sábado, 2 de junio de 2012
Autorretrato falso en siete espejos fallados
lunes, 7 de mayo de 2012
Estoy enamorado de Cádiz
sábado, 17 de marzo de 2012
El reemplazo de H.F.
Kinsey Morgan - Odio a esa actriz que en la escena del follaje en el carro pone como los ojos en blanco y arruga las cejas. No puede convertir un momento sublime en una burla del dolor con tanta incompetencia.
Val Nazarián - Es un posible análisis...
Kinsey Morgan - Quiero que la saquemos, la quiero fuera de la obra.
Val Nazarián - No la podemos sacar, es un personaje central.
Kinsey Morgan - Buscamos un reemplazo. Detesto que use sus brazos como si fueran escobas en vez de darle el rango de alas que se merecen. El cuerpo es un instrumento musical, es sagrado. Ella lo transforma de manera banal en un instrumento de tortura.
Val Nazarián - Es cierto que lo transforma de manera banal.
Kinsey Morgan - Claro que es cierto. Hay que ver como se arquea para que su voz nos rompa los tímpanos antes de poder escuchar lo sublime del texto. Esa mujer destruye el signo, es el demonio.
Val Nazarián - (asiente) Antes de poder escuchar lo sublime.
Kinsey Morgan - Quiero un reemplazo.
Val Nazarián - De acuerdo.
Kinsey Morgan - Para la función de pasado mañana.
Val Nazarián - Me parece que no.
Kinsey Morgan - Que si.
Val Nazarián - Que no.
Kinsey Morgan - Que si. ¿Qué? Me querés decir que tenemos que soportar, nosotros y la audiencia, una sesión más de maltratos por parte de ese hécubo
Val Nazarián - Súcubo
Kinsey Morgan - súcubo coqueto deslizando su pelo coqueto por los hombros morenos de Sandoval. De ningún modo, ese reemplazo tendrá que ser conseguido en el transcurso del día de hoy, a más tardar mañana Fin de la conversación.
Val Nazarián - ¿Alguien que ya conozca el texto?
Kinsey Morgan - Por ejemplo.
Val Nazarián - Y que sepa las marcaciones.
Kinsey Morgan - Sería ideal.
Val Nazarián - ¿Margarita?
Kinsey Morgan - Margarita no podría actuar su camino fuera de una bolsa de papel.
Val Nazarián - ¿Actuar un camino de una bolsa?
Kinsey Morgan - Digo, Margarita es un cariño, pero no actuaría ni aunque le ates hilos en las comisuras.
Val Nazarián - Ni aunque de ello dependiera su vida.
Kinsey Morgan - Ni aunque le hiciéramos creer que su marido realmente murió.
Val Nazarián - Ni aunque le confesara lo inconfesable, Kinsey.
Kinsey Morgan - Ni aunque Shakespeare mismo volviera de la muerte todo muerto a escribir una línea sólo para ella.
Val Nazarián - Buen, entonces ¿Niní?
Kinsey Morgan - Basta Val.
Val Nazarián - ...
Kinsey Morgan - Basta Val, para decir idioteces está tu hermano.
Val Nazarián - :::
Kinsey Morgan - Podría hacerlo yo. (Zapatea un poco de tap, muy chiquitamente.)
Val Nazarián - Usted es un hombre. Un señor.
Kinsey Morgan - Lo se, gracias.
Val Nazarián - Y ella es una mujer.
Kinsey Morgan - Lamentablemente.
Val Nazarián - Digo, ella es diferente que un hombre. Es una mujer.
Kinsey Morgan - Y debería estar avergonzada.
Val Nazarián - ¿Y cree que eso no sería un problema, a nivel puesta en escena?
Kinsey Morgan - Vamos a estar todos tan aliviados de ver a alguien de nivel actuando al lado de Sandoval que no vamos a reparar en detalles. Por lo demás, desconocés Valery notablemente mi capacidad actoral para metamorfosearme en cualquier personaje que decida encarnar. Soy un dotado de la actuación. Me hice director porque era demasiado bueno actuando y me aburría. Quería tener desafíos, y decime si ésto no es un desafío: en mis manos está, el deshacernos de esa actriz.
Val Nazarián - Metamorfosearse en cualquier personaje que decida.
Kinsey Morgan - Cualquiera.
Val Nazarián - Bien, supongo que tendré que informar de la decisión a las respectivas áreas del teatro.
Kinsey Morgan - A Sandoval no, dejame a mi.
Val Nazarián - No.
Kinsey Morgan - Si.
Val Nazarián - No, a Sandoval le digo yo.
Kinsey Morgan - Mal, no no no ¡y no! ¿qué pasa? Soy el director ¿no puedo hablar con mis actores?
Val Nazarián - Ese actor no es suyo, ni lo va a ser.
Kinsey Morgan - No soporto la falta de respeto, me indigna. Al final Val sos igual que la tipa esa. Me da escalofríos pensar como mueve sus labios cuando inspira bocanadas de los labios de...
Val Nazarián - Renuncio.
Kinsey Morgan - Valery haceme el favor.
Val Nazarián - Me llama la atención su capacidad para triunfar por sobre el hecho de ser un hombre horrible.
Kinsey Morgan - No soy horrible, estoy enamorado.
Val Nazarián - No es cierto. Usted es horrible y no sabe lo que es el amor.
Kinsey Morgan - Usted es horrible y no sabe lo que es el amor.
