacía ya varios segundos.
-         ¿Sos vos ese?
-         Mhm... pero todo mucho más chico.
-         Si, veo...
-         Quería verlo con alguien que me dijera su opinión y, Marta, yo realmente respeto la tuya y me gustaría mucho que me la digas.
-         Mi opinión...
-         Mhm...
-         Es un video muy lindo, la playa es un lindo lugar para estar cuando sos chico y hace calor.
-         ¿Me podrías hablar de ruinas?
-         Hay una playa en Cádiz con unas ruinas romanas enterísimas, es como una película que se mantuvo andando durante decenas de siglos. Es como si viéramos tu película pero en el año 4000.
-         Si, mhm... pero lo que no entiendo es ésto ¿cada vez que veo éste caset tengo a la vez de nuevo 3 años y estoy en la playa?
-         No. No, no realmente.
-         Ahá. Y ésto otro; si me lo acuerdo más que nada de verlo en el video ¿cambia en algo el hecho de que entonces eso tal vez no haya pasado nunca? ¿se me puede borrar el caset un día? ¿o que pasa si no me lo acuerdo más y se me pierde el caset?
-         ¿Cómo? No, las imágenes de tu vida son igual que las películas, no se pierden.
-         No, las películas sí se pierden, lo que no se pierden son las ruinas.
-         No, las ruinas sí se pierden, lo que confunde a veces es el mar.
-         ¿Cuando lo ves y no sabés si es el mar o no?
-         Claro, algo así.
-         ¿Puedo poner otro de mis casets y verlo acá en tu casa con vos? En éste ya soy más grande, dice el año en la etiqueta ¿ves?, tengo muchos videos y no tengo casetera. Marta ¿podría...
Marta se parecía a las ruinas y me permitió quedarme con ella. Su marido el explorador no iba a volver, y ella era más dócil de lo que yo me había figurado en mi cocina. Lamenté haberle mentido para llegar hasta ahí, lamenté no tener los videos de atletismo de las olimpíadas. A pesar de haber logrado mi objetivo, lamenté todo salvo estar en el mismo sillón que Marta. En un momento tuve que contener mis lágrimas cuando me llamó “hombrecito”, pero es que estábamos tan solos ahí, tan solos que quise llorar de la furia. A mi me gusta pasar las tardes en el banquito pero cuando vi que Marta me necesitaba tanto, el banquito y los aerosoles parecieron los asesinos, los villanos, se parecieron al explorador. ¿Dónde está tu marido, Marta? Le pregunté.
-         En éste video ya sos todo un hombrecito, mirá. ¿Era tu cumpleaños?
-         No.
-         A mi me parece que es tu cumpleaños.
-         No.
-         Que linda torta ¿vos vivís solo acá al lado?
-         Era mi cumpleaños de 12.
-         ¿Y ahora cuantos años tenés?
-         Veintiocho.
Marta se rió fuerte y brillante mientras apagaba la colilla en un cenicero con la forma del Coliseo. Cumplo veintinueve la semana que viene, agregué.
-         Bueno.
No me creyó, pero como no me invitó a retirarme me seguí quedando. Puse el video del baile de los títeres y nos divertimos. Mi plan avanzaba a la perfección pero había un detalle que me tenía algo inseguro: nunca había pensado en el final. ¿Qué tal si me iba y nunca lograba volver a entrar? ¿Qué tal si no me iba y Marta me echaba dulcemente? ¿Qué tal si no existía realmente un plan? ¿Qué tal si le proponía una de las opciones más arriesgadas? Derribar la pared de la cocina y ser una casa los dos.
El clásico miedo al futuro me hizo soltar la lengua (¿qué iba a hacer en 15 minutos de mi sin ella?). Con la idea de derrumbar la pared se empezó a derrumbar también mi cróquis perfecto.
Con una maza que rompiera esa medianera conseguiría las ruinas de lo que inventé, Marta, para vos y para mi. Y yo soy una ruina Marta, mirá esos videos que ya no soy, y mirá lo que soy ahora, estoy como disuelto en el aire y estoy más solo que vos Marta y no tengo veintiocho, tengo diecinueve y no se qué hacer en ésta casa tan grande y hablo por teléfono con vos sin que vos lo sepas, te pido perdón por eso.

