lunes, 9 de septiembre de 2013

Brillar, la muerte o el golpe letal

Tratar de convencerse de:
Que la muerte es parte de la vida, que el tiempo que nos toca es un milagro del que tenemos que estar eternamente agradecidos. Que la eternidad es un concepto que no podemos entender, pero que vale la pena intentarlo. Que cuando nos morimos algo perdura, pero que eventualmente vamos a ser olvidados y ya no vamos a existir. Pero que ese hilo que movimos mientras éramos, va a tener consecuencias por siempre jamás, para bien y para mal. Personas van a nacer gracias a nosotros, hay que pensar.

Personas van a morir gracias a nosotros, hay que pensar.

Tratar de convencerse de :
Que nos perdemos casi toda la historia que no tiene principio ni tiene fin, y eso es digno de querer morir. Uno puede decir, si me van a dar tan poco quiero que esto se termine, cuanto más tiempo pase, más me voy a enamorar, y después dejarlo va a ser más duro. Ahora está bien, ya estuvo bien, amo a la vida con ese amor de los adolescentes. Prefiero quedarme con este recuerdo y apagar. Irme a dormir y despertarme en la siguiente vida sin ningún recuerdo de ésta. Sabemos tan poco como funciona lo de morir que no podemos comprobar científicamente que la reencarnación no existe. Tenemos que convencernos de que la re encarnación no existe. De que es ahora o nunca. Y como nunca es lo mismo que siempre, no lo entendemos tampoco, entonces hay que convencerse de que hay que elegir ahora.

Y después saber qué hacer con eso.

Tratar de convencerse de:
Que morir no es entrar en la eternidad porque en vida ya estábamos adentro. Que somos ese ciempiés de la cuarta dimensión cuyo cuerpo empieza en la nada, sigue bebé, después joven, después viejo y termina en la nada otra vez. Que el momento de morir va a llegar, y no vamos a entender nada, y vamos a pensar todavía no, pero va a estar mal. Que si encontramos nombrar la muerte con la palabra correcta, no vamos a tener mas preguntas, no nos va a aterrar su llegada, nos vamos a deslizar a través de eso que ya no se llama muerte porque tiene otra forma, o que tiene otra forma porque ya no se llama muerte. Tiene que dejar de existir la palabra muerte, o tal vez tenemos que adjudicársela únicamente a objetos inertes. Para todo lo que tiene vida debería llamarse de otra forma. Sugiero por ejemplo brillar o golpe letal. Me quiero brillar; cuando llega el momento de brillar. O, 50 personas sufrieron golpe letal al volcar un micro en la ladera del Cerro de la Gloria, el chofer salió ileso pero se brilló de un tiro en la sien.

Cambiar la palabra es la solución.

Tratar de convencerse de:
Que no hay que pensar mucho en eso, pero que igual es gracioso. Ayer salí a comprar leche y alguien se murió. Hoy fui a Barracas y alguien se murió. La semana pasada baldeé por fin el patio y alguien se murió. Fui a buscar unos videos de hace 20 años y alguien se murió. Qué suertuda. Está pasando todo el tiempo, somos como las células del planeta, células que a su vez tienen células que también se van muriendo todo el tiempo. Células (el elemento de menor tamaño que puede considerarse vivo) que nacen de otras células, una célula crece y se divide, formando dos células, en una célula idéntica a la célula origianl.
Las células a veces se pudren y matan a las personas. Les llamamos enfermedades y también les tenemos mucho miedo. Nuestro ejército hizo grandes avances, pero todavía no sabemos cómo derrotar a las peores. Si enfermás, tratar de convencerte de que no vas a morir. O... decir ya estuvo bien, ahora tengo amor adolescente.

Para poder pensar “ya estuvo bien”, habría que amar a la vida con amor adolescente siempre.

Tratar de convencerse de:
Que se puede amar la vida con amor adolescente siempre. Que mi abuela se está por morir y a ella le encanta Borges. Borges te hace pensar en la muerte con alegorías, pero te hace pensar en la muerte. No sé si hay que leerlo o no. Tratar de convencerse de que hay que leer a Borges. Se murió un bicho en mi vaso de vino y no pienso en la muerte porque es un bicho. Pienso en cómo sacarlo sin que manche mi vino. Pero de repente sí, pienso si yo alguna vez voy a manchar el vino. Pienso en cómo va a ser el momento que me toque brillar, qué voy a estar pensando cuando llegue el golpe letal.

Tratar de convencerse de que voy a pensar “ya estuvo bien”. 

Tratar de convencerse de todo eso y no lograrlo,
y no lograrlo,
y no lograrlo,
y no lograrlo,
y no lograrlo,

y no lograrlo.

domingo, 12 de agosto de 2012

Do i have a minute?


Do i believe in the existence of a god?
No, i don´t.
Do i believe in life after death?
No, i don´t.
Do i believe in love?
No, in deed, i don´t.
Do i think there´s a line that divides good from evil?
No, i think the idea of such a line is absurd, and hence, stupid and impossible.
Do you feel uncomfortable here on earth?
Sometimes i do.
Do you use different chemics to soften the uncomfortable feeling?
Sometimes i do.
Do you think crying is for little girls or pancy ladies?
Yes, i do.
Do you cry, never the less?
Yes, i do.
Do you believe that suffering is a human invention?
Yes, i do.
Do you suffer, never the less?
Yes, i do.
Does the idea of eternity makes you brain tired?
Sometimes it does.
Does the idea of love makes your brain tired?
Sometime it does.
Does the idea of death makes you
  1. Think nothing is worthy
  2. Believe everything you do is extremely important given the little time you have on game
  3. Tired in the brain
  4. Creep you out to death producing a sort of Catch 22 but less logical
  5. Feel relieved

viernes, 20 de julio de 2012

Extraño


Voçé, carinho e amor

En un país cercano se pueden guardar muchas cosas. Es mi hermano el que está tendido en la arena, es Mariano que hunde los pies en los restos suaves de cada ola hundiéndolos muy de a poco. 
Tomaba ron helado, el aire de la noche estaba inundado con las cuerdas vibrando de una guitarra, todo era cálido. Las mujeres bailaban en la tienda, las palmeras meneaban sus grandes hojas.
Él no pensaba en su mujer ni en su trabajo, más bien no se sentía pensar. Sintió perdonar todo y dejarse ir, creyó que no necesitaba nada más.
Una ola le dijo que si, cedió a su invitación y aceptó bailar esa pieza. Tocaron las plantas de sus pies, la ola y mi hermano. La espuma le efervecía entre los dedos, su camisa se humedeció con la sal de su cama, su pelo cortísimo se sintió niño otra vez, fuerte y brillante. Sus ojos en los brillos de la aurora nocturna, parecían ser el uno para el otro. Él y ella ya eran mejor uno que dos, o eran todo, rompiendo las barreras hechas de membranas finas de caracol.
¿Viste qué hermosa es la noche? se dijo en voz alta, ¿viste mi amor? se dijo.
¿Ya oíste como cantan esas guitarras? tan suavemente... le dijo al mar. Respiraba todo estremeciéndose la piel. El calor.
La música la inventé yo, le respondió el mar. Él se sonrió ¿Y a mi quién me inventó? le respondió. A vos te inventó la música, Mariano. Por eso sos tan bueno. Mi hermano soltó una risa simple como nunca, lleno de humildad ¿Y a vos quién te inventó, mar?
-          A mi me inventaste vos.
-          No me mientas, hermosura.
-          A mi me inventó el calor.
-          Eso no es posible, océano de luz.
-          Me inventó la aurora.
-          Te inventó el dinero.
-          No hables así, a mi me inventaste vos, mi amigo feliz.
-          Es cierto que soy feliz a tu lado.
-          Con tus pies en mi pelo.
-          Con mis pies en tu pelo hermoso.
-          Eso que acariciás son rocas.
-          Lo que acaricio es tu pelo, tu pelo son reflejos del cielo, que no termina nunca.
-          Lo que digas está bien, Mariano. Lo que digas es cierto.
-          Y la música es el calor, no la inventó nadie.
-          Ya no hablemos más de mí.
Mi hermano rió limpio otra vez. Era feliz y yo lo veía de lejos, mientras bailaba en la tienda. Mis pies tocaban la arena y los tambores, los hombres tocaban la música.
Eran las once de la noche en los relojes de los ausentes, era el calor del cielo negro en nuestras faldas y el baile lo que las hacía flotar. Yo reía con el morocho que me sacudía al ritmo de vos, las guitarras vibraban calientes, los hombres bailaban sonrientes. Mi hermano vino, me tomó de una mano y bailamos. Amo el mar, me dijo. Yo también, le contesté.

sábado, 2 de junio de 2012

Autorretrato falso en siete espejos fallados


La aleta es como de una sirena nadando en la fuente, o la aleta es como de una ballena nadando en la vertiente. Cualquiera de las dos puede ir, están bien.