Val Nazarián - No, usted.
Kinsey Morgan - No, la chica.
Val Nazarián - Deje tranquila a la chica.
Kinsey Morgan - Moncho Sandoval es mío, y si tiene que ser por encima de tu cadáver laboral, que así sea.
Val Nazarián - Yo lo amo.
Kinsey Morgan - Eso es patético.
Val Nazarián - Quiero representar ahora mismo la escena de mi deceso.
Kinsey Morgan - ¿Laboral?
Val Nazarián - No, primero espiritual y por último físico.
Kinsey Morgan - No se como ayudarte Val, pero Sandoval es mi actor, y por ende voy a hacer con él lo que necesite y crea mejor.
Val Nazarián - No entiende, yo lo amo a usted.
Kinsey Morgan - Pero hace solo unos momentos me estabas diciendo que era un hombre horrible y que no sabía lo que era el amor.
Val Nazarián - Aún así. Estoy enamorado de usted. La actriz soy yo, siempre fui yo.
Kinsey Morgan - Pero vos sos un hombre, Val.
Val Nazarián - Lo se.
Kinsey Morgan - Y ella, lamentablemente, es una mujer.
Val Nazarián - ¿Por qué cree que soy asistente de director?
Kinsey Morgan - ¿Porque era demasiado bueno en la actuación?
Val Nazarián - No, porque lo amo.
Kinsey Morgan - Cierto.
Val Nazarián - Pero también me hice pasar por la actriz que conquistaría definitivamente el corazón de Moncho Sandoval para que usted lo olvide de una vez por todas.
Kinsey Morgan - La actriz que conquistaría definitivamente el corazón.
Val Nazarián - Exacto.
Kinsey Morgan - ¿De qué te reís, Valery?
Val Nazarián - ...
Kinsey Morgan - Val, ¿por qué te reís como un loco? ¿No deberías estar llorando? ¿No era ésta acaso la escena de tu deceso?
Val Nazarián - ¿Y usted de qué se ríe? ¿No cree que la situación ha llegado a un nivel tal de tremendismo que no hay lugar para las expresiones de alegría?
Kinsey Morgan - Si pudiera detenerme lo haría. Te digo Val que la situación no me gusta nada. Detenete vos por favor, tu risa es demasiado contagiosa.
Val Nazarián - Si pudiera detenerme lo haría, pero esta risa es más fuerte que yo. Casi le gana a mi decisión de terminar con mi vida.
Kinsey Morgan - ¿No le gana?
Val Nazarián - No, de ningún modo.
Kinsey Morgan - ¿Te podría pedir un último favor, mi querido Val?
Val Nazarián - Claro que si, de todas maneras usted es el director del melodrama de mi vida, señor Morgan.
Kinsey Morgan - Me siento halagado. Antes de quitarte la vida ¿podrías terminar con la vida de la actriz y dejarme su vestuario en mis camerinos?
Val Nazarián - Llevo el vestuario puesto en este mismo momento debajo de mi sobretodo. ¿Recuerda que le dije que la actriz soy yo?
Kinsey Morgan - Bien, mucho mejor. Me podés entregar el vestido ya mismo.
Ahora que dejamos de reirnos, quiero decirte que me da mucha pena verte morir.
Val Nazarián - Pero va a disfrutar de ver morir a la muchacha.
Kinsey Morgan - Eso es cierto. Sacate únicamente el sobretodo entonces, y te quedás con el vestido.
Val Nazarián - Dígale a Sandoval que me perdone por hacerlo amarme.
Kinsey Morgan - Se lo diré, y quedaré como un héroe.
Val Nazarián - Lo amo, señor Morgan.
Kinsey Morgan - Todos lo amamos, Sandoval es un gran artista.
Val Nazarián se infringe la muerte - .
Kinsey Morgan - Unas puntadas de la mágica mano de la costurera Niní y éste vestido se me verá pintado (se termina de poner el vestido) Extraño... huele a Val. (pausa) Bien Kinsey, ahora yo soy la actriz. No siento nada. ¡Esa zorra!
domingo, 29 de enero de 2012
Avistajes: Otros Vecinos Necesitan Invadirnos
- me dejo caer al agua
- vi un ovni
- soy un pájaro
- te amo.
- TODAS LAS ANTERIORES (es ésta)
lunes, 26 de diciembre de 2011
Una lístnea está formada por infinitos puntos
La lista que armé dice que el amor y que la muerte son un segundo. Pero que un segundo es un chiste, una adivinanza, una pregunta con múltiples opciones. Que a su vez son todas un chiste y una adivinanza, y una pregunta con infinitas respuestas.
Hay un héroe, que rompe las palabras con una pluma prehistórica, un arma perfecta que no tiene origen, y las traspasa como bailando sobre ruinas de arena, suaves y sabias. Llega al trono y Reina, y no nos acordamos como era que no esté.
Hay bares de madera vieja, con un hombre olvidado tocando en la armónica una melodía para que ella baile. Ella, la última mujer en el planeta, menea etéreo su vestido cargado de tierra, marca con los dedos el ritmo en las nubes de humo que salen de sus labios.
No hay mañana, en mi lista, porque somos las únicas dos personas del universo. Y para tan pocos, no lo necesitamos. El sol siempre se pone por detrás del molino y sale por la playa.