Como si fuera un chiste malo que alguien está escribiendo, en el video empezaron a sonar las voces de mis amiguitos cantando el feliz cumpleaños para mi. Busqué desesperadamente en mis bolsillos las notas que había hecho, quise aferrarme al plan de nuevo pero Marta me miraba fijo y con pena. Y sus ojos son como removedor de pintura, y también son tóxicos, y también me calman pero me dan ganas de mirarla con pena por la pena que veía en sus ojos que me miraban con pena. Éramos una ruina, ella hermosa y yo en shorcito como desnudo de la vergüenza.
Supe que era el momento de irme, ese era el plan ahora. Le habría pagado a Marta con pesos nuestros para que me echase, pero ella era una ruina amable y eterna y pensé lo obvio y se lo dije.
-         Vos sos Cádiz, Marta. Sos igual a Cádiz.
Ella me respondió que yo también, que todos éramos Cádiz, que Cádiz era la curva que nos lleva a casa y todo lo demás. Todo era Cádiz.
-         Tal vez ya sea hora de que te vayas, angelito.
Gracias señora Cádiz, de nuevo quise llorar pero me lo aguanté. A las señoras no se si les gusta que los hombrecitos lloremos, supongo que si. Me lo aguanté pero un ojito chiquito se me salió del ojo y me lo sequé con la manga.
-         No llores, sos un hombre lindo. Pero ya no deberías pintar nuestras paredes.
-         Tengo que pintarlas, no tengo opción.
-         Feliz cumpleaños. Es hoy ¿no?
-         No (Si, claro, vió la fecha en el video). Chau, gracias señora Marta.
-         Por nada, te quiero.
-         No tocaba que diga eso. Chau. Gracias. Señora Marta.
-         Chau. Fue un placer, angelito.
No se por qué la quise callar y casi le doy un beso en la boca, pero en vez de eso hice el sonido ese de silencio (ese que es como yyyyyyy) y me fui rápido.

Cuando entré a casa lloré un poco en el baño como para no hacer un escándalo en el living o la habitación. Cuando me vi en el espejo del botiquín tenía ocho años, apagué la luz. Después cuando terminé con lo de llorar, busqué la maza y me quedé parado frente a la pared de la cocina con la maza en la mano por 5 días eternos.

sábado, 17 de marzo de 2012

El reemplazo de H.F.

Kinsey Morgan - Odio a esa actriz que en la escena del follaje en el carro pone como los ojos en blanco y arruga las cejas. No puede convertir un momento sublime en una burla del dolor con tanta incompetencia.

Val Nazarián - Es un posible análisis...

Kinsey Morgan - Quiero que la saquemos, la quiero fuera de la obra.

Val Nazarián - No la podemos sacar, es un personaje central.

Kinsey Morgan - Buscamos un reemplazo. Detesto que use sus brazos como si fueran escobas en vez de darle el rango de alas que se merecen. El cuerpo es un instrumento musical, es sagrado. Ella lo transforma de manera banal en un instrumento de tortura.

Val Nazarián - Es cierto que lo transforma de manera banal.

Kinsey Morgan - Claro que es cierto. Hay que ver como se arquea para que su voz nos rompa los tímpanos antes de poder escuchar lo sublime del texto. Esa mujer destruye el signo, es el demonio.

Val Nazarián - (asiente) Antes de poder escuchar lo sublime.

Kinsey Morgan - Quiero un reemplazo.

Val Nazarián - De acuerdo.

Kinsey Morgan - Para la función de pasado mañana.

Val Nazarián - Me parece que no.

Kinsey Morgan - Que si.

Val Nazarián - Que no.