El barco parece muy chiquito comparado con el mar, o el marco parece muy chiquito acodado en el bar.
Acodado yo, mirando el barco en el marco. Y mirando el mar.

La voz en el teléfono suena latosa, dice Hola, estamos en el aire.
Y es cierto, estamos ahí, como flotando, en el aire.
La tos en el semáforo suena rasposa, suena como que me falta el aire y digo al teléfono Chau.
Y es cierto, estamos lejos, y estamos despidiéndonos, acá, tan lejos.

No puedo creer que haya tanto viento, es muy fácil caminar, soy como un velero. Suenan las campanas aunque no es la hora en punto, no son pesadas para él, no son de plomo para el viento. Él es denso a su manera.
No puedo creer que digas que te miento, es mentira tu penar, y ahi salis corriendo. Sus pasos rápidos hacen eco en las paredes de las casas, no voy a correr tras él, todavía no pude recuperar el aliento. El suspenso me supera.

Alguien canta una canción desde el único balcón con la luz encendida. Veo la luz en un charco entre los adoquines, el reflejo del agua chispea con cada gota, la canción se va rápido con la corriente, mis oídos son los adoquines que abren el agua en dos.
Nadie canta una canción desde que nuestro pequeño halcón voló con viento en contra a la deriva. Busca la luz de un barco con rayos bailarines, el misterio del agua chispea con cada gota, el halcón vuela rápido hacia el mar caliente, sus oídos son adoquines que abren el agua en dos (sus latidos son arlequines que gritan a viva voz).

El cantante es una especie de versátil volador que se esconde en sus piyamas y sus medias altas son los techos. Si te hubiera perseguido sabría que ahora estás encontrando la luz del faro, y el aire respira por vos, ya no podés más.
El navegante es una especie de volátil versador en donde sus palabras y sus tragedias santas lo han hecho. Si se hubiera extinguido sabría que no hay que ir hacia la luz del faro, que el aire te dice adiós, que no hay nada más.

Entonces el bar está repleto y no hay ecos en el humito celeste, afuera debe llover a mares porque de repente tu pelo una gota. Mojarse siempre es naufragar y secarse son solo los restos.
Entonces jugar es mi amuleto y hay restos de mi halconcito terrestre, afuera deben gruñir los zares porque de repente tu pelo me moja. Encontrarse siempre es naufragar y odiarse es solo un momento.