En la lista está la salvación, en algún lado. Están los errores cometidos y las montañas no traspasadas, y está el fuego que rescata las almas al final. Un coro femenino, gordo y angelical; esclavo. Un amo con un corazón partido, siempre a punto de chocar y descarrilarse. Siempre entregando todo por sus hijos y sus hermanos.
En la lista se repite con dos voces diferentes que el amor y la muerte son uno. Porque son el espacio más lejano en el cielo que vemos arriba nuestro. Son una misma fábula contada al derecho y al revés, pero son una misma fábula. Son un mismo segundo en dos pestañeos distintos, pero son un mismo segundo.
Una vez aparece un pájaro que vuela alto sobre desiertos con precipicios de piedra. Lo ve todo, pero podría volar al revés y entendería lo mismo.
Nosotros en cambio, no aparecemos volando. Estamos en la playa, o incluso un poco más abajo. En el fondo del mar. Hay una tormenta, que se repite cada algunos siglos, pero no hay segundos ni minutos. Es siempre la misma tormenta.
Hay hacia el final unos ojos, no podría precisar el orden. Los ojos parecen estar dibujados con un marcador negro sobre la hoja blanca. El trazo se siente estallar al mirarlo, y los ojos atrapan a cualquier lector que intente leerlos (todo lector, por defecto, intentará leerlos). Es una motosierra que sale de abajo del libro y te corta la cabeza en dos. Dos cabezas, sos un monstruo pero al menos nunca más vas a estar solo.
En un rincón de la lista hay un señor que sintió todo. Está cantando con una guitarra así y un gorro de estrella de cine. Es clásico, fuma un cigarro que lo besa perdidamente. Sigue pensando, pero ya pensó todo lo que se puede sentir y viceversa.
Hay un avión que aterriza sobre un escenario luminoso de cien colores. Luces robot revolean sus cabezas y encandilan a los pilotos que se ríen y sienten el olor del pavimento mojado. Los reflejos en los charcos dan las señales para que todos los tripulantes aplaudan la hazaña y bajen a encandilarse con el sol, las luces y el aluminio brillante de los robots.
En la lista hay libros que cuentan sobre éstos aterrizajes. Hablan de los colores, de los gritos y las risas, dicen que “bajen a encandilarse con el sol”. Dicen que eso es el amor, y que lo contrario es la muerte. Pero que son lo mismo. Están para cuando alguien alguna vez quiera aprender algo, ya están escritos. En la lista.
No hay un pozo de ranas venenosas que un día volarán como palomas. Pero por no haber, al final hay. Y todos se preguntan si el resultado de esa ecuación no es dudoso, si lo que dudan existe y por qué entonces están solos.
¿Toda la demás gente no es acaso distintas partes de nosotros, proyectadas en inventos con dientes de madera o de marfil, tanto en el sueño como en la vigilia? Ésta pregunta no está escrita, pero por no estar, al final está. Es maravilloso.
Adentro de la lista hay una lista, que dice Verano, Ceneas, Otoño, Parasol, Lumesea, Invierno, Nordeo y Primavera. Son las ocho estaciones, el tiempo se parece más a ese momento de no entender si la pesadilla era real y darse cuenta que no. El tiempo no existe, es alivio lo que llena los lugares y es alivio lo que vemos. Nada más que alivio sentimos con ésta nueva división. Cada temperatura tiene su nombre, treintisiete ya no es más un número (En la lista aparece tachado. En la lista están todos los números, pero están tachados), ahora es una estación.
Hay un último punto en la lista que dice “éste no es el último punto de la lista”. Lo cual significa “éste no es el final”.
domingo, 3 de julio de 2011
Audio Guía
La fractura ancestral nos delata como profetas paganos, la exposición de lo visible redunda como hiedra y veneno. Más quisiera que la destrucción no hubiera sido destronada una vez para después trágicamente tomar el poder con sus ejércitos redoblados; no hay violencia sin marcas en la piel.
La imagen expuesta es una gran escoba levantando de la tierra cuerpos dorados arqueados de intranquilidad, nerviosismo, inquietud, ansia, desvelo, desazón, afán, anhelo, incomodidad. Lo que refiere es desasosiego, La Imagen.
El orden y el caos completan los bordes interiores, casi como un marco roto. Un vaso con el cristal astillado, habla de un nuevo paradigma que se alimenta de inventos caídos en desgracia más de dos veces, profundamente calmo y fractal, como el fondo del delta. ¿Qué hacer, indaga, con aquello que se volvió obsoleto por no haber muerto a tiempo y que sigue entonces viviendo en una espiral mutilada por ambos extremos?
Y de golpe me encontré llevando tu cara en un cartel, no basta con recordar sus gestos para competir una vez más en el torneo de los triunfadores. No es cierto que si sueño que pilas de caballos duermen rellenando las caries de mis muelas, cuando despierto tengo mi dentadura completa otra vez, y mi abolengo reparado. De hecho, es del todo mentira.
A la izquierda del monte se percibe un trabajo con la textura del material. Refiere claramente al concepto de justicia, a la mano del hombre en nombre de la conciencia azotando sus visiones por miedo a que se vuelvan en su contra. El concepto sería la falta de justicia, para ser más específicos.
En mis muelas se abre un dique y el agua fluye haciendo desaparecer (o galopar) a los caballos durmientes. Esa parte del sueño es un claro caso de miembro fantasma, me duele algo que no tengo, tu cara en un cartel, el material raspado, todos galopando estrictamente la sección áurea de la imagen. La infalible y manipuladora lógica del oro, el número del lobo, el cálculo que no admite al arrepentimiento.