Kinsey Morgan - Que si. ¿Qué? Me querés decir que tenemos que soportar, nosotros y la audiencia, una sesión más de maltratos por parte de ese hécubo

Val Nazarián - Súcubo

Kinsey Morgan - súcubo coqueto deslizando su pelo coqueto por los hombros morenos de Sandoval. De ningún modo, ese reemplazo tendrá que ser conseguido en el transcurso del día de hoy, a más tardar mañana Fin de la conversación.

Val Nazarián - ¿Alguien que ya conozca el texto?

Kinsey Morgan - Por ejemplo.

Val Nazarián - Y que sepa las marcaciones.

Kinsey Morgan - Sería ideal.

Val Nazarián - ¿Margarita?

Kinsey Morgan - Margarita no podría actuar su camino fuera de una bolsa de papel.

Val Nazarián - ¿Actuar un camino de una bolsa?

Kinsey Morgan - Digo, Margarita es un cariño, pero no actuaría ni aunque le ates hilos en las comisuras.

Val Nazarián - Ni aunque de ello dependiera su vida.

Kinsey Morgan - Ni aunque le hiciéramos creer que su marido realmente murió.

Val Nazarián - Ni aunque le confesara lo inconfesable, Kinsey.

Kinsey Morgan - Ni aunque Shakespeare mismo volviera de la muerte todo muerto a escribir una línea sólo para ella.

Val Nazarián - Buen, entonces ¿Niní?

Kinsey Morgan - Basta Val.

Val Nazarián - ...

Kinsey Morgan - Basta Val, para decir idioteces está tu hermano.

Val Nazarián - :::

Kinsey Morgan - Podría hacerlo yo. (Zapatea un poco de tap, muy chiquitamente.)

Val Nazarián - Usted es un hombre. Un señor.

Kinsey Morgan - Lo se, gracias.

Val Nazarián - Y ella es una mujer.

Kinsey Morgan - Lamentablemente.

Val Nazarián - Digo, ella es diferente que un hombre. Es una mujer.

Kinsey Morgan - Y debería estar avergonzada.

Val Nazarián - ¿Y cree que eso no sería un problema, a nivel puesta en escena?

Kinsey Morgan - Vamos a estar todos tan aliviados de ver a alguien de nivel actuando al lado de Sandoval que no vamos a reparar en detalles. Por lo demás, desconocés Valery notablemente mi capacidad actoral para metamorfosearme en cualquier personaje que decida encarnar. Soy un dotado de la actuación. Me hice director porque era demasiado bueno actuando y me aburría. Quería tener desafíos, y decime si ésto no es un desafío: en mis manos está, el deshacernos de esa actriz.

Val Nazarián - Metamorfosearse en cualquier personaje que decida.

Kinsey Morgan - Cualquiera.

Val Nazarián - Bien, supongo que tendré que informar de la decisión a las respectivas áreas del teatro.

Kinsey Morgan - A Sandoval no, dejame a mi.

Val Nazarián - No.

Kinsey Morgan - Si.

Val Nazarián - No, a Sandoval le digo yo.

Kinsey Morgan - Mal, no no no ¡y no! ¿qué pasa? Soy el director ¿no puedo hablar con mis actores?

Val Nazarián - Ese actor no es suyo, ni lo va a ser.

Kinsey Morgan - No soporto la falta de respeto, me indigna. Al final Val sos igual que la tipa esa. Me da escalofríos pensar como mueve sus labios cuando inspira bocanadas de los labios de...

Val Nazarián - Renuncio.

Kinsey Morgan - Valery haceme el favor.

Val Nazarián - Me llama la atención su capacidad para triunfar por sobre el hecho de ser un hombre horrible.

Kinsey Morgan - No soy horrible, estoy enamorado.

Val Nazarián - No es cierto. Usted es horrible y no sabe lo que es el amor.

Kinsey Morgan - Usted es horrible y no sabe lo que es el amor.

Val Nazarián - No, usted.

Kinsey Morgan - No, la chica.