lunes, 7 de mayo de 2012

Estoy enamorado de Cádiz


La voz de Marta estaba más nasal de lo común, cuando golpeé la puerta preguntó Quien es y noté que tenía la voz mucho más nasal. Me pregunté si estaría con gripe o algo contagioso, y tuve mucho miedo de tener que cancelar el plan por causa de virus o bacterias. Algo tan chiquito Marta, le dije del otro lado de la puerta. Ella con su voz nasal me volvió a interrogar, yo repetí Que sería una picardía cancelar todo por una nimiedad ciertamente superpoderosa y harto pegadiza como es un resfrío o una tonta gripe. Marta se hacía la que no entendía, pero con la voz así tomada como la tenía es claro que podía deducir de qué le estaba hablando, a pesar de que esperaba escuchar mi nombre en lugar de esa respuesta (Ella había preguntado ¿Quién es? Y yo, Algo tan chiquito Marta, le dije, en vez.). Incentivando la vagancia intelectual de Marta la vecina, su poca chispa inductiva (no estuve bien, le di el pescado, sé que le di el pescado a Marta) le respondí directamente a sus preguntas más básicas. Me identifiqué con mi nombre seguido de “el vecino de al lado” y le comenté que tenía unos videos que me interesaba mostrarle. Agregué que a ella también le interesaría verlos, como para asegurarme de algunos objetivos a corto plazo (llámese entrar a lo de Marta, llámese recibir una opinión calificada o tal vez sólo charlar ahí mismo en la puerta un ratito, que ya es bastante).
Marta, que ya me había visto más de una vez paseando al perro o baldeando la vereda o tomando un mate en el escaloncito o haciendo mis pintadas callejeras, supo enseguida de quién me trataba. Lo que una vez más no pudo deducir fue el asunto de los videos. Ahí llevaba ventaja yo, que planeaba jugar con su curiosidad como si fuera una hamburguesa (hasta límites insospechados). Ella me preguntó más cosas, del estilo hora, clima, tipo de calzado, camisa, pantalón. Debo reconocer que temí por el éxito de mi misión cuando tuve la pésima idea de responderle que iba vistiendo unas bermudas demasiado cortas y una camisa de puños. No es una combinación que las señoras aprecien, ahora lo se.
Otra cosa que sé ahora sobre “ser una señora” (una de las infinitas cosas que se me escapan y que entenderlas califica de imposibilidad. Digo, nunca voy a ser una señora, pero tampoco una gimnasta rusa o mi papá o un germen en la luna. Nuuuuuunnnncaaaaa, nunca nunca nunca nunca nunca nunca nunca nunca nunca nunca nunca), otra novedad sobre ese misterioso mundo de las señoras acá representado por mi vecina Marta es que abren la puerta instantáneamente cuando se les habla de deportes. No sé por qué razón se me ocurrió hacer referencia al torneo de atletismo que estaban dando en la tele y fue pura Marta pura toda abriendo la puerta. Aunque la verdad, todavía parecía dudar un poco. Creo que le dije que le había grabado la parte de salto en largo y salto en alto de las olimpíadas en unos casets para que los pudiera ver todas las veces que quisiera. Dejo abierta la posibilidad de que mi señora no represente eficazmente al gran espectro del ya mencionado “universo señora”.
Ya adentro de la casa de Marta, en shorcitos (bermudas cortas era un eufemismo) y leñadora, aproveché para halagar sus macetas. Indagaba yo sobre sus plantas, no sin un objetivo claro. Ella me hacía unas preguntas, que no recuerdo a qué apuntaban, pero sí me acuerdo que no respetaba ningún protocolo de respuesta. Marta me contestaba con una pregunta siempre, y ni siquiera tenía que ver con plantas, me hablaba de la hora, de mi madre, de las pintadas callejeras y sobre todo de los videos. Que los videos ésto que los videos ésto, que los videos así que los videos así, Marta, que los videos ¿¡QUÉ?!
Fue sólo un segundo que perdí la paciencia, pero lo controlé apegándome a los planes (eso siempre funciona, mis cálculos siempre tienden a ser correctos, siempre. Me equivoco una vez cada muchos años. Se bastante.). Marta se tranquilizó después de que le grité, porque en seguida saqué los videos de la bolsa. Un dato para tener en cuenta, que sirve mucho en éste tipo de situaciones para alivianar el clima, es aprovechar lo dado: por ejemplo, yo tenía los casets VHS en una bolsa de zapatos, de una zapatería de ahí de la zona, Patriland Calzados. Entonces cuando saqué los casets (algunos, tres o cuatro, no todos) le dije a Marta contento, Mirá los zapatos que te compré. Una risa.
En seguida rectifiqué y aclaré que lo que sostenía en mi mano eran los ya mencionados casets y no eran zapatos. La información que no entregué todavía era que no se trataba de grabaciones de atletas saltando ni en largo ni en alto. No había nadie saltando, ni tampoco había atletas, ni quietos ni nada, en mis cintas (les recuerdo que eso lo inventé para acceder a Marta, una decisión tomada sobre el minuto con éxito).
Después de lo del chiste se ve que Marta sonrió en un momento y breves instantes después estábamos en su living. Me acerqué a la videocasetera y le dije Marta, yo se que vos te dedicás al cine o que te gusta ver muchas películas (yo escuchaba todas las películas que Marta veía desde mi cocina), quería ver si me podías ayudar con una cosa. Como un favor de vecinos ¿puede ser? Marta de hecho era arqueóloga, y por eso de buen corazón. Eso yo lo sabía porque escuchaba todas las conversaciones de Marta desde mi cocina, nos separaba una medianera de la calidad que las hacían en la década del 40. Decía cosas lindas Marta, hablaba sobre ruinas y sobre amigos y sobre libros. Había un juego que jugábamos cuando ella hablaba por teléfono que yo agarraba mi teléfono y desde mi cocina le respondía como si fuera su tío o su hijo o su amiga Dora o su marido el explorador que casi nunca venía a casa, y así horas. Preferí que en ese momento no hablemos del juego ni nada, porque ya estaba por la parte del discurso de “La verdad de los casets” (así le puse de título cuando lo escribí), aunque como me olvidé el papel original (estaba seguro de que lo había puesto en el bolsillo de la camisa) se lo dije medio mal.
Ella me entendió y me autorizó a usar su videocasetera, hice ese gesto con el brazo que se hace cuando las cosas salen bien (brazo en 90º, puño cerrado boca arriba y un mini codazo hacia atrás) y puse el primer caset.
Marta estaba sentada en un sillón, con unos pantalones rojos pinzados de botón alto y una blusa de señora muy bien, muy bien (recién ahi me percaté del error de mi camisa, por contraste). Marta era una señora muy hermosa en su ropa y en sus gestos, me hubiera gustado que mi medianera fuera de cristal. Ahora la voz de Marta, mi mejor amiga en las tardes, parecía poco. Sentada en el sillón, sostenía un cigarrillo blanco entre los dedos que le-encendí-enseguida-con-mi-encendedor-linterna; apenas el cigarrillo estuvo prendido giré mi encendedor en un solo movimiento ágil y rápido, y le mostré la luz que se encendía en la base. Marta asintió con la cabeza frunciendo un poco los ojos ante la potencia de mi adminículo. Creo que quedó impresionada, la encandilé. Siguió fumando y me dió el control remoto. Pedí permiso mientras me sentaba en el sillón junto a ella y apreté el botón que hizo andar el video. La videocasetera marcaba ya unos 00.01.34 en el display de tiempo cuando llegó el momento de hablar.
-         Marta, no entiendo ¿ésto ya pasó?
Marta exhaló el humo poniendo la boca como los besos, el humo que había inspirado hacía ya varios segundos.
-         ¿Sos vos ese?
-         Mhm... pero todo mucho más chico.
-         Si, veo...
-         Quería verlo con alguien que me dijera su opinión y, Marta, yo realmente respeto la tuya y me gustaría mucho que me la digas.
-         Mi opinión...
-         Mhm...
-         Es un video muy lindo, la playa es un lindo lugar para estar cuando sos chico y hace calor.
-         ¿Me podrías hablar de ruinas?
-         Hay una playa en Cádiz con unas ruinas romanas enterísimas, es como una película que se mantuvo andando durante decenas de siglos. Es como si viéramos tu película pero en el año 4000.
-         Si, mhm... pero lo que no entiendo es ésto ¿cada vez que veo éste caset tengo a la vez de nuevo 3 años y estoy en la playa?
-         No. No, no realmente.
-         Ahá. Y ésto otro; si me lo acuerdo más que nada de verlo en el video ¿cambia en algo el hecho de que entonces eso tal vez no haya pasado nunca? ¿se me puede borrar el caset un día? ¿o que pasa si no me lo acuerdo más y se me pierde el caset?
-         ¿Cómo? No, las imágenes de tu vida son igual que las películas, no se pierden.
-         No, las películas sí se pierden, lo que no se pierden son las ruinas.
-         No, las ruinas sí se pierden, lo que confunde a veces es el mar.
-         ¿Cuando lo ves y no sabés si es el mar o no?
-         Claro, algo así.
-         ¿Puedo poner otro de mis casets y verlo acá en tu casa con vos? En éste ya soy más grande, dice el año en la etiqueta ¿ves?, tengo muchos videos y no tengo casetera. Marta ¿podría...
Marta se parecía a las ruinas y me permitió quedarme con ella. Su marido el explorador no iba a volver, y ella era más dócil de lo que yo me había figurado en mi cocina. Lamenté haberle mentido para llegar hasta ahí, lamenté no tener los videos de atletismo de las olimpíadas. A pesar de haber logrado mi objetivo, lamenté todo salvo estar en el mismo sillón que Marta. En un momento tuve que contener mis lágrimas cuando me llamó “hombrecito”, pero es que estábamos tan solos ahí, tan solos que quise llorar de la furia. A mi me gusta pasar las tardes en el banquito pero cuando vi que Marta me necesitaba tanto, el banquito y los aerosoles parecieron los asesinos, los villanos, se parecieron al explorador. ¿Dónde está tu marido, Marta? Le pregunté.
-         En éste video ya sos todo un hombrecito, mirá. ¿Era tu cumpleaños?
-         No.
-         A mi me parece que es tu cumpleaños.
-         No.
-         Que linda torta ¿vos vivís solo acá al lado?
-         Era mi cumpleaños de 12.
-         ¿Y ahora cuantos años tenés?
-         Veintiocho.
Marta se rió fuerte y brillante mientras apagaba la colilla en un cenicero con la forma del Coliseo. Cumplo veintinueve la semana que viene, agregué.
-         Bueno.
No me creyó, pero como no me invitó a retirarme me seguí quedando. Puse el video del baile de los títeres y nos divertimos. Mi plan avanzaba a la perfección pero había un detalle que me tenía algo inseguro: nunca había pensado en el final. ¿Qué tal si me iba y nunca lograba volver a entrar? ¿Qué tal si no me iba y Marta me echaba dulcemente? ¿Qué tal si no existía realmente un plan? ¿Qué tal si le proponía una de las opciones más arriesgadas? Derribar la pared de la cocina y ser una casa los dos.
El clásico miedo al futuro me hizo soltar la lengua (¿qué iba a hacer en 15 minutos de mi sin ella?). Con la idea de derrumbar la pared se empezó a derrumbar también mi cróquis perfecto.
Con una maza que rompiera esa medianera conseguiría las ruinas de lo que inventé, Marta, para vos y para mi. Y yo soy una ruina Marta, mirá esos videos que ya no soy, y mirá lo que soy ahora, estoy como disuelto en el aire y estoy más solo que vos Marta y no tengo veintiocho, tengo diecinueve y no se qué hacer en ésta casa tan grande y hablo por teléfono con vos sin que vos lo sepas, te pido perdón por eso.

Como si fuera un chiste malo que alguien está escribiendo, en el video empezaron a sonar las voces de mis amiguitos cantando el feliz cumpleaños para mi. Busqué desesperadamente en mis bolsillos las notas que había hecho, quise aferrarme al plan de nuevo pero Marta me miraba fijo y con pena. Y sus ojos son como removedor de pintura, y también son tóxicos, y también me calman pero me dan ganas de mirarla con pena por la pena que veía en sus ojos que me miraban con pena. Éramos una ruina, ella hermosa y yo en shorcito como desnudo de la vergüenza.
Supe que era el momento de irme, ese era el plan ahora. Le habría pagado a Marta con pesos nuestros para que me echase, pero ella era una ruina amable y eterna y pensé lo obvio y se lo dije.
-         Vos sos Cádiz, Marta. Sos igual a Cádiz.
Ella me respondió que yo también, que todos éramos Cádiz, que Cádiz era la curva que nos lleva a casa y todo lo demás. Todo era Cádiz.
-         Tal vez ya sea hora de que te vayas, angelito.
Gracias señora Cádiz, de nuevo quise llorar pero me lo aguanté. A las señoras no se si les gusta que los hombrecitos lloremos, supongo que si. Me lo aguanté pero un ojito chiquito se me salió del ojo y me lo sequé con la manga.
-         No llores, sos un hombre lindo. Pero ya no deberías pintar nuestras paredes.
-         Tengo que pintarlas, no tengo opción.
-         Feliz cumpleaños. Es hoy ¿no?
-         No (Si, claro, vió la fecha en el video). Chau, gracias señora Marta.
-         Por nada, te quiero.
-         No tocaba que diga eso. Chau. Gracias. Señora Marta.
-         Chau. Fue un placer, angelito.
No se por qué la quise callar y casi le doy un beso en la boca, pero en vez de eso hice el sonido ese de silencio (ese que es como yyyyyyy) y me fui rápido.