Los colores rojizos, por otro lado, son simplemente una afirmación de la culpa, la sensación de haber podido evitar el rugir del primer hombre, representado aquí por una silueta verde militar. Tener la razón y perderla.
Retomando la zona de la justicia, o la carencia de la misma, se carga de expresividad la trama al fundir el dañino rocoso, rasposo e irritante signo con una línea recta que se interrumpe en algún lugar que no llegamos a ver, que no nos cuentan. En lo que a mi respecta, esa línea siempre estuvo ahí, esa línea es porque está, siempre estuvo y estará, es el animal que me lleva en su lomo con desdén, esa línea no termina nunca. Entonces ¿es necesario que la ausencia de lo más añorado sea lo que completa los miembros ya mencionados y mutilados del espiral que se arma con ésta recta siempreviva? ¿tienen algo que ver el castigo y engendrar en sus vientres barbáricos algo igual a mi?
Ahora es el momento de cerrar los ojos e intentar la reconstrucción de
Ahora la niebla se transforma en lluvia y la lluvia en aire limpio.
Ahora seguimos por el pasillo, lento y entendiendo, como una masa en silencio, que pide una sola cosa: ver el cuadro que sigue, ver la mano que miente, respirar siempre a tiempo y no volver un paso atrás.
jueves, 17 de marzo de 2011
El invierno no existe
Si pudiera escribirte una carta, tío, se me iría la vida. Tengo un impulso ciego de echarme en el piso con todo el papel que consiga y lápices y sacapuntas y empezar a escribirte Querido tío si pudiera contarte de alguna manera todo lo que me pasó... sin caer en explicaciones absurdas o comentarios triviales. Es una pena, pero no hay nada banal en lo que tengo que decirte, es contradictorio: todo es importante pero no tiene fin. Uno creía que la verdad era una sola frase simple, que había estado parada de espaldas tanto tiempo, y ahora se revela mostrando su cara masculina. Pero no, no puedo callar éste deseo de enterarte, porque sé que una vez en el piso, ya nunca me voy a poder levantar. Los lápices se irían consumiendo, las hojas se acabarían, yo envejecería sin siquiera vivir, sin darme cuenta. Es que no podría ni empezar, porque mi invocación es infinita así para el final como para el comienzo (no hay posible). Ya sabemos, tío, todo anula todo. Es como si te quisiera escribir una carta pero no tuviera manos. Me río ¿eh? no te creas, me sigo riendo pero sólo para ésto: para decirte que me río. Antes de la crecida de la marea, por decirle de algún modo a la letanía de momentos que nos tocaron en suerte (mi madre diría en desgracia, pero yo no) me reía en las cenas. Esperaba a la noche para reirme en las cenas, el resto del día mi cara era una sábana sucia. No quise decir eso (prometí no volver a hablar de sábanas).
Querido tío, si pudiera contarte de alguna manera todo lo que me pasó desde el día maldito que pusiste tus valijas en ese barco sin decirme chau. No te culpo, mi madre dice que cuando pase el tiempo voy a entender todo como una buena decisión. El tiempo ya pasó, o eso me parece. Soy vieja tío, o más que nada no tengo edad. No te culpo, pero si yo fuera una obra de arte (y lo soy) hecha para ser contemplada por una sola persona (que sos vos) ahora sería simplemente un objeto obsoleto, innombrable, opaco (y lo soy).
Es extraño, pero no me acuerdo qué edad tengo. La última señal que retengo es cuando tuve 24, después se me confunde todo un poco. Si eso coincide con tu partida, no lo se, pero por lo poco que entiendo de las cosas, debe ser que sí.
Cuando abandoné la casa de San Blas intentaron rastrearme creo, pero como única huella dejé mi pelo, y me llevé una cabeza calva. Con el tiempo dejaron de buscarme. Imagino te llegarán todavía cartas desesperadas de mi madre hablándote de los buenos tiempos cuando yo estaba, y pidiéndonte aún que no vuelvas.
¿No es claro, tío querido, que la única forma de que yo vuelva es de tu brazo? Qué tonta es. Ya pasaron tantos años, o no...
Ayer murió la única persona que sabía mi nombre, por eso decidí escribirte. Pero finalmente no lo hice, porque no sabría qué decir. Un día te encontré, y huí.
Fuí a tus trajes blancos la mancha de sangre, a tus tardes navegando la niña ahogada, a tu elocuencia la torpeza, a tu música la mía. Acepto perder la religión, pero mis manos son tan chicas. Rezarte tío para mi fue tocarte, adorabas mis manos pensé, nada fue excesivo.
Había escuchado absolutamente todos los minutos que pasaste en tu vida ensayando el oboe. Desde que era un bebé te escuchaba, tengo recuerdos de estar adentro de mi madre escuchándote tocar y pensando que si el mundo era eso, entonces si. Mi madre siempre dijo, que nací antes para ir a tus brazos. No la culpo, si ella no hubiera insistido con esa clase de bromas, todo en mi hubiera sido igual. Pude ser joven, pero el perfume de tu cuello cuando salías de viaje me hacía llorar de. No hay una palabra para eso, llorar de. Casi que es dolor, casi que es amor, casi adoración, casi no puedo respirar. Entre la multitud de un lugar extraño me conformé con verte.
Tus camisas.