Val Nazarián - Deje tranquila a la chica.

Kinsey Morgan - Moncho Sandoval es mío, y si tiene que ser por encima de tu cadáver laboral, que así sea.

Val Nazarián - Yo lo amo.

Kinsey Morgan - Eso es patético.

Val Nazarián - Quiero representar ahora mismo la escena de mi deceso.

Kinsey Morgan - ¿Laboral?

Val Nazarián - No, primero espiritual y por último físico.

Kinsey Morgan - No se como ayudarte Val, pero Sandoval es mi actor, y por ende voy a hacer con él lo que necesite y crea mejor.

Val Nazarián - No entiende, yo lo amo a usted.

Kinsey Morgan - Pero hace solo unos momentos me estabas diciendo que era un hombre horrible y que no sabía lo que era el amor.

Val Nazarián - Aún así. Estoy enamorado de usted. La actriz soy yo, siempre fui yo.

Kinsey Morgan - Pero vos sos un hombre, Val.

Val Nazarián - Lo se.

Kinsey Morgan - Y ella, lamentablemente, es una mujer.

Val Nazarián - ¿Por qué cree que soy asistente de director?

Kinsey Morgan - ¿Porque era demasiado bueno en la actuación?

Val Nazarián - No, porque lo amo.

Kinsey Morgan - Cierto.

Val Nazarián - Pero también me hice pasar por la actriz que conquistaría definitivamente el corazón de Moncho Sandoval para que usted lo olvide de una vez por todas.

Kinsey Morgan - La actriz que conquistaría definitivamente el corazón.

Val Nazarián - Exacto.

Kinsey Morgan - ¿De qué te reís, Valery?

Val Nazarián - ...

Kinsey Morgan - Val, ¿por qué te reís como un loco? ¿No deberías estar llorando? ¿No era ésta acaso la escena de tu deceso?

Val Nazarián - ¿Y usted de qué se ríe? ¿No cree que la situación ha llegado a un nivel tal de tremendismo que no hay lugar para las expresiones de alegría?

Kinsey Morgan - Si pudiera detenerme lo haría. Te digo Val que la situación no me gusta nada. Detenete vos por favor, tu risa es demasiado contagiosa.

Val Nazarián - Si pudiera detenerme lo haría, pero esta risa es más fuerte que yo. Casi le gana a mi decisión de terminar con mi vida.

Kinsey Morgan - ¿No le gana?

Val Nazarián - No, de ningún modo.

Kinsey Morgan - ¿Te podría pedir un último favor, mi querido Val?

Val Nazarián - Claro que si, de todas maneras usted es el director del melodrama de mi vida, señor Morgan.

Kinsey Morgan - Me siento halagado. Antes de quitarte la vida ¿podrías terminar con la vida de la actriz y dejarme su vestuario en mis camerinos?

Val Nazarián - Llevo el vestuario puesto en este mismo momento debajo de mi sobretodo. ¿Recuerda que le dije que la actriz soy yo?

Kinsey Morgan - Bien, mucho mejor. Me podés entregar el vestido ya mismo.

Ahora que dejamos de reirnos, quiero decirte que me da mucha pena verte morir.

Val Nazarián - Pero va a disfrutar de ver morir a la muchacha.

Kinsey Morgan - Eso es cierto. Sacate únicamente el sobretodo entonces, y te quedás con el vestido.

Val Nazarián - Dígale a Sandoval que me perdone por hacerlo amarme.

Kinsey Morgan - Se lo diré, y quedaré como un héroe.

Val Nazarián - Lo amo, señor Morgan.

Kinsey Morgan - Todos lo amamos, Sandoval es un gran artista.

Val Nazarián se infringe la muerte - .

Kinsey Morgan - Unas puntadas de la mágica mano de la costurera Niní y éste vestido se me verá pintado (se termina de poner el vestido) Extraño... huele a Val. (pausa) Bien Kinsey, ahora yo soy la actriz. No siento nada. ¡Esa zorra!