Cuando entré a casa lloré un poco en el baño como para no hacer un escándalo en el living o la habitación. Cuando me vi en el espejo del botiquín tenía ocho años, apagué la luz. Después cuando terminé con lo de llorar, busqué la maza y me quedé parado frente a la pared de la cocina con la maza en la mano por 5 días eternos.

sábado, 17 de marzo de 2012

El reemplazo de H.F.

Kinsey Morgan - Odio a esa actriz que en la escena del follaje en el carro pone como los ojos en blanco y arruga las cejas. No puede convertir un momento sublime en una burla del dolor con tanta incompetencia.

Val Nazarián - Es un posible análisis...

Kinsey Morgan - Quiero que la saquemos, la quiero fuera de la obra.

Val Nazarián - No la podemos sacar, es un personaje central.

Kinsey Morgan - Buscamos un reemplazo. Detesto que use sus brazos como si fueran escobas en vez de darle el rango de alas que se merecen. El cuerpo es un instrumento musical, es sagrado. Ella lo transforma de manera banal en un instrumento de tortura.

Val Nazarián - Es cierto que lo transforma de manera banal.

Kinsey Morgan - Claro que es cierto. Hay que ver como se arquea para que su voz nos rompa los tímpanos antes de poder escuchar lo sublime del texto. Esa mujer destruye el signo, es el demonio.

Val Nazarián - (asiente) Antes de poder escuchar lo sublime.

Kinsey Morgan - Quiero un reemplazo.

Val Nazarián - De acuerdo.

Kinsey Morgan - Para la función de pasado mañana.

Val Nazarián - Me parece que no.

Kinsey Morgan - Que si.

Val Nazarián - Que no.

Kinsey Morgan - Que si. ¿Qué? Me querés decir que tenemos que soportar, nosotros y la audiencia, una sesión más de maltratos por parte de ese hécubo

Val Nazarián - Súcubo

Kinsey Morgan - súcubo coqueto deslizando su pelo coqueto por los hombros morenos de Sandoval. De ningún modo, ese reemplazo tendrá que ser conseguido en el transcurso del día de hoy, a más tardar mañana Fin de la conversación.

Val Nazarián - ¿Alguien que ya conozca el texto?

Kinsey Morgan - Por ejemplo.

Val Nazarián - Y que sepa las marcaciones.

Kinsey Morgan - Sería ideal.

Val Nazarián - ¿Margarita?

Kinsey Morgan - Margarita no podría actuar su camino fuera de una bolsa de papel.

Val Nazarián - ¿Actuar un camino de una bolsa?

Kinsey Morgan - Digo, Margarita es un cariño, pero no actuaría ni aunque le ates hilos en las comisuras.

Val Nazarián - Ni aunque de ello dependiera su vida.

Kinsey Morgan - Ni aunque le hiciéramos creer que su marido realmente murió.

Val Nazarián - Ni aunque le confesara lo inconfesable, Kinsey.

Kinsey Morgan - Ni aunque Shakespeare mismo volviera de la muerte todo muerto a escribir una línea sólo para ella.

Val Nazarián - Buen, entonces ¿Niní?

Kinsey Morgan - Basta Val.

Val Nazarián - ...

Kinsey Morgan - Basta Val, para decir idioteces está tu hermano.

Val Nazarián - :::

Kinsey Morgan - Podría hacerlo yo. (Zapatea un poco de tap, muy chiquitamente.)

Val Nazarián - Usted es un hombre. Un señor.

Kinsey Morgan - Lo se, gracias.

Val Nazarián - Y ella es una mujer.

Kinsey Morgan - Lamentablemente.

Val Nazarián - Digo, ella es diferente que un hombre. Es una mujer.

Kinsey Morgan - Y debería estar avergonzada.

Val Nazarián - ¿Y cree que eso no sería un problema, a nivel puesta en escena?

Kinsey Morgan - Vamos a estar todos tan aliviados de ver a alguien de nivel actuando al lado de Sandoval que no vamos a reparar en detalles. Por lo demás, desconocés Valery notablemente mi capacidad actoral para metamorfosearme en cualquier personaje que decida encarnar. Soy un dotado de la actuación. Me hice director porque era demasiado bueno actuando y me aburría. Quería tener desafíos, y decime si ésto no es un desafío: en mis manos está, el deshacernos de esa actriz.

Val Nazarián - Metamorfosearse en cualquier personaje que decida.

Kinsey Morgan - Cualquiera.

Val Nazarián - Bien, supongo que tendré que informar de la decisión a las respectivas áreas del teatro.

Kinsey Morgan - A Sandoval no, dejame a mi.

Val Nazarián - No.

Kinsey Morgan - Si.

Val Nazarián - No, a Sandoval le digo yo.

Kinsey Morgan - Mal, no no no ¡y no! ¿qué pasa? Soy el director ¿no puedo hablar con mis actores?

Val Nazarián - Ese actor no es suyo, ni lo va a ser.

Kinsey Morgan - No soporto la falta de respeto, me indigna. Al final Val sos igual que la tipa esa. Me da escalofríos pensar como mueve sus labios cuando inspira bocanadas de los labios de...

Val Nazarián - Renuncio.

Kinsey Morgan - Valery haceme el favor.

Val Nazarián - Me llama la atención su capacidad para triunfar por sobre el hecho de ser un hombre horrible.

Kinsey Morgan - No soy horrible, estoy enamorado.

Val Nazarián - No es cierto. Usted es horrible y no sabe lo que es el amor.

Kinsey Morgan - Usted es horrible y no sabe lo que es el amor.

Val Nazarián - No, usted.

Kinsey Morgan - No, la chica.

Val Nazarián - Deje tranquila a la chica.

Kinsey Morgan - Moncho Sandoval es mío, y si tiene que ser por encima de tu cadáver laboral, que así sea.

Val Nazarián - Yo lo amo.

Kinsey Morgan - Eso es patético.

Val Nazarián - Quiero representar ahora mismo la escena de mi deceso.

Kinsey Morgan - ¿Laboral?

Val Nazarián - No, primero espiritual y por último físico.

Kinsey Morgan - No se como ayudarte Val, pero Sandoval es mi actor, y por ende voy a hacer con él lo que necesite y crea mejor.

Val Nazarián - No entiende, yo lo amo a usted.

Kinsey Morgan - Pero hace solo unos momentos me estabas diciendo que era un hombre horrible y que no sabía lo que era el amor.

Val Nazarián - Aún así. Estoy enamorado de usted. La actriz soy yo, siempre fui yo.

Kinsey Morgan - Pero vos sos un hombre, Val.

Val Nazarián - Lo se.

Kinsey Morgan - Y ella, lamentablemente, es una mujer.

Val Nazarián - ¿Por qué cree que soy asistente de director?

Kinsey Morgan - ¿Porque era demasiado bueno en la actuación?

Val Nazarián - No, porque lo amo.

Kinsey Morgan - Cierto.

Val Nazarián - Pero también me hice pasar por la actriz que conquistaría definitivamente el corazón de Moncho Sandoval para que usted lo olvide de una vez por todas.

Kinsey Morgan - La actriz que conquistaría definitivamente el corazón.

Val Nazarián - Exacto.