Acá me detengo, el país que me rodea ahora es tropical, nunca es de noche. Acabo de decidir que la mano que me queda ya no me sirve. Ya no te voy a escribir ni una carta más, pierdo el tiempo sufriendo, entonces soy feliz. Creo que te grité como si me raptaran, pero mi voz no llegaba, soy el eslabón perdido de la mujer que es tu esposa, el borrador descartado. La sangre es injusta, sale de mi mano y la quería ver, corriendo como hilo (eso es lo que llaman lazo sanguíneo). Primero no estaba y ahora está (eso es lo que llaman tiempo). Las edades y la sangre, un río rojo perdido en el saqueo. Ridículo, tío. Era yo. No me ves. Siempre era yo.
jueves, 3 de marzo de 2011
Kjære Henrik Ibsen: apaga el incendio en mi cabeza
Saben los hados qué nudos usaron para tejer ésta red. Razón alguna puede planificar tan diabólico plan, las manos ásperas de divinidades de cuerpos fibrosos y ojos miopes están tejiendo sin parar, ésta red que lo atrapa todo, que es más reliquia que red, o pieza de fina artillería sobrenatural.
En fin que Ari y yo entramos a la casa para ensayar, como habíamos quedado, a las 4 de la tarde. Llegamos al mismo tiempo y entramos charlando, extrañamente Ezequiel no había llegado todavía. No estábamos solas, estaba el gato, pero en un principio no lo notamos porque estaba agonizando muy quieto y silencioso en el piso. La primera imagen todavía está grabada en mi nuca por dentro: sentado en el piso con todas sus patas y la cabeza colgando sobre un charco viscoso verde y amarillo. La mirada fija, moscas.
A mi no me gustan los gatos y menos me gusta la muerte, así que con la ayuda de Ari (a quien le gustan los gatos y peca de más valentía que yo) cargamos al gato en el portagatos, que cargamos en el auto y salimos a la ciudad. Llevábamos un gato agonizante en el asiento de atrás entonces fuimos a una veterinaria, alentadas por una mezcla de fe con resignación. Creíamos que el doctor nos iba a dar una solución, pero sabíamos que el gato estaba muerto ya. Nos encontramos riéndonos de pequeñeces con esa risa de los funerales, con el viento de la ventanilla en nuestro pelo, el sol. Primer obstáculo: la veterinaria cerrada y el número que figuraba para urgencias daba equivocado. Señal inicial de que nuestros cálculos tendían al error. Fuimos a una segunda veterinaria que nos deriva a una tercera. Recorriendo Palermo con nuestro moribundo. Era una clínica, ningún pet-shop. El doctor nos dice que el gato está severamente deshidratado y en estado de shock. Ari y yo hidratadas sí, pero en shock también. Nos dice que lo tenemos que dejar internado y nos sale un montonazo de pesos. Después de dejar mis datos, nos retiramos en silencio.
Volvimos a la casa, con la palabra sacrificio entre las sienes y los cuerpos flojos. Ezequiel estaba esperándonos hacía dos horas, con su paciencia infinita, ahí, leyendo. Sin fuerzas para ensayar nos fuimos a tomar un café con leche con medialunas para el alma.
Ahora es mañana, entra en juego la dueña del gato, que se debate entre el sacrificio y la espera. Entre la muerte y la agonía, todos detestando al pobre Roberto por no poder decirnos que hacer (los gatos no hablan). La decisión ya no está en nuestras manos, está en las de ella, el médico nos dice que las chances son casi nulas, pero ese margen siembra una duda horrible, ese casi que te hace rechazar la idea de que la decisión es tuya.
A todo ésto yo tengo entradas para ir al teatro a las 8 de la noche, y si se decide matar a Roberto antes de las 10, nos evitamos pagar un día más de internación. El factor monetario mezclándose con la incertidumbre de lo fatal es una combinación indeseable, improbable, desconocida y por eso aterradora. A las 7 de la tarde me subo al colectivo que me lleva al centro. Pero una llamada puede cambiar mi rumbo porque al fin y al cabo, yo figuraba en los papeles como la dueña del gato, lo cual me hace imprescindible para ejecutar el asesinato de la piedad (palabra simbólica si las hay, recordando como cargábamos con ese hijo muriendo en nuestros brazos, en una gatera, en un Fiat, en Buenos Aires). Si el teléfono suena, tengo que ir a firmar la eutanasia de Roberto Gurevich, así figuraba el gato, con un nombre ominosamente parecido al de mi padre.
El teléfono sonó, para decirme que se había decidido esperar un día más, aunque el médico insinuara que no tenía sentido.
Seguí mi viaje al Teatro San Martín. Tenía ticket para ver dos obras seguidas, los había sacado para ir sola, siguiendo mi costumbre de no esperar cita para ir al teatro. Llegué al San Martín, apreciaba más que nunca estar ahí, dado que mi plan alternativo era matar a mi padre y formar parte de un trío femenino que cargaría un gato muerto en la oscuridad de la noche buscando un buen lugar donde enterrarlo, sin tener siquiera una pala.
Entré a la sala y vi una suerte de re versión de Casa de Muñecas, de Henrik Ibsen. La obra no me enloquece aunque entiendo su valor. Al terminar salí de la sala, para volver a entrar y ver la segunda obra. Ésta, basada en Hedda Gabler, del mismo autor y del mismo adaptador y director. Hedda Gabler es una obra que me apasiona, los personajes son tan oscuros que me dan ganas de prenderlos como una lamparita o de perderme en ellos para siempre. Otra vez la puesta no me cautiva, parte de la adaptación consiste en el matrimonio de Hedda Gabler y Jørgen Tesman viviendo de prestados en un teatro, en una escenografía, en un juego de autorreferencialidad con lo teatral y con los que habíamos visto que esa misma escenografía la acababan de usar para la obra anterior.
La obra ya iba acercándose al final, yo estaba bastante expectante de ésto secretamente, porque me aburría un poco. Llegó la escena donde Hedda le dice a Tesman que quemó el manuscrito (¡Quemé a tu hijo Thea!), que lo quemó en el lavabo del baño del camarín, y entra por la puerta de la escenografía una señora a la que no habíamos visto en toda la obra. Un segundo de extrañeza y un poco de adrenalina. ¿La obra tenía un as bajo la manga? La mujer entró con una actitud muy diferente a la de los demás cuerpos en escena, como si arrastrara los pies pero sin arrastrarlos. Se paró, miró a público y nos dijo “no se asusten, vamos a tener que evacuar la sala porque hay un pequeño foco de incendio en el teatro”. Nosotros todos callados, nos quedamos mirándola, con una mezcla de fe y resignación, esperando que su monólogo siga pero sabiendo que eso no era todo. Después de unos segundos una vieja, haciendo buen uso de la famosa "impunidad de la tercera edad", pregunta “¿es la obra o es en serio?”. Todos los actores hacen un gesto al unísono dejando en claro que eso no estaba en los libretos, el personaje de la señora nueva dice “no, es en serio, están buscando dónde está el incendio pero estamos vaciando el teatro, asi que vayan saliendo tranquilos de la sala, accedan a la salida por las escaleras”. Nos empezamos a levantar de las sillas, tranquilos, más por el mareo de ésta cesárea a la realidad que por educación ciudadana. Los actores hacen lo propio. Yo, sin nadie con quien comentar lo extraño de lo que está pasando, subo en silencio las escaleras. Pienso en la actriz diciendo “Sí, quemé el manuscrito, en el baño del camarín” y en la posibilidad de ese hecho invisible generando un incendio real en el teatro.
Estábamos en el tercer subsuelo así que el ascenso al mundo exterior amainó un poco la violencia de los cambios, de lo que está fuera de todo posible cálculo.
Salí a Corrientes donde había tres camiones rojos cortando la avenida. Muchos de los que hasta recién eran público se quedaban parados en la puerta, conversando. Mi sentido común me hizo alejarme un poco más, crucé la calle y me quedé mirando el teatro desde la vereda de enfrente. No se veía fuego, ni humo, ni nada. Yo pensaba todos éstos bomberos buscando un incendio que acaso nunca van a encontrar, porque está únicamente en lo aludido de la narración. Mi cuerpo se quedaba ahí parado, no sé bien por qué. Sentía que ya tenía que irme, que no había nada para ver ahí, pero mi rol de espectador no podía ser borrado de un escobazo. Pasaban los minutos y yo me quedaba parada mirando el edificio, mirando los bomberos y su despliegue escénico.
Un rato largo pasó y con el rabillo del ojo veo venir una forma floreada corriendo hacia mi, escucho mi nombre. Me doy vuelta y era Estefanía, una amiga a la que no veía hacía muchos años, que venía hacia mi contenta. Reaccioné y nos abrazamos. Ella iba muy apurada, me pregunta que qué hago ahí parada y me cuesta explicarle, le hablo de un incendio, de Hedda Gabler, del tercer subsuelo. Me dice que está llegando tarde a una obra en el teatro de
Entramos a ver la obra, el argumento era éste: una actriz que se reencontraba con su ex marido en el camarín de su teatro que incidentalmente acababa de incendiar, y estaba ardiendo mientras el encuentro transcurría. Impactada, pensé que la labor del cuerpo de bomberos allá afuera se estaría recrudeciendo. Una cuadrilla de hombres muñidos de enormes mangueras buscando el foco de un incendio que estaba ubicado en el único lugar en el cual no están entrenados para acceder, en la cabeza de un grupo de personas que sucedió, fueron espectadores de una misma obra (y que fueron evacuadas y separadas en un claro plan de amenguar y apagar el incendio desde la raíz). Y yo, siendo el único elemento fugado de ese grupo que antes estaba viendo la obra justo enfrente, ahora oculta a sus espaldas, mantenía ese fuego nómade encendido.
Toda ésta sensación de ser la causante prófuga y huidiza de una catástrofe urbana, no me impidió notar que la actriz representada por una actriz, hablaba de una tercera actriz a la que odiaba y que había hecho el papel de Nora, la protagonista de Casa de Muñecas, de Ibsen. Para esa altura del día mis ojos ya no se abrían ante cada suceso, se mantenían achinados y tranquilos en su posición natural, mientras mis terminaciones nerviosas temblaban de emoción. Casa de Muñecas era la primera obra que había visto esa noche.
Al salir, nos fuimos a tomar una cerveza a una pizzería para ponernos al día aunque sea un poco, de todos esos años sin vernos. Nos pareció por lo menos llamativo el hecho de que teníamos historias que incluían a las mismas personas, pero sin nunca cruzarnos nosotras. También, y para no perder la línea argumental, le hice notar cómo había pensado en ella los últimos días, por haberme encontrado hacía muy poco (en otra situación entretenida, por lo menos) con quien había sido coprotagonista de un cortometraje que ella protagonizó y yo dirijí unos cinco años atrás. Lo cierto es que no, no dejamos de sorprendernos. A cada coincidencia llenábamos de gritos, risas y aplausos la pizzería. Éramos como dos puntas de un ovillo de lana anudado.