Kinsey Morgan - ¿De qué te reís, Valery?

Val Nazarián - ...

Kinsey Morgan - Val, ¿por qué te reís como un loco? ¿No deberías estar llorando? ¿No era ésta acaso la escena de tu deceso?

Val Nazarián - ¿Y usted de qué se ríe? ¿No cree que la situación ha llegado a un nivel tal de tremendismo que no hay lugar para las expresiones de alegría?

Kinsey Morgan - Si pudiera detenerme lo haría. Te digo Val que la situación no me gusta nada. Detenete vos por favor, tu risa es demasiado contagiosa.

Val Nazarián - Si pudiera detenerme lo haría, pero esta risa es más fuerte que yo. Casi le gana a mi decisión de terminar con mi vida.

Kinsey Morgan - ¿No le gana?

Val Nazarián - No, de ningún modo.

Kinsey Morgan - ¿Te podría pedir un último favor, mi querido Val?

Val Nazarián - Claro que si, de todas maneras usted es el director del melodrama de mi vida, señor Morgan.

Kinsey Morgan - Me siento halagado. Antes de quitarte la vida ¿podrías terminar con la vida de la actriz y dejarme su vestuario en mis camerinos?

Val Nazarián - Llevo el vestuario puesto en este mismo momento debajo de mi sobretodo. ¿Recuerda que le dije que la actriz soy yo?

Kinsey Morgan - Bien, mucho mejor. Me podés entregar el vestido ya mismo.

Ahora que dejamos de reirnos, quiero decirte que me da mucha pena verte morir.

Val Nazarián - Pero va a disfrutar de ver morir a la muchacha.

Kinsey Morgan - Eso es cierto. Sacate únicamente el sobretodo entonces, y te quedás con el vestido.

Val Nazarián - Dígale a Sandoval que me perdone por hacerlo amarme.

Kinsey Morgan - Se lo diré, y quedaré como un héroe.

Val Nazarián - Lo amo, señor Morgan.

Kinsey Morgan - Todos lo amamos, Sandoval es un gran artista.

Val Nazarián se infringe la muerte - .

Kinsey Morgan - Unas puntadas de la mágica mano de la costurera Niní y éste vestido se me verá pintado (se termina de poner el vestido) Extraño... huele a Val. (pausa) Bien Kinsey, ahora yo soy la actriz. No siento nada. ¡Esa zorra!

domingo, 29 de enero de 2012

Avistajes: Otros Vecinos Necesitan Invadirnos

A Demi "el testigo"

Otra Vez Nómade Impostor, Oí Volar Nuestro Imperio, O Vagar Neblinas Inestables.
Lo curioso no fue el desplazamiento a la izquierda. A eso estamos acostumbrados, yo puedo desplazarme, mi mano puede, un avión, la hierba. Incluso variar la intensidad es cosa de las estrellas, o de los valcecitos de tertulia, o de un paquete de galletitas barato. También analizamos factores como la duración y la irrelevancia, sin demasiada sorpresa mal que nos pese. Pero la desaparición es otro cantar, una sentencia a muerte esperada, el tiempo-alivio que mencionamos a veces, no sin cierta melancolía.
En el momento en que la muy sospechosa se apaga por completo, es decir desaparece, se cortan de raíz algunos rumores que corrían en círculos en mi cabeza. Ésta detención desencadena una serie de movimientos transversales del estilo: a lo que antes era una estrella le quiero cocinar mucha comida (antes era una luz muy fuerte en el cielo), le quiero hacer ropa nueva con ropa vieja (después se movió), quiero saber si necesita una cajonera o un disco usado (finalmente desapareció), quiero que todo esté quieto (más quieto), que nadie se mueva (más quieto dije), eliminar todas las piernas (así, un poco más) sus piernas. Quiero meternos en un río y volverlo turbio, es necesario que hagamos turbio al menos un río de tanto nadar. (Quiero meternos en un lío y volvernos rubios, es necesario que salgamos rubios tu pelo es tan lindo que me hace llorar).
La desaparición de la estrella fue un antes y un después, definiendo por contexto al punto inexistente de separación entre esto
y
esto. Ahora ya no queremos tostarnos con la luz de andá a saber que basura de estrella, ahora queremos broncearnos con el ovni que se acaba de perder en “la vasta inmensidad del cielo negro”. Ahora (queremos broncearnos con el ovni) empiezo a comunicarme con palabras de otros (porque tengo miedo de decir algo mal), como: “la luz azul y la piel perla”, el viento nos erosiona la frente como una caverna, y ya tenemos forma de tanque o chimenea arriba en la terraza (eso está mal), la forma de “esos ídolos que coronaban el ánfora donde se entregaban en sacrificio a las vírgenes” como nosotros (eso está perfecto).
A oscuras te dije (con miedo a equivocarme en la sintaxis), quedate quieto, quieto, ahora voy a pintar un cuadro donde aparezcas como una sombra. Voy a dar (y cité) “trazos de fiel amor a la existencia de todos los seres y a la existencia de vos, el rey oculto”. Oculto, como dice el cuento, porque sólo yo se quién es el rey acá (yo sola se). El dueño, que no pudo evitar sin embargo que mi estrella desaparezca volviéndose ciencia ficción, porque detenta un poder que no desea, porque “desea, esperamos, poseer ningún ser”. Con ésta música que escribo te hice una canción, nunca antes alguien había escuchado la música que nace de entre “las letras que se escriben a raíz de la desaparición de una luz brillante en el cielo llevando entonces a la conclusión de que no era un avión sino algo más extraterrestre”. Es muy dulce, es una melodía ballenera para el rey, no existe otra igual. Y contra nuestra voluntad, somos sus dueños. Y con éste nuevo deber, hablamos del cielo en términos de “firmamento”, del brillo como “fulgor”, del observatorio como “planeta”, del amor como “fascinación”. Es como si hubiéramos envejecido juntos, sin dejar de cantar la canción del “fic fic fic” de las letras, del “fssss fddd” de las palabras pasar, del “ ” de la cadencia o mismo de los momentos donde sin detenernos pienso “todo ésto va a salir mal”.
Mientras la nave apagaba sus luces reglamentarias, el coro cantaba para empezar a cundir la voz. Al momento de lo sobrenatural, ante la revelación que esa noche entregaba a nuestro planeta en forma de fulgor en el firmamento, teníamos por fin una historia para contar. De ahí la emoción del coro que siempre nos acompaña, ellos son la voz, ellos quieren cantar historias que nunca fueron contadas. Son unos chismosos, son los vecinos, pero los queremos.
Lo medito, camino hasta el tanque y subo la escalerita, el coro esperando el movimiento ínfimo de mi varita que los deje volar hacia otros vecinos, que se mueran de envidia con sus buenas nuevas “acabamos de ver una nave espacial” cantaría el corifeo de formas más enrevesadas, tal vez en forma de canon, y le sumaría nociones de tiempo, espacio, tu nombre y mis datos (el color de tu pelo). Me había quedado en la parte del tanque, en “lo medito y camino hasta el tanque y me subo y el coro espera mi orden”. Ahí arriba, abducida, invadida de la fascinación por lo subnatural, tarareando la melodía de mi piecita portuaria, hago finalmente un movimiento con la ramita de tilo en mi mano y el coro despega con las mejillas a punto de estallar, cacareando de alegría.
Un segundo después
  1. me dejo caer al agua
  2. vi un ovni
  3. soy un pájaro
  4. te amo.
  5. TODAS LAS ANTERIORES (es ésta)

Un segundo después me dejo caer al agua, vi un ovni, soy un pájaro y te amo.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Una lístnea está formada por infinitos puntos

La lista que armé dice que el amor y que la muerte son un segundo. Pero que un segundo es un chiste, una adivinanza, una pregunta con múltiples opciones. Que a su vez son todas un chiste y una adivinanza, y una pregunta con infinitas respuestas.

Hay un héroe, que rompe las palabras con una pluma prehistórica, un arma perfecta que no tiene origen, y las traspasa como bailando sobre ruinas de arena, suaves y sabias. Llega al trono y Reina, y no nos acordamos como era que no esté.

Hay bares de madera vieja, con un hombre olvidado tocando en la armónica una melodía para que ella baile. Ella, la última mujer en el planeta, menea etéreo su vestido cargado de tierra, marca con los dedos el ritmo en las nubes de humo que salen de sus labios.

No hay mañana, en mi lista, porque somos las únicas dos personas del universo. Y para tan pocos, no lo necesitamos. El sol siempre se pone por detrás del molino y sale por la playa.

En la lista está la salvación, en algún lado. Están los errores cometidos y las montañas no traspasadas, y está el fuego que rescata las almas al final. Un coro femenino, gordo y angelical; esclavo. Un amo con un corazón partido, siempre a punto de chocar y descarrilarse. Siempre entregando todo por sus hijos y sus hermanos.

En la lista se repite con dos voces diferentes que el amor y la muerte son uno. Porque son el espacio más lejano en el cielo que vemos arriba nuestro. Son una misma fábula contada al derecho y al revés, pero son una misma fábula. Son un mismo segundo en dos pestañeos distintos, pero son un mismo segundo.

Una vez aparece un pájaro que vuela alto sobre desiertos con precipicios de piedra. Lo ve todo, pero podría volar al revés y entendería lo mismo.

Nosotros en cambio, no aparecemos volando. Estamos en la playa, o incluso un poco más abajo. En el fondo del mar. Hay una tormenta, que se repite cada algunos siglos, pero no hay segundos ni minutos. Es siempre la misma tormenta.

Hay hacia el final unos ojos, no podría precisar el orden. Los ojos parecen estar dibujados con un marcador negro sobre la hoja blanca. El trazo se siente estallar al mirarlo, y los ojos atrapan a cualquier lector que intente leerlos (todo lector, por defecto, intentará leerlos). Es una motosierra que sale de abajo del libro y te corta la cabeza en dos. Dos cabezas, sos un monstruo pero al menos nunca más vas a estar solo.

En un rincón de la lista hay un señor que sintió todo. Está cantando con una guitarra así y un gorro de estrella de cine. Es clásico, fuma un cigarro que lo besa perdidamente. Sigue pensando, pero ya pensó todo lo que se puede sentir y viceversa.

Hay un avión que aterriza sobre un escenario luminoso de cien colores. Luces robot revolean sus cabezas y encandilan a los pilotos que se ríen y sienten el olor del pavimento mojado. Los reflejos en los charcos dan las señales para que todos los tripulantes aplaudan la hazaña y bajen a encandilarse con el sol, las luces y el aluminio brillante de los robots.

En la lista hay libros que cuentan sobre éstos aterrizajes. Hablan de los colores, de los gritos y las risas, dicen que “bajen a encandilarse con el sol”. Dicen que eso es el amor, y que lo contrario es la muerte. Pero que son lo mismo. Están para cuando alguien alguna vez quiera aprender algo, ya están escritos. En la lista.

No hay un pozo de ranas venenosas que un día volarán como palomas. Pero por no haber, al final hay. Y todos se preguntan si el resultado de esa ecuación no es dudoso, si lo que dudan existe y por qué entonces están solos.

¿Toda la demás gente no es acaso distintas partes de nosotros, proyectadas en inventos con dientes de madera o de marfil, tanto en el sueño como en la vigilia? Ésta pregunta no está escrita, pero por no estar, al final está. Es maravilloso.

Adentro de la lista hay una lista, que dice Verano, Ceneas, Otoño, Parasol, Lumesea, Invierno, Nordeo y Primavera. Son las ocho estaciones, el tiempo se parece más a ese momento de no entender si la pesadilla era real y darse cuenta que no. El tiempo no existe, es alivio lo que llena los lugares y es alivio lo que vemos. Nada más que alivio sentimos con ésta nueva división. Cada temperatura tiene su nombre, treintisiete ya no es más un número (En la lista aparece tachado. En la lista están todos los números, pero están tachados), ahora es una estación.

Hay un último punto en la lista que dice “éste no es el último punto de la lista”. Lo cual significa “éste no es el final”.

domingo, 3 de julio de 2011

Audio Guía

La fractura ancestral nos delata como profetas paganos, la exposición de lo visible redunda como hiedra y veneno. Más quisiera que la destrucción no hubiera sido destronada una vez para después trágicamente tomar el poder con sus ejércitos redoblados; no hay violencia sin marcas en la piel.

La imagen expuesta es una gran escoba levantando de la tierra cuerpos dorados arqueados de intranquilidad, nerviosismo, inquietud, ansia, desvelo, desazón, afán, anhelo, incomodidad. Lo que refiere es desasosiego, La Imagen.

El orden y el caos completan los bordes interiores, casi como un marco roto. Un vaso con el cristal astillado, habla de un nuevo paradigma que se alimenta de inventos caídos en desgracia más de dos veces, profundamente calmo y fractal, como el fondo del delta. ¿Qué hacer, indaga, con aquello que se volvió obsoleto por no haber muerto a tiempo y que sigue entonces viviendo en una espiral mutilada por ambos extremos?

Y de golpe me encontré llevando tu cara en un cartel, no basta con recordar sus gestos para competir una vez más en el torneo de los triunfadores. No es cierto que si sueño que pilas de caballos duermen rellenando las caries de mis muelas, cuando despierto tengo mi dentadura completa otra vez, y mi abolengo reparado. De hecho, es del todo mentira.

A la izquierda del monte se percibe un trabajo con la textura del material. Refiere claramente al concepto de justicia, a la mano del hombre en nombre de la conciencia azotando sus visiones por miedo a que se vuelvan en su contra. El concepto sería la falta de justicia, para ser más específicos.

En mis muelas se abre un dique y el agua fluye haciendo desaparecer (o galopar) a los caballos durmientes. Esa parte del sueño es un claro caso de miembro fantasma, me duele algo que no tengo, tu cara en un cartel, el material raspado, todos galopando estrictamente la sección áurea de la imagen. La infalible y manipuladora lógica del oro, el número del lobo, el cálculo que no admite al arrepentimiento.

Los colores rojizos, por otro lado, son simplemente una afirmación de la culpa, la sensación de haber podido evitar el rugir del primer hombre, representado aquí por una silueta verde militar. Tener la razón y perderla.

Retomando la zona de la justicia, o la carencia de la misma, se carga de expresividad la trama al fundir el dañino rocoso, rasposo e irritante signo con una línea recta que se interrumpe en algún lugar que no llegamos a ver, que no nos cuentan. En lo que a mi respecta, esa línea siempre estuvo ahí, esa línea es porque está, siempre estuvo y estará, es el animal que me lleva en su lomo con desdén, esa línea no termina nunca. Entonces ¿es necesario que la ausencia de lo más añorado sea lo que completa los miembros ya mencionados y mutilados del espiral que se arma con ésta recta siempreviva? ¿tienen algo que ver el castigo y engendrar en sus vientres barbáricos algo igual a mi?

Ahora es el momento de cerrar los ojos e intentar la reconstrucción de La Imagen. Cobra el factor tiempo un importante peso en la acción del recuerdo, interviene la mano del tiempo y da pinceladas mentirosas. Quien vea esa mano entrar, córtela sin dudarlo, quien no la vea, vergüenza y pena. El hecho de reconstruir La Imagen como una planta creciendo de forma inversa (es decir, desde las hojas hasta el cielo) es la señal fatal de que el vil miembro no fue podado a tiempo. El pincel seguirá pintando para siempre, la obra nunca se cerrará y así mi transcurrir de luto tramitado, de duelo matinal, de velo opaco como máscara de llagas, no encontrará su terminal.

Ahora la niebla se transforma en lluvia y la lluvia en aire limpio.