Al día siguiente fui a la veterinaria y firmé un acuerdo de eutanasia a nombre de Roberto Gurevich. El final ya estaba escrito. Pero no, “escrito”, mi firma no tiene valor alguno. La dueña del animal, a último momento decidió llevarse al gato a su casa, conectado como estaba de sueros y medicinas, y dejarlo morir de muerte natural, o vivir un rato más. Ya quien sabe.
jueves, 10 de febrero de 2011
La espera simioforme de los desesperados
Un montón de personas paradas en una terraza.
- Está bien estar así apretados, así nos vamos acostumbrando a estar cerca. Cuando nos suban no vamos a ser los únicos, van a estar rescatando comitivas de todo el planeta. La salvación va a llegar, pero yo no dije que iba a ser cómodo. Igual, hermana, si corre un poquito el codo vamos a estar todos mucho mejor.
(murmullos que crecen, hay como una discusión general y baja)
Flaco, dejale el asiento a la señora. Al final cada uno acá hace lo que quiere. El bendito comportamiento de masa, la aspiración al anonimato y que ocho cuartos. Como la vez esa que yendo para Floresta, un coche de ésta línea pero de otro ramal, que no va y se sube un perro. Así estaba (muestra haciendo montoncito con los dedos), peor que hoy, y el tipo se sube igual. Empieza a pasar por entre las piernas de la gente y se sienta en el asiento del fondo. Así, como se sientan ellos.
- Pero ¿cómo? ¿estaba vacío el asiento?
Si (el murmullo general dice “no tiene sentido” y “entonces no estaba tan lleno”). Y al tiro se sube otra señora como ésta, vieja, y todos empiezan que el perro debería darle el asiento, que no puede ser que un animal salvaje tenga más privilegios que nosotros... (pausa) El canino mira, con los ojitos, calladito se levanta como un duque, y en la siguiente parada, que era ya entrando a Flores, se baja. (pausa) Miralo, ahí tenés, le cedió el asiento, sí, pero prefirió alejarse de todos los humanos que lo habían prejuzgado. Lo quise. Nunca más lo volví a ver. Anda a saber si se tomaría el tren ahí de Flores... o qué...
- ¡Déjenle el asiento al Raví que está muy triste!
- ¡Ah No! Horas hace que estoy esperando mi turno ¿Cómo cree que estoy yo? ¿cree que no estoy apurada yo también?
- La paciencia ante todo hermana, los aliens no van a aceptar esas actitudes entre los suyos, ellos manejan otros tiempos. Tiempos cósmicos. (pausa) Si no se tranquiliza la van a dejar acá, sola, abandonada, viendo como el planeta estalla en mil pedazos por nuestros pecados, y usted con él, pecadora. Pensé que ésto ya estaba conversado y comprendido, en ésta terraza no hay lugar para la pérdida de la compostura. Es el punto de contacto, tenemos que quedar bien.
- ¿No estoy bien? ¿Qué? ¿ésta remera te parece demasiado? (le muestra su remera de los Stones) Me la puse porque me dijeron que a ellos les gusta que los normales los admiremos.
- ¿Qué pasó que convocaron tanto ésta fecha?
- Eso. Dijeron que iban a tocar con los Stones.
- ¿Qué? No puede ser. ¿Qué capacidad tiene éste lugar? No pueden tocar los Rolling Stones en un lugar así. Además ¿cómo consiguieron tocar con los Stones? Yo los quiero a los pibes pero no son taan grosos. Además me parece que un Stone se murió, así que técnicamente no son los Stones, pueden ser “parte de”. Lo que no entiendo además es cómo te cobran la entrada y después ni ves el escenario, al menos si estuviéramos en el mismo recinto, pero intenté bajar al campo y un patovica me paró, me dijo, vos te quedás en el lobby gordini. Y de acá encima se escucha todo sin los bajos, los temas de ellos vaya y pase, pero escuchar a los Stones así, todo agudo... es una picardía.
En algún momento de su vida, es posible que usted se haya preguntado: “¿Por qué hay tanto sufrimiento en el mundo?”. La humanidad lleva milenios padeciendo los terribles azotes de la guerra, la pobreza, los desastres, la delincuencia, las injusticias, las enfermedades y la muerte. Y en los pasados cien años, el sufrimiento ha sido mayor que nunca ¿Acabará alguna vez todo ésto? La alentadora respuesta es que si, en 10 minutos, cuando explote por fin el planeta. *
- Si en 10 minutos no avanza un turno por lo menos, me voy al carancho y va a ser para quilombo. ¿No se supone que estamos todos enfermos? ¿como es que nos tienen como vacas esperando acá? Contagiándonos todos los víruses que tenemos, yo entré con uno y ahora andá a saber cuántos tengo, qué me contagió éste esperpento de acá, o esa señorita que huele raro... Todos los martes caigo acá y todos los martes la misma historia, tal vez el doctor Chiquitti ni siquiera existe, y estamos todos acá como una secta vacuna abducida por un supuesto “médico” que nos va a curar el dolor que nos aqueja. Acaso todo lo que necesitemos es una dosis baja de aspirina, señores. Y nada más, ¿Qué tanto?
-(mirando para arriba) Mirá, un angelito.