Ahora seguimos por el pasillo, lento y entendiendo, como una masa en silencio, que pide una sola cosa: ver el cuadro que sigue, ver la mano que miente, respirar siempre a tiempo y no volver un paso atrás.

jueves, 17 de marzo de 2011

El invierno no existe

Si pudiera escribirte una carta, tío, se me iría la vida. Tengo un impulso ciego de echarme en el piso con todo el papel que consiga y lápices y sacapuntas y empezar a escribirte Querido tío si pudiera contarte de alguna manera todo lo que me pasó... sin caer en explicaciones absurdas o comentarios triviales. Es una pena, pero no hay nada banal en lo que tengo que decirte, es contradictorio: todo es importante pero no tiene fin. Uno creía que la verdad era una sola frase simple, que había estado parada de espaldas tanto tiempo, y ahora se revela mostrando su cara masculina. Pero no, no puedo callar éste deseo de enterarte, porque sé que una vez en el piso, ya nunca me voy a poder levantar. Los lápices se irían consumiendo, las hojas se acabarían, yo envejecería sin siquiera vivir, sin darme cuenta. Es que no podría ni empezar, porque mi invocación es infinita así para el final como para el comienzo (no hay posible). Ya sabemos, tío, todo anula todo. Es como si te quisiera escribir una carta pero no tuviera manos. Me río ¿eh? no te creas, me sigo riendo pero sólo para ésto: para decirte que me río. Antes de la crecida de la marea, por decirle de algún modo a la letanía de momentos que nos tocaron en suerte (mi madre diría en desgracia, pero yo no) me reía en las cenas. Esperaba a la noche para reirme en las cenas, el resto del día mi cara era una sábana sucia. No quise decir eso (prometí no volver a hablar de sábanas).

Querido tío, si pudiera contarte de alguna manera todo lo que me pasó desde el día maldito que pusiste tus valijas en ese barco sin decirme chau. No te culpo, mi madre dice que cuando pase el tiempo voy a entender todo como una buena decisión. El tiempo ya pasó, o eso me parece. Soy vieja tío, o más que nada no tengo edad. No te culpo, pero si yo fuera una obra de arte (y lo soy) hecha para ser contemplada por una sola persona (que sos vos) ahora sería simplemente un objeto obsoleto, innombrable, opaco (y lo soy).

Es extraño, pero no me acuerdo qué edad tengo. La última señal que retengo es cuando tuve 24, después se me confunde todo un poco. Si eso coincide con tu partida, no lo se, pero por lo poco que entiendo de las cosas, debe ser que sí.

Cuando abandoné la casa de San Blas intentaron rastrearme creo, pero como única huella dejé mi pelo, y me llevé una cabeza calva. Con el tiempo dejaron de buscarme. Imagino te llegarán todavía cartas desesperadas de mi madre hablándote de los buenos tiempos cuando yo estaba, y pidiéndonte aún que no vuelvas.

¿No es claro, tío querido, que la única forma de que yo vuelva es de tu brazo? Qué tonta es. Ya pasaron tantos años, o no...

Ayer murió la única persona que sabía mi nombre, por eso decidí escribirte. Pero finalmente no lo hice, porque no sabría qué decir. Un día te encontré, y huí.

Fuí a tus trajes blancos la mancha de sangre, a tus tardes navegando la niña ahogada, a tu elocuencia la torpeza, a tu música la mía. Acepto perder la religión, pero mis manos son tan chicas. Rezarte tío para mi fue tocarte, adorabas mis manos pensé, nada fue excesivo.

Había escuchado absolutamente todos los minutos que pasaste en tu vida ensayando el oboe. Desde que era un bebé te escuchaba, tengo recuerdos de estar adentro de mi madre escuchándote tocar y pensando que si el mundo era eso, entonces si. Mi madre siempre dijo, que nací antes para ir a tus brazos. No la culpo, si ella no hubiera insistido con esa clase de bromas, todo en mi hubiera sido igual. Pude ser joven, pero el perfume de tu cuello cuando salías de viaje me hacía llorar de. No hay una palabra para eso, llorar de. Casi que es dolor, casi que es amor, casi adoración, casi no puedo respirar. Entre la multitud de un lugar extraño me conformé con verte.

Tus camisas.

Acá me detengo, el país que me rodea ahora es tropical, nunca es de noche. Acabo de decidir que la mano que me queda ya no me sirve. Ya no te voy a escribir ni una carta más, pierdo el tiempo sufriendo, entonces soy feliz. Creo que te grité como si me raptaran, pero mi voz no llegaba, soy el eslabón perdido de la mujer que es tu esposa, el borrador descartado. La sangre es injusta, sale de mi mano y la quería ver, corriendo como hilo (eso es lo que llaman lazo sanguíneo). Primero no estaba y ahora está (eso es lo que llaman tiempo). Las edades y la sangre, un río rojo perdido en el saqueo. Ridículo, tío. Era yo. No me ves. Siempre era yo.

jueves, 3 de marzo de 2011

Kjære Henrik Ibsen: apaga el incendio en mi cabeza

Saben los hados qué nudos usaron para tejer ésta red. Razón alguna puede planificar tan diabólico plan, las manos ásperas de divinidades de cuerpos fibrosos y ojos miopes están tejiendo sin parar, ésta red que lo atrapa todo, que es más reliquia que red, o pieza de fina artillería sobrenatural.

En fin que Ari y yo entramos a la casa para ensayar, como habíamos quedado, a las 4 de la tarde. Llegamos al mismo tiempo y entramos charlando, extrañamente Ezequiel no había llegado todavía. No estábamos solas, estaba el gato, pero en un principio no lo notamos porque estaba agonizando muy quieto y silencioso en el piso. La primera imagen todavía está grabada en mi nuca por dentro: sentado en el piso con todas sus patas y la cabeza colgando sobre un charco viscoso verde y amarillo. La mirada fija, moscas.

A mi no me gustan los gatos y menos me gusta la muerte, así que con la ayuda de Ari (a quien le gustan los gatos y peca de más valentía que yo) cargamos al gato en el portagatos, que cargamos en el auto y salimos a la ciudad. Llevábamos un gato agonizante en el asiento de atrás entonces fuimos a una veterinaria, alentadas por una mezcla de fe con resignación. Creíamos que el doctor nos iba a dar una solución, pero sabíamos que el gato estaba muerto ya. Nos encontramos riéndonos de pequeñeces con esa risa de los funerales, con el viento de la ventanilla en nuestro pelo, el sol. Primer obstáculo: la veterinaria cerrada y el número que figuraba para urgencias daba equivocado. Señal inicial de que nuestros cálculos tendían al error. Fuimos a una segunda veterinaria que nos deriva a una tercera. Recorriendo Palermo con nuestro moribundo. Era una clínica, ningún pet-shop. El doctor nos dice que el gato está severamente deshidratado y en estado de shock. Ari y yo hidratadas sí, pero en shock también. Nos dice que lo tenemos que dejar internado y nos sale un montonazo de pesos. Después de dejar mis datos, nos retiramos en silencio.

Volvimos a la casa, con la palabra sacrificio entre las sienes y los cuerpos flojos. Ezequiel estaba esperándonos hacía dos horas, con su paciencia infinita, ahí, leyendo. Sin fuerzas para ensayar nos fuimos a tomar un café con leche con medialunas para el alma.

Ahora es mañana, entra en juego la dueña del gato, que se debate entre el sacrificio y la espera. Entre la muerte y la agonía, todos detestando al pobre Roberto por no poder decirnos que hacer (los gatos no hablan). La decisión ya no está en nuestras manos, está en las de ella, el médico nos dice que las chances son casi nulas, pero ese margen siembra una duda horrible, ese casi que te hace rechazar la idea de que la decisión es tuya.

A todo ésto yo tengo entradas para ir al teatro a las 8 de la noche, y si se decide matar a Roberto antes de las 10, nos evitamos pagar un día más de internación. El factor monetario mezclándose con la incertidumbre de lo fatal es una combinación indeseable, improbable, desconocida y por eso aterradora. A las 7 de la tarde me subo al colectivo que me lleva al centro. Pero una llamada puede cambiar mi rumbo porque al fin y al cabo, yo figuraba en los papeles como la dueña del gato, lo cual me hace imprescindible para ejecutar el asesinato de la piedad (palabra simbólica si las hay, recordando como cargábamos con ese hijo muriendo en nuestros brazos, en una gatera, en un Fiat, en Buenos Aires). Si el teléfono suena, tengo que ir a firmar la eutanasia de Roberto Gurevich, así figuraba el gato, con un nombre ominosamente parecido al de mi padre.

El teléfono sonó, para decirme que se había decidido esperar un día más, aunque el médico insinuara que no tenía sentido.

Seguí mi viaje al Teatro San Martín. Tenía ticket para ver dos obras seguidas, los había sacado para ir sola, siguiendo mi costumbre de no esperar cita para ir al teatro. Llegué al San Martín, apreciaba más que nunca estar ahí, dado que mi plan alternativo era matar a mi padre y formar parte de un trío femenino que cargaría un gato muerto en la oscuridad de la noche buscando un buen lugar donde enterrarlo, sin tener siquiera una pala.

Entré a la sala y vi una suerte de re versión de Casa de Muñecas, de Henrik Ibsen. La obra no me enloquece aunque entiendo su valor. Al terminar salí de la sala, para volver a entrar y ver la segunda obra. Ésta, basada en Hedda Gabler, del mismo autor y del mismo adaptador y director. Hedda Gabler es una obra que me apasiona, los personajes son tan oscuros que me dan ganas de prenderlos como una lamparita o de perderme en ellos para siempre. Otra vez la puesta no me cautiva, parte de la adaptación consiste en el matrimonio de Hedda Gabler y Jørgen Tesman viviendo de prestados en un teatro, en una escenografía, en un juego de autorreferencialidad con lo teatral y con los que habíamos visto que esa misma escenografía la acababan de usar para la obra anterior.

La obra ya iba acercándose al final, yo estaba bastante expectante de ésto secretamente, porque me aburría un poco. Llegó la escena donde Hedda le dice a Tesman que quemó el manuscrito (¡Quemé a tu hijo Thea!), que lo quemó en el lavabo del baño del camarín, y entra por la puerta de la escenografía una señora a la que no habíamos visto en toda la obra. Un segundo de extrañeza y un poco de adrenalina. ¿La obra tenía un as bajo la manga? La mujer entró con una actitud muy diferente a la de los demás cuerpos en escena, como si arrastrara los pies pero sin arrastrarlos. Se paró, miró a público y nos dijo “no se asusten, vamos a tener que evacuar la sala porque hay un pequeño foco de incendio en el teatro”. Nosotros todos callados, nos quedamos mirándola, con una mezcla de fe y resignación, esperando que su monólogo siga pero sabiendo que eso no era todo. Después de unos segundos una vieja, haciendo buen uso de la famosa "impunidad de la tercera edad", pregunta “¿es la obra o es en serio?”. Todos los actores hacen un gesto al unísono dejando en claro que eso no estaba en los libretos, el personaje de la señora nueva dice “no, es en serio, están buscando dónde está el incendio pero estamos vaciando el teatro, asi que vayan saliendo tranquilos de la sala, accedan a la salida por las escaleras”. Nos empezamos a levantar de las sillas, tranquilos, más por el mareo de ésta cesárea a la realidad que por educación ciudadana. Los actores hacen lo propio. Yo, sin nadie con quien comentar lo extraño de lo que está pasando, subo en silencio las escaleras. Pienso en la actriz diciendo “Sí, quemé el manuscrito, en el baño del camarín” y en la posibilidad de ese hecho invisible generando un incendio real en el teatro.

Estábamos en el tercer subsuelo así que el ascenso al mundo exterior amainó un poco la violencia de los cambios, de lo que está fuera de todo posible cálculo.

Salí a Corrientes donde había tres camiones rojos cortando la avenida. Muchos de los que hasta recién eran público se quedaban parados en la puerta, conversando. Mi sentido común me hizo alejarme un poco más, crucé la calle y me quedé mirando el teatro desde la vereda de enfrente. No se veía fuego, ni humo, ni nada. Yo pensaba todos éstos bomberos buscando un incendio que acaso nunca van a encontrar, porque está únicamente en lo aludido de la narración. Mi cuerpo se quedaba ahí parado, no sé bien por qué. Sentía que ya tenía que irme, que no había nada para ver ahí, pero mi rol de espectador no podía ser borrado de un escobazo. Pasaban los minutos y yo me quedaba parada mirando el edificio, mirando los bomberos y su despliegue escénico.

Un rato largo pasó y con el rabillo del ojo veo venir una forma floreada corriendo hacia mi, escucho mi nombre. Me doy vuelta y era Estefanía, una amiga a la que no veía hacía muchos años, que venía hacia mi contenta. Reaccioné y nos abrazamos. Ella iba muy apurada, me pregunta que qué hago ahí parada y me cuesta explicarle, le hablo de un incendio, de Hedda Gabler, del tercer subsuelo. Me dice que está llegando tarde a una obra en el teatro de la Cooperación, ubicado justo en frente del San Martín. Le digo que vaya y nos despedimos. Me vuelvo a quedar parada un minuto y veo a la Hedda Gabler salir fumando un cigarrillo e irse para el lado de Callao. Decido que esa es mi señal, que el espectáculo terminó, y empiezo a caminar. Avanzo diez metros y suena mi celular. Es Estefi que dice que tiene un dos por uno y que ahora me explica porque está caminando atrás mío. Cortamos y me repite que tiene un dos por uno y me invita a ver la obra. Aunque la idea de entrar a ver una tercera obra en la noche me pareció un poco abrumadora, acepté porque me alegraba de verla y porque se ve que sentarme a seguir expectando me hacía sentir más cómoda que esa incertidumbre que llevaba por la calle.

Entramos a ver la obra, el argumento era éste: una actriz que se reencontraba con su ex marido en el camarín de su teatro que incidentalmente acababa de incendiar, y estaba ardiendo mientras el encuentro transcurría. Impactada, pensé que la labor del cuerpo de bomberos allá afuera se estaría recrudeciendo. Una cuadrilla de hombres muñidos de enormes mangueras buscando el foco de un incendio que estaba ubicado en el único lugar en el cual no están entrenados para acceder, en la cabeza de un grupo de personas que sucedió, fueron espectadores de una misma obra (y que fueron evacuadas y separadas en un claro plan de amenguar y apagar el incendio desde la raíz). Y yo, siendo el único elemento fugado de ese grupo que antes estaba viendo la obra justo enfrente, ahora oculta a sus espaldas, mantenía ese fuego nómade encendido.

Toda ésta sensación de ser la causante prófuga y huidiza de una catástrofe urbana, no me impidió notar que la actriz representada por una actriz, hablaba de una tercera actriz a la que odiaba y que había hecho el papel de Nora, la protagonista de Casa de Muñecas, de Ibsen. Para esa altura del día mis ojos ya no se abrían ante cada suceso, se mantenían achinados y tranquilos en su posición natural, mientras mis terminaciones nerviosas temblaban de emoción. Casa de Muñecas era la primera obra que había visto esa noche.

Al salir, nos fuimos a tomar una cerveza a una pizzería para ponernos al día aunque sea un poco, de todos esos años sin vernos. Nos pareció por lo menos llamativo el hecho de que teníamos historias que incluían a las mismas personas, pero sin nunca cruzarnos nosotras. También, y para no perder la línea argumental, le hice notar cómo había pensado en ella los últimos días, por haberme encontrado hacía muy poco (en otra situación entretenida, por lo menos) con quien había sido coprotagonista de un cortometraje que ella protagonizó y yo dirijí unos cinco años atrás. Lo cierto es que no, no dejamos de sorprendernos. A cada coincidencia llenábamos de gritos, risas y aplausos la pizzería. Éramos como dos puntas de un ovillo de lana anudado.

Al día siguiente fui a la veterinaria y firmé un acuerdo de eutanasia a nombre de Roberto Gurevich. El final ya estaba escrito. Pero no, “escrito”, mi firma no tiene valor alguno. La dueña del animal, a último momento decidió llevarse al gato a su casa, conectado como estaba de sueros y medicinas, y dejarlo morir de muerte natural, o vivir un rato más. Ya quien sabe.