-(mira) ¿En el techo?
-No, en el cielo. Miralo, viene volando a buscarnos.
-Me parece que es un tipo cayendo.
-¿Qué? No, si va para el costado. La gravedad va para abajo y los angelitos para arriba.
-No no, eso está yendo en picada. Medio lento igual.
-Porque los angelitos llevan la paz del Señor.
-Pará Elba es un mono.
-Qué lindo. Está como sentadito.
- Es un mono flotando.
- ¡Es la señal! Nunca pensé qué ésto iba a pasar, pero es la señal. ¿Oyeron la explosión? Faltan meros minutos. Bueno bueno bueno, atención, ahora que el mundo se está por terminar quiero brindar por la nueva vida que va a comenzar para todos nosotros, los elegidos, en una galaxia no muy lejana, en un planeta que El Maestro creó para nosotros, lleno de plantas y animalitos que estarán entrenados para servirnos, comida saludable que crecerá de los árboles y será traída a nosotros por robots voladores que también nos llevarán de paseo cada vez que queramos. Imagínense lo que va a ser, tan ilimitado y libre, desesperadamente necesitados de la mano de un extraño, en una tierra desesperada.
- ¿Eso no es una canción de los Doors?
- No. Lo importante es que ahora le vamos a decir mundo a un lugar distinto, le vamos a decir “casa” a un nuevo hogar. Agradézcanle al Maestro por tanta gracia.
- Yo me quedo.
- Perfecto. ¿Qué? ¡No! ¿Qué? ¡No se queda nadie!
Todos van a salir a trotar conmigo, porque todos hicieron un desastre ayer en el casamiento de Marta. A vos, con esa carita de angelito, te vi comer milanesas a la napolitana como si no hubiera mañana. Le daba la tipa a la papa frita, parecía un cavernícola. ¿Y éste? Como un oso, metiendo la cara en el plato directo, “mirá, sin manos” decía. Bien ¿eh? Muy bonito. La idea era que nos podamos controlar mutuamente y todos ahí gordeando, chancheando, metiéndose toda la comida por la cara, dulce, salado, todo. Y después vienen y dicen que quieren estar mejor, que sí, que prefieren ser delgados, que se van a esforzar. Yo puedo incentivarlos, hacerlos ver que ustedes son importantes y que sus metas son valiosas. Pero ¿saben qué, rollizos? con venir al grupo no alcanza, y venir caminando no es ejercicio. Así que todos a mover esos culos en joggins y salimos a trotar ahora. ¡No se queda nadie!
- 1. No si, yo también me quedo. Me da culpa porque dejé a mi perro y a mi madre en casa. Si la tierra explotare, quisiere ver a mi madre desaparecer en una bola de fuego. Porque al fin y al cabo, ahora, ante la inminencia de la nada yo digo... si detesto tanto ésta vida apestosa como para unirme a ésta secta de retardados que siguen a un sujeto que usa gel en el pelo mientras les dice que hacer, acaso prefiera terminar con éste hazmerreír pero dándome una última satisfacción, una única ¿tal vez? Ver la cara de mi madre cuando se transforma, chamuscada, en una chispa del Apocalipsis. Ella es la culpable de que yo ahora esté acá parada hablando como una estúpida, así que gustaría de verla reventar. Si, claro, me quedo.
- 2. Tiene un punto la chica.
- 3. Si El Maestro te escuchare...
- 4. Pero vos te estarías muriendo al mismo tiempo que ella, en el mismo instante, tal vez no llegás a verla. Incluso quizás estén ubicadas de tal manera que el fin del mundo te llegue primero a vos que a.... ¿como es?...
- 1. (preocupada) Norma.
- 4. ....que a la señora Norma.
- 1. Es cierto, no lo había pensado.
- 4. Te manejás con niveles bajísimos de probabilidad... y en lo que concierte al parricidio, homicidio, suicidio, todo tipo de muerte propia o ajena... es bueno tener más seguridades.
- 1. Tenés razón, bueno okei, subo.
- 4. Gracias. ¿alguien más que prefiera cambiar una larga vida de placeres alienígenas por ver a un ser querido morir horriblemente?
- (todos: “mmmnono” “no” “no”)
- 5. ¡Falta un minuto!
Mirá, otro monito.
Es todo muy extraño Elba. ¿Serán de
Tal vez son angelitos de mono.
¿Pero qué decís, Elba? ¡Por favor! Si fueran ángeles de mono tendrían alas.
Diosito le da alas sólo a los humanos, porque se parecen más a él.
Yo afirmaría que son de
Mirá, otro más. Tirale algo a ver qué hace.
No, no. Esperemos a ver si aparecen otros.
- Cinco minutos más, señores. Por favor, no se pongan impacientes. Ya les dije que los aliens manejan tiempos cósmicos ¿Qué les va a importar a ellos nuestros estúpidos relojes atómicos? Ellos tienen partículas mucho más chicas con la que medir el tiempo, sus relojes son un 98% más pequeños que los nuestros, y también vuelan. Así que por favor, con todo el tiempo que gastamos en nimiedades ¿no vamos a esperar 5 minutitos más la salvación? Recordemos ahora todos juntos las enseñanzas del Maestro Galáctico, el triángulo CRC: ¿cómo és? conocimiento, responsabilidad y control. Ahora en un minutito, nos pasan a buscar, explota todo y ahí empieza lo mejor. ¿A dónde van?